Hace unos días leí en medios digitales, una carta abierta dirigida a un militante homosexual del Partido Popular. Carta abierta a un «maricón del PP». El autor no cuestionaba su condición personal; cuestionaba su libertad política. Venía a decirle, en definitiva, que podía sentirse orgulloso de ser homosexual, pero no de pertenecer a un partido que, a su juicio, nunca había defendido suficientemente los derechos del colectivo al que pertenece.
Confieso que, al terminar de leerla, no pensé ni en el Partido Popular ni en las izquierdas. Pensé en mi infancia.
Crecí en un pueblo donde abundaban los hombres a quienes entonces se llamaba, con mayor o menor fortuna, mariquitas, maricones u homosexuales. Entre ellos, había artistas de exquisita sensibilidad; personas cultas y otras sin apenas estudios; algunos discretos y otros llamativos. Exactamente igual que ocurría con el resto de los vecinos.
No existía la expresión «salir del armario». Nadie hablaba de ella porque, sencillamente, no hacía falta. Cada uno vivía su condición con la naturalidad que le era posible, y los demás convivíamos con esa realidad como convivíamos con tantas otras diferencias humanas. No pretendo idealizar aquel tiempo. También había bromas desafortunadas, prejuicios e incomprensiones. La sociedad de entonces, distaba mucho de ser perfecta, no menos que la actual. Pero había algo que hoy echo de menos: antes de ser homosexuales, conservadores, progresistas, creyentes o ateos, aquellas personas eran, sencillamente, personas. Eran vecinos. Y eso bastaba para convivir.
Con los años he llegado a pensar que aquella convivencia me enseñó una lección que ninguna universidad habría podido explicarme mejor. Aprendí que la diferencia no empobrece cuando está acompañada por el respeto. Al contrario, la diferencia enriquece. Nos obliga a salir, no del armario y sí de nosotros mismos, a descubrir que el mundo no termina en nuestras propias convicciones y que la dignidad de una persona nunca depende de que piense como nosotros.
Quizá por eso me inquieta comprobar cómo hemos sustituido la convivencia por una especie de clasificación taxonómica. Hoy parece imprescindible colocar a cada individuo dentro de una categoría antes de escucharlo. Ya no preguntamos “quién es”, sino “qué es”. Queremos saber si es de derechas o de izquierdas, conservador o progresista, creyente o ateo, homosexual o heterosexual, nacional o extranjero. Como si una sola respuesta bastara para comprender una vida entera.
Y, una vez colocada la etiqueta, esperamos de ella un comportamiento determinado. Si pertenece a un colectivo concreto, parece obligada a pensar de una manera concreta. Si vota a un partido distinto del que otros consideran propio de su condición, se convierte casi en una anomalía. La persona deja de ser libre para convertirse en representante permanente de una identidad. Eso sí que es salir del armario de su propia realidad.
No deja de ser una paradoja. Vivimos en una sociedad que proclama la diversidad como uno de sus mayores valores y, sin embargo, espera una sorprendente uniformidad de pensamiento dentro de cada grupo. Se reivindica el derecho a ser diferente, pero no siempre el derecho a pensar diferente.
En aquel tiempo, no necesitábamos teorías sobre la identidad porque convivíamos con personas, no con identidades. La relación cotidiana tenía nombres propios, no categorías. El peluquero, el maestro, el comerciante, el artista o el vecino no eran para nosotros la expresión de un colectivo, sino alguien con quien compartíamos la calle, la conversación, las fiestas o el trabajo. Su orientación sexual podía formar parte de su biografía, pero nunca agotaba su persona.
Con el paso del tiempo hemos perfeccionado nuestro lenguaje. Procuramos utilizar palabras más respetuosas, y me parece bien que así sea. El respeto también se manifiesta en el modo de hablar. Pero conviene no engañarnos: las palabras, por sí solas, no crean una sociedad mejor. Se puede disponer del vocabulario más inclusivo y seguir mirando al otro como una etiqueta. Pero también puede ocurrir que una sociedad, con todas sus limitaciones, conserve una capacidad de convivencia que hoy corremos el riesgo de perder.
La persona siempre desborda cualquier definición que hagamos de ella. Ninguna orientación sexual, ninguna ideología, ninguna profesión, ninguna nacionalidad, ninguna creencia puede contener por entero el misterio de una vida humana. Somos mucho más que cualquiera de nuestras circunstancias. Somos memoria, proyectos, contradicciones, fidelidades, dudas, afectos y esperanzas. Reducirnos a una sola de esas dimensiones es empobrecer aquello que precisamente nos hace humanos.
Por eso, mientras leía aquella carta abierta, comprendí que mi desacuerdo no nacía de una diferencia política. Nacía de una convicción mucho más profunda. Me resisto a aceptar que una persona deba pensar de una determinada manera por pertenecer a un determinado grupo. Me resisto a creer que la libertad consista en obedecer las expectativas que otros depositan sobre nuestra identidad. Toda etiqueta cosifica la persona, y observo que la gran tentación de nuestro tiempo va mucho más allá. no es solo discriminar a las personas, sino clasificarlas, es decir: a cosificarlas. Clasificar parece más moderno, más científico, incluso más respetuoso. Pero también puede convertirse en una forma sutil de dejar de mirar al ser humano en toda su dimensión.
Cuando dejamos de preguntarnos «¿quién eres?» para limitarnos a preguntar «¿qué eres?», algo esencial comienza a perderse, porque las etiquetas no pasan de ser una mueca de nuestra identidad.