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TRIBUNA

Socialismo y corrupción

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
sábado 25 de julio de 2026, 20:03h

La legislatura socialista 1993-1996 resultó muy negativa. En unos cuantos años se acumularon escándalos como los de Banesto, el de KIO, el de Grand Tibidabo, el escándalo de Filesa, el de Ibecorp, el de Gabriel Urralburo en Navarra y el de Manuel Ollero en Andalucía. Incluso el director general de la Guardia Civil y el gobernador del Banco de España se vieron comprometidos en casos muy graves de corrupción.

Son palabras de José María Aznar en su libro “Ocho Años de Gobierno” (Planeta Ed. 2004, Pág. 103). Si el lector desea más información, puede consultar en las hemerotecas la prensa de aquella época.

Escribo estas líneas en el verano 2026, en plena erupción del super-escándalo de las llamadas cloacas de Sánchez. Todavía más corrupción que en los tiempos de Felipe González. Surge obvia la pregunta ¿existe alguna razón de fondo que conecte racionalmente el socialismo con la corrupción? ¿O es pura casualidad?

Antes de entrar en materia hagamos una reflexión optimista. En 1996 los ciudadanos mandaron al PSOE a la oposición, tras catorce años de gobierno. Los mismo hicieron después en Andalucía, donde el predominio del PSOE parecía asegurado para siempre. Y con toda probabilidad ocurrirá lo mismo en cuanto tengan lugar las próximas elecciones generales.

Los ciudadanos se enteran de lo que ocurre, toman nota de la corrupción del gobierno de turno, sea del color que sea, y votan en consecuencia. La alternancia pacífica en el poder -la esencia de la democracia- se ha consolidado en España. Esta es la buena noticia.

Volviendo a nuestro tema, consideremos lo que llamaremos tentación del dinero fácil. Algo que acecha a todos los políticos en un régimen democrático asentado, como es el nuestro.

Imaginemos la alegría de un niño que descubre en la calle un billete de 50 euros tirado en el suelo. Alguien lo ha perdido y nadie se acerca a recogerlo. No tiene más que agacharse para considerarse rico. Su alegría no puede ser mayor.

En paralelo pensemos en un político con suficiente poder de decisión, que estudia las diversas ofertas en una licitación para construir una gran obra pública. En una de ellas tropieza con un detalle que hace encender una bombilla en su mente. Bastaría un sencillo trato con el que mande en esa empresa: tú me das tanto dinero y yo arreglo ese detalle para que tu oferta gane la contrata.

Un empresario, un albañil, un campesino, el trabajador de todo tipo que come el pan con el sudor de su frente, no se encuentra los billetes tirados en el suelo. Ni tampoco se topa con la suculenta oportunidad del político. Sabe lo que cuesta ganar el dinero. Es duro mantenerse, y más aún mantener una familia.

En cambio, lo que entendemos por tentación del dinero fácil consiste justo en lo contrario: hacerse rico de golpe y sin tener que trabajar. La alegría del niño que encuentra el billete en el suelo es la misma que la del político que tropieza con lo que llamaremos feliz detalle. Para el político, es la misma agradable sensación del billete perdido en el suelo para el niño.

Esta tentación acecha a todos los políticos, sean del PSOE o del PP, si hablamos de España. La psicología humana es tan complicada que se ha dado incluso el caso de Rodrigo Rato. Rico por su casa, brillante Ministro de Economía que consigue nada menos que la entrada de España en la moneda única del euro y en el pelotón de cabeza, alcanza el mayor sueño de un economista, ser Director del Fondo Monetario Internacional. Y termina en la cárcel por un flagrante y miserable delito de fraude fiscal.

Todas las edades son buenas para el amor, afirma un conocido verso de Puskin. Lo mismo, y más todavía, puede decirse de la tentación del dinero fácil para los políticos. No sólo no importa la edad. Tampoco importa cualquier otra situación o circunstancia que podamos imaginar. La tentación del dinero fácil es una de las más potentes seducciones que conoce el corazón humano. El ejemplo de Rato es bien elocuente.

Sin embargo, la consideración anterior alcanza a todos los políticos. Falta explicar por qué la situación es especialmente peligrosa cuando el político es precisamente socialista.

Para nuestra sorpresa, la explicación es bien simple. No hace falta recurrir a especulaciones teóricas, que opongan el liberalismo al socialismo. Tampoco importa que el origen de las ideas socialistas haya que situarlo en el marxismo reciente o en el cristianismo de diversas épocas y lugares. Se trata sólo de una conexión obvia y comprobable, al alcance del hombre de la calle.

Cualesquiera que sean sus motivaciones teóricas y sus orígenes históricos, el socialismo siempre tiende a aumentar la intromisión de los políticos en los mercados. Procuran inmiscuirse en todos los entresijos de la actividad económica. Los políticos intentan interferir en las decisiones de los empresarios.

El resultado es inevitable. En la medida en que aumente la intervención de las administraciones públicas o de los políticos en la economía, en esa misma medida se multiplican los felices detalles que invitan a la corrupción. Se multiplican las tentaciones para conseguir dinero fácil.

Digamos lo mismo al revés. En la medida en que predominen ideas liberales y se tienda a dejar la actividad productiva y comercial exclusivamente en manos de consumidores y empresarios, en esa misma medida disminuye el número de los felices detalles, las ocasiones que propician la corrupción. El estado debiera ser como el arbitro en un partido de fútbol. Vigila para que se cumplan las reglas de juego, pero no interviene en él.

Así de sencillo. No hace falta pensar mucho. Es una verdad de Perogrullo. No es una casualidad que, lo ocurrido con Felipe González, se haya repetido y agrandado con Pedro Sánchez. La doctrina económica del socialismo lleva en su misma entraña la tendencia a multiplicar las oportunidades para la corrupción. No se trata de que se haya infiltrado en el PSOE un número mayor o menor de personas desaprensivas y sin escrúpulos. Se trata de la doctrina misma que el PSOE defiende.

Se suele hablar de superioridad moral de la izquierda. A tenor de lo anterior, más bien seria al revés: inferioridad moral de la izquierda. El socialismo español tardará muchos años en recuperar el crédito de los ciudadanos y volver a constituir una alternativa fiable de gobierno. El PSOE haría bien en expulsar a Sánchez y establecer controles internos muy rígidos contra la corrupción -mucho más exigentes que los del PP- para poder superar a largo plazo la debacle electoral que le espera.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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