¡Viva España! No se trataba de la repetición de un eslogan por cualquier seguidor de la Roja. Era un grito de esperanza que algunos de los más de 70.000 jóvenes marroquíes que invadieron la ciudad de Ceuta emitían después de haber superado la frontera. Un límite entre dos países que se ha franqueado gracias a la ausencia de control de uno y otro lado y que se ha llevado por delante las vidas de muchos, entre ellos la de una joven promesa del fútbol femenino. Un drama humano a sumar a los restantes, hasta superar el centenar, dejando a familias llorando a sus seres queridos o preguntándose si aún viven o han engrosado la fatídica lista de los que se ahogaron en el intento.
Y… ¡Marruecos, no!, que era la amarga expresión de los que regresaban a su país, después de no encontrar entre nosotros una mínima asistencia en cuanto a comida, bebida y un lugar donde pasar la noche. Una voz que sonaba a un amenazante “volveré en cuanto pueda, en ese mi país de origen no puedo, no quiero vivir”.
Y todavía permanecen -cuando se escriben estas líneas- como restos de un doloroso naufragio, un número no determinado de inmigrantes irregulares, niños sin compañía de adultos, cuya sola presencia y comportamiento -al menos de algunos- continúa sembrando la inquietud de la ciudadanía ceutí.
Han sido esas gentes -unos desgraciados, otros afortunados- instrumentos de un régimen en el que, como afirma la organización marroquí alegal, pero tolerada, Justicia y Caridad, las “políticas públicas han provocado la propagación de la pobreza (…) y la exacerbación de la corrupción y la reducción de los espacios de libertad”.
Resulta imprescindible una investigación más profunda de lo ocurrido a partir del pasado 30 de julio, un análisis exhaustivo del que no tendremos noticia desde el opaco régimen marroquí; pero que sí está investigando, en el caso de España, la Audiencia Nacional, arrojando de momento serias dudas respecto de la actuación del ministro del Interior, en la que ya se suma un largo reguero de despropósitos.
Lo que parece bastante evidente es que las autoridades policiales del país vecino han mirado hacia otro lado cuando esas decenas de miles de personas decidieron entrar en España, que se trataba de marroquíes y que por parte de nuestro país no se previno a tiempo semejante circunstancia, a pesar de que fueron informados, al menos, por los servicios secretos y por la autoridad de la ciudad de Ceuta.
Se ha tratado de una “violación de la integridad territorial de España”, como ha afirmado de manera terminante el presidente del Gobierno, en lo que constituye un test de la vulnerabilidad española respecto del mantenimiento de dicha “integridad territorial”. Un examen que, si bien ha cubierto con éxito el régimen marroquí, no ha quedado exento para éste de un cierto efecto boomerang. Porque, si las autoridades marroquíes y el Majzén -o entorno próximo al monarca- lo que pretendían era mostrar la evidencia de una debilidad por parte de España, también han obtenido el amargo retorno de unas imágenes que han recorrido todo el mundo de unos jóvenes sin esperanza que advierten la ausencia de un futuro en su país, un seguramente imprevisto resultado que obligará a la siempre bien articulada diplomacia del país marroquí a desplegar toda su capacidad de influencia y activar los tentáculos de su lobby donde le resulte necesario.
Deberá el lobby marroquí sortear ese impacto negativo, pero también el renacido disgusto nacional de España ante la actitud de nuestro país vecino. Y como quiera que el fútbol -ya se ve- crea más identidad nacional que nuestra clase política, ya se está advirtiendo de las consecuencias de la permanente deslealtad marroquí en el próximo Mundial.
Harán sin duda los marroquíes su trabajo, y lo desarrollarán de manera eficaz. Ya han superado a España por muchos enteros en sus privilegiadas relaciones con los Estados Unidos, una ventaja que con dificultad podría acortar cualquier país europeo con la potencia del otro lado del Atlántico, dirigida por un presidente -como poco- vanidoso e inconstante como el actual.
Pero existe una partida que jugar y bazas que poner sobre la mesa en este interminable juego del gato y el ratón, en el que España asume siempre el papel del perseguido y Marruecos el del perseguidor. Supongamos que usted, lector, sufre la desgracia de tener un vecino que no le permite conciliar el sueño con sus festejos, que sus invitados le despiertan con el llamador del portero automático a cualquier hora del día y de la noche o que la mascota de éste ha descubierto que un lugar grato para depositar sus necesidades es el felpudo de su vivienda. En el caso de que se trate de un comportamiento recurrente es bastante probable que le haga ver la incomodidad que le produce, y que, de no variar su conducta, opte usted por denunciar el caso a las autoridades competentes.
Es cierto que las relaciones internacionales no son iguales a las que se producen en una comunidad de vecinos. Pero no por eso debería la única respuesta consistir en el sometimiento a los deseos y a las prácticas irregulares de un Estado limítrofe. Existe la alternativa de implicar a Europa en la protección de una de las fronteras exteriores de la UE, obteniendo de los países miembros su apoyo expreso más allá de una huera solidaridad verbal, mucho menos de su manifiesta animosidad.
Por supuesto que para conseguirlo haría falta conectar con la sensibilidad de nuestros socios europeos, adecuando nuestras políticas internas a las de los países de nuestro entorno. Hacernos en definitiva fuertes en ese espacio para que ese espacio nos haga a cambio más resistentes. Schengen requiere fronteras exteriores seguras, de lo contrario las habrá interiores.
Y desde esa UE emitir también una llamada de atención a Marruecos, que tiene mucho que perder si Europa -y aún España- no opera en favor de sus intereses, por no decir que lo haga en su contra, como acostumbra el país vecino en su actuación para con nosotros.
Y está también el contencioso del Sáhara y la nunca explicada ni debatida modificación de la política española respecto de ese territorio. Una política que sin lugar a dudas debería volver a alinearse con el derecho internacional y las legítimas aspiraciones del pueblo saharaui a decidir en libertad su futuro.
Urge un cambio de timón que demuestre sin ambages nuestra solidaridad con la españolidad de Ceuta, que refuerce nuestras fronteras y que permita la visita oficial de Su Majestad el Rey a nuestras ciudades autónomas. No es digno de un país como España comprometer con Marruecos que éstas no serán visitadas por el Jefe del Estado, y es además irrisorio hacerlo a cambio de una práctica que incumple cualquier pacto cuando le place.
Todo ello muy difícil con un Gobierno y una oposición -cuando ha gobernado- que han convertido la resignación ante los desplantes marroquíes en su única manera de hacer política.