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TRIBUNA

Yo, el suicida

sábado 25 de julio de 2026, 20:05h

A pesar de que todos tenemos una adicción preocupante, sólo se nos desprecia a quienes estamos enganchados a la vida. La vida que nos proporciona un instante de paz y ternura con nosotros mismos a través de un fármaco, un trago, una dosis directa de algo, como un saetazo del ángel de la más profunda ataraxia a modo de calmante contra la angustia.

Si. Es paradójico. Amamos la vida, pero ésta nos duele tanto...además algunos no encontramos la forma de que ese dolor no nos destruya, ni se lleve por delante a nuestras familias, a nuestros hijos, a nuestros padres. Y como amamos tanto la vida, tan altamente la amamos, es tan hermosa, que ella nos raspa, nos quema, nos golpea cada mañana con una mano invisible impidiéndonos cualquier honrado optimismo y mucho menos ir dando consejos a nadie. Dios nos libre...

Nunca vemos venir el golpe; sólo vemos su marca y nuestra fatiga arrastrada por los largos pasillos de Psiquiatría. Nuestro fatigoso despertar deseando —sí, deseando— no haber despertado otro día nuevo de esa vida tan dolorosamente angustiosa, tan dolorosamente temida, tan dolorosamente hecha de disgustos, desilusiones, desamparos, desempleos, desajustes de medicación con algunas pasadas de rosca.

En fin; se nos desprecia por lo mismo que a otros se les alaba. A Van Gogh, que sería insoportable con absenta, o sin ella; a Gaughin que, en efecto, no soportó al pelirrojo de pincelada ancha y alegría estrecha; a Beethoven, por sobrado; a Goya y sus visiones reales de la oscuridad más humana: los desastres, las negruras, las fealdades, la idolatría de la razón, la superchería embrujada de viejas empleadas del peor macho cabrío. Como son artistas y como —sobre todo— están muertos y nadie tiene que soportarlos, resultan geniales y perfectos seres de absoluta adoración. Yo mismo los adoro en la distancia de sus lienzos y de su música, escritura, o lo que demonios hicieran aquellos insoportables seres de luz.

Muy distinto es, en cambio, cuando convivimos con nuestra propia madurez de aburrido anónimo cuarentón, cincuentón, sesentón, setentón divorciado o enamorado de alguien que nunca podrá salvarnos de nosotros mismos y de esas penas pintadas como fresco del horror cotidiano; ese que cae desparramado por las fachadas de incólumes y soberbios edificios de vidrio y competitividad. Y mientras las instituciones avisan del incremento de suicidios en nuestras sociedades de gente bien, nadie hace nada por el aluvión de vidas amadas que caen en las manos de un dios incapaz de violentar nuestra libertad y de dar abasto con tantos caídos en la civilizada ciudad del bien común. Y mientras el último informe de 2024 lanzaba la, obligadamente, fría cifra de cuatro mil suicidios en la maravillosa España, la corrupta proseguía robando a manos llenas el dinero necesario para cuidar de esos corazones maltrechos.

Hoy puedo ser yo; mañana puede ser usted, o bien mi amada, por superviviente de su gran tentación, Clara Janés; diva absoluta del verso, quien ya rondará sus largos ochenta y cinco años de inteligencia y de sensualidad, y que avisa a los transeúntes en su Paso a Paso:

«Desconfía de aquellos

que no han considerado nunca

el suicidio.

Van haciendo paso a paso el camino,

cegándose al abismo que siempre acosa al hombre

Entran en la matemática rueda

de la materia.

Se hacen invulnerables a la desesperación.

Cuentan incluso, fríamente,

con el corazón.»

Ricardo Franco

Escritor, editor y flamenco

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