Más allá de cualquier metáfora, la palabra destino abarca diversos significados. Usada vulgarmente puede ser “punto de llegada” o “lugar hacia donde se dirigen alguien o algo”; pero todo depende del contexto en que se aplique o de la manera en es sacada a colación en cualquier diálogo. Suele usarse también como una forma de excusa y en ocasiones quedar flotando en un mar de posibles definiciones. Con más libertad la palabra destino puede a veces rememorar una época, evocar personas, sucesos fatales o felices, vidas y esplendores, comienzos y finales. Otras veces hasta se atreve a taparnos la boca: “el destino así lo quiso”. Y basta.
Lo cierto es que la palabra destino, aunque pueda no entenderse bien del todo, la usamos con cautela, aunque de un modo abundante y en ocasiones agachando la cabeza al pronunciarla con menos énfasis que firmeza para destacar la importancia de una idea o de un sentimiento. Con ella se pretende captar la atención del receptor y darle mayor relevancia a un mensaje; en especial por sus connotaciones preocupantes. También aparece casi sin notarse, pero imponiendo su presencia, ya que se permite asomar como un tedioso lugar común, que en la mayoría de los casos alcanza un significado concluyente y de poder irrefutable (la fuerza del destino, por ejemplo).
Ahondando más, podemos agregar que para la filosofía y la religión, la palabra destino tiene un alcance de fuerza sobrenatural al manifestarse como encadenamiento de sucesos que determinan de antemano (o con posterioridad) el desarrollo y los percances de algún hecho ya preanunciados; eso sí, siempre dependiendo de cómo se utilice al inmiscuirse en otras áreas que son claves (o de mayor misterio) en nuestra enigmática condición humana y hasta operan de manera concluyente sobre nuestra propia existencia.
Al amparo de estas variantes y en un idéntico sendero, destino es la palabra que los griegos llamaban hado, fatum o sino, conceptos que nos lleva a creer que los hechos o las acciones que acontecen en la vida están determinados por un poder superior, sobrenatural o misteriosamente indescifrable, que guía toda vida humana y su condición con un fin no elegido de antemano. Para otras formas de principios metafísicos todo ocurre como consecuencia de la pura casualidad y entrando en una visión menos compleja (acaso más común y repetida), podemos decir con cierta temeridad y buscando no complicarnos, que el destino es el antónimo de libre albedrío. También una explicación concluyente.
Pero nos queda por recordar al sabio que dio mayor sentido a la palabra destino, que fue nada menos que Aristóteles (384–322 a de C.), el padre de la filosofía occidental, cuyas ideas han ejercido una enorme influencia sobre la historia intelectual de la toda humanidad. En su Ética a Nicómaco, la pone al alcance de la mano para establecer que el destino “debe ser el hecho determinante de la felicidad y la esencia de una vida plena y triunfante”. Para el Estagirita, este elemento esperanzador constituía el fin último de la existencia humana y solo se podía alcanzar mediante la práctica de la virtud y la moralidad. Por lo tanto, las cosas que nos suceden responden a la busca simple de un secreto sentido que lo trasciende y la mayoría de las veces desconocemos porque nos lleva a meditar de la manera más vulnerable para el alma.
Partiendo de estos conceptos y acerándonos a nuestro tiempo, tampoco se pueden dejar de tener en cuenta los famosos versos del poeta madrileño don Ramón de Campoamor, que conjeturó en impecables octosílabos que:
En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira
todo es según el color
del cristal con que se mira…”
Sabios y preciosos versos, que resumen a la perfección una filosofía de vida basada en un modo simultáneo, que sugiere que la verdad depende siempre de quién la contemple y bajo qué perspectiva se la contempla.
Sin embargo, todo es relativo en este mundo traidor. Somos humildes mortales resignados a los constantes embates de un universo misterioso que pesa sobre las espaldas de un hombre incorregible, a la vez contradictorio y perverso, que nos tiene a todos programados y al que debemos resignarnos para enfrentar esa Foza del destino (así llamada por don Giussepe Verdi. El eterno destino repercute en la menos indeseable que oscura condición humana o política capaz de ampliarse y hasta llevarnos a los bordes del absurdo y de la mayor incongruencia.
Sin duda varios ejemplos pueden ser definitivos en estos tiempos de locura colectiva que nos toca vivir; digamos concretamente absurdas guerras codiciosas de territorios y de salvajes dominios en manos de asesinos seriales que provocan muertes de inocentes, y van más allá de toda bandería política. El crimen de la guerra es inadmisible venga de donde venga (“No me pregunten a que nacionalidad o que partido pertenecen aquellos que manejan el poder; es un hombre, es un monstruo”, conjeturaba Emerson. Somos hijos del misterio y de la incongruencia y aquí estamos sin saber por qué ni para qué. Hay veces, no obstante, que nos creemos lúcidos y acaso sobrenaturales. Sobre todo sucede con los menos lúcidos que sin duda celebró el aedo Vicente Huidobro”.
El Poeta es un pequeño Dios
que no debe cantar a la rosa
sino hacerla florecer
dentro del poema.
Quizá es esa la síntesis para dar por cumplidas estas conjeturas. Todo cabe en el hueco de una mano en este mundo que nos ha tocado.
Pero, ¿por qué no la bondad y la belleza que también están al alcance de nosotros. “El hombre sabe por hombre, pero más sabe por viejo”, dice un discutible aforismo refutado por el filósofo ciudadano don Manuel Rey Millares, que decía “que aquel que fue zonzo de joven, de viejo se vuelve más zonzo”.
¡Ah, como llueven los paradigmas! El señor Trump tiene 80 años y sólo piensa en guerras y en formas de dominar a los más vulnerables y desprotegidos. Su inculto emulo argentino, el maleducado Javier Milei, se adhiere con incultura y vida, tan tierrapropista y grotesco, hermana y seguidores incluidos…
Sea como fuere, es indiscutible que las imbecilidades se van acumulando y rigen la locura humana. Tan es así que los años vividos no hacen que el hombre aprenda a ser mejor, sino acaso todo lo contrario. La imbecilidad es la peor herencia que inexorablemente se repite hasta el infinito. En manos de personajes como Mister Trump y Monsieur Putin y otros asesinos, claro, todo está en juego sin ninguna garantía. Es una moneda que gira en el aire. Pour l’instant c’est la fin y ojalá no sea el fin de nuestro mundo porque sería horrible. Pues sí, agreguemos como conclusión que todo está en manos del insólito destino, y aunque nos cueste creerlo. « No me pregunten a que raza, nacionalidad o partido político pertenece ese individuo. Es un hombre, es un monstruo », según la conclusión de don Ralph Waldo Emerson.