Tengo dos cuñadas: una democrática y otra progresista. Las distingo de esta manera para eludir la separación entre derecha e izquierda y confirmar que ambas son personas de buenos deseos, que se llevan bien entre sí y conmigo. Hay derechas inclinadas a ser cada vez menos democráticas, y me temo que la columna vertebral de Vox se inclina cada vez más a no serlo. En cuanto a la izquierda, ya no se puede entender que antes del sanchismo pudiera no ser respetable a causa de la corrupción como ahora, pero no dejaba de ser democrática. Por lo menos, no cuestionaba el principio de alternancia en el poder ni trataba de retener el gobierno a cualquier precio. Encaminados a un nuevo ciclo electoral, hay que saber que ya no existe una izquierda que respete los supuestos constitucionales. Con ayuda de sus socios, un gobierno minoritario menosprecia la actividad parlamentaria, bloquea la actividad del Congreso, impide la del Senado, subvierte la legitimidad incumpliendo la Constitución al no presentar los Presupuestos, secuestra el Tribunal Constitucional y manipula a los Cuerpos de Seguridad del Estado. Degrada los valores democráticos hasta el punto de que la adhesión a la alternancia haya dejado de ser un supuesto admisible para la izquierda desde que Sánchez ocupó la Moncloa para mantenerse en ella como si fuera una propiedad particular.
Mi cuñada democrática es de derechas; es canaria. Se siente muy preocupada por los sucesos de Ceuta, porque ve a distancia que, si las ciudades españolas de la costa africana están amenazadas por las invasiones marroquíes, en Canarias no lo estarán menos cuando las consecuencias de la actualidad se proyecten a medio plazo. La inmigración —no se trata de migración, es una programada invasión de inmigrantes que pretenden ingresar ilegalmente en territorio ajeno— es una preocupación cotidiana en Canarias. Las islas se han convertido en un foco de atracción gestionado por las mafias y en un centro de emigración para entrar en territorio Schengen. Mi cuñada progresista es, como ahora ocurre con el elector de izquierdas, un híbrido confuso de actitudes y de ideas contradictorias. En su caso, une la devoción religiosa a los ensueños de solidaridad social y deseos buenistas antes ligados a los programas políticos socialdemócratas, ahora arrumbados en nuestro país por la corrupción del sanchismo.
Para no enturbiar las relaciones y conservar el ambiente jovial, en los encuentros familiares se suelen eludir las referencias a la actualidad política. Pero la última vez se impuso por su frenesí el comentario sobre la ineludible imagen de la invasión de Ceuta. Mi cuñada canaria expresó su inquietud por la situación de las desbordadas calles ceutíes, el centenar de féretros improvisados, el deambular callejero de inmigrantes que se resisten a regresar a sus raíces, restos de una horda migratoria que duplicó los habitantes de la ciudad en un solo día. Para normalizar su queja, no se le ocurrió a mi cuñada progre más que decir automáticamente: «La inmigración es un fenómeno internacional». «Dímelo a mí. No sé si te das cuenta de que soy canaria». Mi otra cuñada enmudeció. Debió comprender que había quedado en evidencia por lo fácil que era ridiculizar su respuesta, pero la canaria pasó con. La tertulia pasó con naturalidad a otro tema para evitar una discusión sin término. «Tuve en la boca decirle que el panorama internacional refleja continuamente asaltos como el que ha padecido Ceuta, pero resultaba tan obvio que entendí su mutismo como una claudicación ante lo obvio».
La anécdota me confirma mi suposición de que hay un método inconsciente regulador de la actitud izquierdista cuya finalidad es hacer compatibles los buenos deseos con la realidad que los contradice. Consiste en cerrar los ojos ante lo patente para que la obviedad no modifique un punto de vista electoral. El enemigo fijo y constante será siempre el que desmiente que su ideario es inviable en la práctica, aunque el mismo predicador, sea el primer infractor. Cerrar los ojos es la coartada para persistir en el dogmatismo. No hay compromiso idealizado que la izquierda no esté dispuesta a sacrificar para seguir en sus trece cuando llega la hora de tener que comulgar con ruedas de molino.
Las primeras tragaderas del izquierdismo gubernamental para dar carta de normalidad a las transgresiones de sus propios principios comenzaron a hacerse patentes con el todavía no explicado cambio de posición con el Sáhara, tras haber recibido antes el Gobierno de Sánchez al líder del Frente Polisario. Abandonar a su suerte al Frente Polisario y, en consecuencia, a los saharauis, a pesar de la resolución de la ONU, encadenó a la izquierda gubernamental al continuado incumplimiento de los compromisos que definen su identidad ideológica. Después ya no ha habido principio que no haya vulnerado la ultraizquierda española con tal de poder seguir como socio de un gobierno que le obliga a cerrar los ojos a sus propias convicciones.
Tras el respaldo a la traición saharaui, las claudicaciones han sido continuadas. No hay modo de justificar en términos de convicción ideológica que la demagogia pacifista haya permitido convivir en un gobierno que ha admitido las exigencias de la OTAN y de Trump de aumentar el gasto de defensa del 1 al 3 y al 5 por ciento. Tampoco lo hay para los desvaríos machistas de la corrupción amparada por los secretarios generales del gobierno socialista ni para silenciar los abusos sexuales de los principales líderes de la izquierda. La convivencia con la corrupción del socialismo sanchista y del Gobierno contradice día a día las pretensiones de austeridad y mesura del izquierdismo que reniega del consumismo capitalista.
La reiterada impostura de su idealismo no lleva a preguntarse cómo pueden resistir electoralmente, porque el descalabro parece asegurado, sino a cómo es posible que el sanchismo pueda realimentarse de los izquierdistas desilusionados consigo mismos. Pues solo esa traslación ideológica de la izquierda -puede sostener al sanchismo todavía en las encuestas. Las tragaderas del izquierdismo para desdecirse y desligarse de la corrupción del gobierno y el partido sanchista, solo las puede soportar un sectarismo que cierra los ojos fanáticamente ante cualquier hecho que desluzca su ideología.