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DESDE ULTRAMAR

La naturaleza que nos subyuga y nos somete

Marcos Marín Amezcua
jueves 13 de agosto de 2026, 18:16h

Estas recientes jornadas nos han recordado a golpe de sorpresa y de asombro el inexorable, indómito y sorprendente decurso de la naturaleza y sus efectos.

Lo mismo un rayo atronador impactó una de las cruces que rematan a uno de los campanarios de la catedral de Acapulco, que las olas de calor chamuscando, devorándolos, a los bosques canadienses y de media España. Claro, lo segundo se presume que es debido por mucho a que interviene de manera directa la (irresponsable) mano del Hombre, mas ha implicado advertir también una naturaleza afectada, alterados sus efectos, tanto en manifestaciones puntuales más violentas y palpables, como en los tiempos de aparición o de duración de sus acciones y consecuencias, así como ver campeante y manifiesto ese negado cambio climático que en otras latitudes nos dejan tormentones en calidad de trombas que nos ahogan y destruyen tanto a su paso, de manera distinta a los feroces terremotos de Venezuela y Colombia, pero con efectos igual de desvastadores.

Un colega ha fallecido un día después de haber impartido su cátedra. Nos recuerda que la muerte es tan impredecible –cuán cierto resulta aquello de "nadie sabe la hora y el día..."– pero, además, es un vivo y lastimero recordatorio en varias direcciones acerca de ser verdad aquello de la vida es un momento, así se va y hoy estamos y mañana, quién sabe. Así de sencillo, así de fuerte y así de real es por igual el misterio de la vida y el misterio de la muerte, que se parecen tanto y es que solo somos simples espectadores que en nada influimos para que sucedan uno u otro. No alteramos su ritmo al inicio y al terminar la vida, lo cual suena y es terrible en ambos casos. La naturaleza es irrefrenable en sus procesos.

Dos fenómenos naturales diametralmente opuestos registrados en menos de una semana nos restriegan qué expuestos y qué incapaces estamos y somos ante las manifestaciones naturales de cualquier índole. Cobran especial relevancia por significar y expresarse de manera tan diferente y contundente.

Primero, el terrible terremoto acaecido en Colombia llenando de muerte y dolor contrasta con la curiosidad, la alegría y festiva actitud, incluso, y en pleno verano, desencadenada por el esperado eclipse que ha cubierto una franja considerable de España.

El primer suceso nos ha entregado terribles imágenes, cifras escalofriantes, dolor, angustia, acompañadas de una solidaridad internacional que se rumora truncada por el gobierno colombiano, solidaridad que se reviste de llamado desesperado, de comedimiento. El segundo, ese eclipse tan esperado, nos deja formidables imágenes que siempre deleitan y nos transportan a la admiración, que testimonian cómo las cosas sí pasaron y quedarán en el mejor de los recuerdos. Una Cali afectada de manera tan sensible que contrasta con el cielo de Sevilla deslumbrante atestiguando en lo que toca, ese eclipse, también recuerdan qué ruda es la naturaleza, como su devenir es irrefrenable, como su expresión es intransigente y nada más. Poco qué hacer ante el curso de la naturaleza, no obstante que seamos previsores y cautos. Nos pilla y punto. Y sí, lo de Colombia fue un terremoto y así llamémosle. Sismo es una palabra que edulcora su magnitud, invisibilizándola. Es como llamar encharcamiento a verdaderas inundaciones. O vientos huracanados a minihuracanes.

Una vez, una persona me replicó que le daba pánico decir terremoto y la palabra difundía miedo. Estaba muy equivocada. A mí me da más miedo no llamar a las cosas por su nombre, provocando desconocer la magnitud de sus efectos.

Patentamos palabras de aliento a los afectados y deudos de la tragedia colombiana. Palabras de regocijo para quienes vieron tan formidable eclipse. No ocurre a diario y uno similar desde 1912 en aquellos pagos. A todos, solo señalar lo ya expresado: qué manera tan diferente de manifestarse la naturaleza y de encontrarnos con tal, reafirmándonos que nos supera en un sentido u otro; que la naturaleza nos sobrepasa, por mucho que intentemos domeñarla o nos jactemos de haberlo conseguido. Nada. No es así y acabamos de atestiguarlo por partida doble.

Para el caso del terrífico sismo acaecido en Colombia, igual que anteriormente recién en Venezuela, ayudemos en la medida de nuestras posibilidades. Lo ocurrido es tan tremendo como desastroso. Y parece que los pueblos, para variar, superan a sus gobiernos. De eso sabemos bien en México a partir de la trágica experiencia del 85 y el gobierno priista rebasado en su mar de ineptitud y corrupción que siempre caracteriza a los gobiernos del putrefacto PRI, aunque ahora el hijo del nefasto presidente priista de entonces, alardea un México que solo existió en su cabecita tropical dentro de las cuatro paredes de la (por fortuna) extinta derrochadora casa presidencial, de un PRI desgobernando del que fue abierto beneficiario. Es esa ineptitud una de las miles de razones que invita a aborrecer a un autoritario y represor PRI que esperemos pase al basurero de la Historia.

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