Hurgando por el smartphone, me encontré con una noticia espléndida: se acababa de descifrar la escritura lineal A cretense; es decir, la genuina manifestación gráfica de los minoicos y, por consiguiente, se abría una ubérrima senda para esclarecer muchos aspectos, todavía dudosos e incluso ignorados, de aquella civilización, tan legendaria como asombrosa, que durante tres o cuatro siglos (desde aproximadamente el 1700 al 1400 a.C.) había sido nudo y propagadora del comercio y de las comunicaciones en el centro del Mediterráneo oriental, y con tan honda huella como para germinar el archiconocido y hasta manoseado mito de la Atlántida, por no mentar aquellos otros más poéticos y embriagadores como el rapto de Europa por Zeus y su fecundación en el bosque de Gortina, donde habitaron luego aquellas suntuosas vacas —¿o acaso sacerdotisas consagradas al toro blanco; o sea, a Baal?—, o el de su monstruoso nieto, el Minotauro, o el de la consiguiente hazaña, entre las tinieblas del laberinto, de Teseo, socorrido por la después tan desairada Ariadna, sin olvidar los prodigios del primer ingeniero a la par que encantador juguetero Dédalo, o el de la mortal tentación de su hijo Ícaro… En fin, que el minoico fue un mundo tan emocionante y ensoñado por los helenos como para legarnos un rimero de leyendas que aprendimos de niños y que, de tanto en tanto, surgen como aleccionadoras parábolas en cualquier tertulia de esas que se prolonga hasta el amanecer alrededor de un amistoso velador o bajo una risueña veranda estival.
Pero, vaya, tras buscar con una avidez casi juvenil más informaciones sobre esta admirable develación, resultó falsísima. En suma; un bulo diseminado por las redes sociales para crédulos como servidor, patentizando al punto aquello que ya les había anticipado, hace unas cuantas semanas, en este mismo par de páginas («Una sugestiva tentación», 4-1-2026). De modo que, desde el desciframiento, hace cuatro años, de la escritura elamita por el profesor François Desset y su equipo, no ha habido —al menos que yo conozca— un avance tan extraordinario en este campo de la Arqueología y tan esencial para los estudios lingüísticos.
No obstante; los restos de inscripciones en escritura lineal A no permanecen del todo mudos para los especialistas; por ejemplo, se han identificado unos noventa caracteres y hasta se han dotado a algunos de ellos de sonido y significado, en buena medida por encontrarse en pósitos y otros almacenes de mercaderías, constatando así un patrón característico de la Edad del Bronce —como podemos observar en las diversas bibliotecas mesopotámicas ya interpretadas—, donde el principal y más frecuente uso de la escritura era fijar una transacción comercial o un inventario de bienes. Otra de las peculiaridades de aquella época previa al hierro y aun cuando se dominó este metal, era la privanza del ejercicio de la escritura entre un grupo de elegidos —a veces, incluso una verdadera casta—, adiestrados desde su infancia para esta tarea, por cuanto tan fundamental avance para la Humanidad presentaba un halo de secreto y hasta de sagrado saber como en Egipto. Hoy, por fortuna, la escritura —y su correlato, la lectura— es compartida por todos los ciudadanos, y desde la divulgación de los smartphones, algunas de sus más dúctiles aplicaciones como WhatsApp o X son utilizadas cotidiana y casi incesantemente por los habitantes de —al menos— los países desarrollados para sus comunicaciones escritas más perentorias y aun más insustanciales. Como consecuencia discurre y, por descontado, se almacena en la red un volumen colosal de mensajes de este tipo, que sorprendentemente han devenido en un testimonio crucial en este momento político de nuestro país.
Verán, si desde el inicio del actual sistema democrático el pútrido tufo de la corrupción —o de su sospecha— ha envuelto a todos los partidos políticos —acuérdense del ahora lejano «convoluto» de Guido Brunner— y, por descontado, a los sucesivos gobiernos estatales o autonómicos —válganos como muestras los conocidos FILESA, MALESA y Times Export, o la Gürtel, o los ERE, o el Tres per Cent, o la Kitchen— con escasísimas —y cabría decir, beneméritas— excepciones, podemos observar también que las investigaciones policiales de aquellos fraudes se apoyaron en documentos contables y posteriormente, bajo prescripción judicial, en grabaciones telefónicas y otros hechos circunstanciales; ahora bien, tras el advenimiento de las anteriores aplicaciones electrónicas y de su compulsivo empleo, persuadidos —y en esto, los delincuentes no han resultado diferentes— de su aparente confidencialidad al estar instaladas en nuestros teléfonos individuales, la cosecha de indicios y hasta de innegables pruebas acusatorias depositadas en estos sistemas ha resultado descomunal y, al compás de su abrumador aumento, ha escalado la cantidad de individuos implicados; bástenos sopesar que, para nuestra estupefacción, en este momento hay más de un centenar de altos cargos del Estado imputados por los distintos tribunales.
Cabría, ante estas voluminosas y avergonzadoras cifras, suspirar aquello de McLuhan: «el medio es el mensaje». Desde luego; porque sin su facilidad de uso no se hubiese alcanzado jamás tal abundancia de pruebas y de nombres. Pero si comparásemos, por un instante, estos mensajes electrónicos con las indescifradas tablillas en lineal A del comienzo del artículo, obtenemos un par de paradójicas y suculentas lecciones: la primera y muy elemental nos dicta que toda escritura encierra secretos al alcance solo de quien pueda leerla; y la segunda, y garrafal para tantos hoy en España, que la escritura suele dejar un rastro no solo indeleble sino, a menudo, delatador.