Es, quizás, por mi oficio. Les ruego que disculpen el tono escolar de estas palabras. Entenderán que es tedioso corregir día tras día a los jóvenes cuando confunden planos en su argumentación o concluyen falazmente, cuando distorsionan los datos para que se ajusten a sus posiciones, cuando yerran o cuando mienten.
Produce auténtico hastío tener que enmendar a adultos que, dada su condición, sólo puedo considerar malintencionados. Es agotador escuchar a un colaborador televisivo de cuyo nombre no quiero acordarme llamar “agente provocador” a una concejal bilbaína que instaló una gran pantalla para ver a la selección nacional de fútbol y sufrió la agresión de los guardianes del orden civil euskaldún. Este imbécil, lo digo por su cojera intelectual, ha de ser un pacifista radical de esos que han descubierto que rendirse es el modo más directo de acabar con la guerra. Si te rindes no sufrirás la agresión, de modo que la causa de la agresión está en el que defiende su posición. Habrá descubierto que la selección española tiene un corazón de piedra porque ha provocado la frustración y el llanto de muchos argentinos cuando hubiera podido dejarse ganar.
Produce un hartazgo infinito tener que escuchar el luctuoso tono de voz de quiénes recuerdan la peripecia biográfica de Lamine Yamal o de Nico Williams, biografías que nadie objeta. Tiene un mérito indudable luchar contra condiciones adversas para sobreponerse y alcanzar los propios objetivos. Esas condiciones pueden ser muy adversas y lo fueron en ambos casos. Otra cosa es suponer que el resto de los jugadores han estado siempre, por decirlo en breve, en un lecho de rosas. Conozco la parte gloriosa de las vidas difíciles de estos jugadores y me descubro con respeto ante ellos. Nada sé de la vida de los demás y eso me lleva a sospechar que nos ilustran con intención sobre lo que, por la razón que sea, interesa al que manda. Pero al margen del indudable valor personal de Williams o Yamal se comete un error cuando se pasa de la estimación del mérito personal a lo que podríamos llamar la cuestión nacional. Es fácil, por otra parte, señalar la multitud de vidas frustradas y comportamientos reprobables de muchos de los que llegan a Europa en condiciones parecidas a las de las familias de los triunfadores. Es fácil porque son muchos y el número aquí es determinante porque se habla de cantidades: cantidad de puestos escolares, camas hospitalarias, subsidios y empleos… Los pensadores televisivos pasan de la épica tenacidad de un jugador a la acusación de racismo hacia los que exigen contar. Me parece que hay un pequeño salto o un ridículo vuelo de gallina en semejante tránsito del caso particular al problema general, con tirabuzón de por medio.
Es cierto que no se trata tampoco de cantidades abstractas sino de la misma condición humana que lleva envuelta una cierta idea de nación, una idea que nadie discute realmente pese al aviso del ilustre gemólogo, que se expresó lapidariamente allá por 2004: “nación es un concepto discutido y discutible”. Pues no lo discutamos, es la conclusión a la que parece que hemos llegado.
Es fácil entender la dificultad de esa discusión ante el escenario del MetLife Stadium repleto de más de ochenta mil hispanohablantes en la misma Nueva Jersey, entre los que muy pocos procedían de este lado del charco. El emperador compartió la tarde con ellos sin entender una palabra ni de su lengua ni del juego que practicaban, debió sorprenderle que lo llamaran “fútbol” en su lengua y descubrir que es un juego de invención inglesa que dominan los hispanos de uno y otro hemisferio. Supongo que miraría con perplejidad a su secretario de estado Marco Rubio pensando que están locos estos hispanos cuya procedencia ignora pero que no son mayoritariamente rubios como lo es él mismo, cuya enfática rubiedad tira al rojo y que los mestizos podríamos llamar blondez. Es natural que ante todo esto me acordara a menudo del magnífico y reciente libro de Atilana Guerrero “La huella hispánica en los Estados Unidos de América” allí podría leer el emperador – entre otras muchas cosas – que los Estados Unidos deben a esos hispanos hasta el nombre.
Nadie estará más avisado que el emperador de la crisis de la forma política del estado nacional, la recomendación debería dirigirse – más que a Trump – a los cachorros desdentados de las naciones fragmentarias y diminutas que se entretienen con identidades fantásticas. ¡Son tan fáciles de provocar! Lo más asombroso es que les provoque el mundo, digo, el mundial. Lo asombroso es que se empeñen en acusar de agente provocador a la misma realidad.