La incoherencia de las selecciones autonómicas
lunes 29 de diciembre de 2008, 07:22h
Es Navidad, y la liga española de fútbol descansa. No se entiende muy bien, por cuanto es precisamente en estas fechas cuando los niños están de vacaciones y pueden disfrutar más de sus ídolos deportivos. Tal es el caso de Inglaterra, cuna del “deporte rey”, y donde los estadios se llenan de padres con sus hijos, sobre todo en el llamado “Boxing Day”. En España, en cambio, suelen aprovecharse estas fechas para que algunas selecciones autonómicas celebren partidos de fútbol amistosos contra rivales de diversa entidad. Y lo que no debería pasar de mera anécdota, se convierte en esperpento cuando algunas federaciones regionales, jaleadas por políticos nacionalistas de vía estrecha, se descuelgan con reivindicaciones políticas.
Es el caso de algunos deportistas vascos, que han vuelto a pedir la oficialidad de las selecciones autonómicas. A esta demanda se ha unido tradicionalmente el nacionalismo en todas sus vertientes. Tan es así que, durante la última Eurocopa, el presidente del PNV, Iñigo Urkullu, llegó a decir antes de un España–Rusia que su combinado nacional era el vasco y que, al no poder jugar, iba con los rusos. Algo semejante pasa en Cataluña, donde curiosamente, uno de los máximos defensores de este sinsentido es el presidente del Barcelona, Joan Laporta. Ponen como ejemplo a las 4 selecciones de las islas británicas, lo cual es un hecho. Pero olvidan un pequeño detalle: y es que, en efecto, hay 4 selecciones, pero también otras tantas ligas. Y equipos como el Celtic de Glasgow o el Liverpool no se llegan a enfrentar porque juegan en competiciones diferentes. Así, si lo que quieren es entidad propia, sea. Pero había que preguntar a los socios de a Real Sociedad si prefieren asistir a un partido contra el Valencia o contra el Bermeo. Del mismo modo, en clásicos como los Barcelona-Real Madrid éste último equipo sería reemplazado por rivales como el Mollerusa o el Palamós, equipos respetables y meritorios pero quizá no de la envergadura del Madrid, el Valencia o el Sevilla.
Esto por lo que a fútbol se refiere, pero las pretensiones nacionalistas van más allá, extendiendo sus tentáculos otros deportes como hockey o ciclismo. Por supuesto, quienes los practican no están dispuestos a renunciar a sus becas estatales ADO, esas que les financian entrenadores y más medios para poder competir en las olimpiadas bajo pabellón español. Todo lo cual lleva a pensar que hay quien se ha dedicado al deporte porque no sirve para otra cosa. Porque eso sí, da la casualidad que ningún deportista de los consagrados suele figurar en estas pantomimas. A sus integrantes es más fácil verlos en el banquillo de los suplentes o en la grada de algún equipo mediocre, que levantando títulos y jugando en un grande. Cada uno vale para lo que vale. Aunque sea bien poco.
No hay muchas esferas de la realidad en que se puedan hacer experimentos de secesión sin que los efectos sean catastróficos y difícilmente reversibles. Quizá el deporte sea el menos traumático. Que el Barcelona o el Bilbao, en sus respectivas ligas, tengan como rivales al Figueras o al Eibar, no es trágico y hasta puede tener un efecto pedagógico higiénico: demostrar que en eso consiste la secesión. En todo.