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TRIBUNA

La luz de Madrid en agosto

Gonzalo Laborda
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glabordamgmailcom/9/9/15
sábado 15 de agosto de 2026, 17:05h
En esta época del año —en pleno agosto— el calendario se deshoja y el papel parece hacerse ceniza en los días de canícula propios de estas fechas. Los rayos de sol, aunque no caen con la verticalidad y la violencia propias del solsticio, tiñen Madrid de una luminosidad y una claridad extraordinarias. El paisaje urbano adquiere una nitidez inusual. No es de extrañar que Antonio López tenga cierta predilección por salir a pintar la ciudad en esta época del año.

Este escenario que nos dibuja el verano en la ciudad parece invitarnos a que nuestra mirada modifique la forma de percibir las cosas. Tal vez, movido por esta luz, en mis años de estudiante se fue sedimentando una suerte de rito que repetía rigurosamente cada año durante aquellos días de finales de junio, antes de marcharme de Madrid. Dedicaba alguna que otra mañana a visitar las exposiciones de pintura que hubiera entonces, caminaba bajo ese plomizo sol y, durante un breve tiempo, me resguardaba en algún jardín a leer unas páginas.

Hace ya unos días —a comienzos de agosto—, unos cuantos años después, una vez olvidado este rito en mi calendario, tal vez porque el tiempo deja de estar tan ordenado y uno pierde poco a poco el control y hasta el sentido de su transcurso, esta necesidad de recuperar aquella costumbre volvió de la misma forma que nació: espontánea y poco premeditada.

De esta forma, bajo esa luz de una mañana de verano, dos días antes de una nueva partida de la ciudad, salí con la intención de visitar una nueva exposición. No tenía un plan muy cerrado. Mis pasos me llevaron al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, donde se exponía temporalmente un conjunto de obras muy significativas de Carmen Laffón (1934-2021). La mirada pausada y cotidiana de esta pintora reposa sobre objetos cercanos, anodinos, que aparecen una y otra vez. Esa repetición de lo insignificante le sirve para ahondar en la vida. Pero esta insignificancia de lo común gana relevancia cuando la distancia introduce el contraste: cuando se pasa de una serie de armarios de diferentes tonalidades o unas máquinas de coser a los paisajes del Coto desde Sanlúcar de Barrameda, disueltos en la pintura, que recuerdan a la obra de Mark Rothko (1903-1970).

Este juego entre el realismo y la abstracción, esa distancia entre la habitación y el paisaje, permite que la mirada se desplace, repose entre la luz y cale en la calma, sobre nuevas formas. Este movimiento no busca ensanchar la mirada, sino empequeñecerla, hacerla más concreta, que no se pierda en la divagación. Es un camino para acercarse a esas cosas más pequeñas, pero profundamente notables de nuestro día a día.

Una vez en la calle y bajo el sol del mediodía, durante el paseo de vuelta a casa realicé un movimiento extraño e inconsciente: la libreta, un folleto, la entrada al museo y el bolígrafo que llevaba en la mano cayeron al suelo. Una vez recogidas estas cosas, estuve buscando unos papeles que parecía que habían volado, pero allí no había nada más que lo que había recogido; la acera estaba vacía. La mirada me había mostrado unos papeles planeando por el aire al mismo tiempo que el resto de cosas caían.

No sé si fue la luz de este verano la que, al atravesar los cuadros de Laffón, dejó en mis ojos otra sensibilidad, otra forma de mirar y de percibir las cosas. Quizá la luz vaya también de eso: de la posibilidad de ver, aunque solo sea un instante, lo que no está.

Gonzalo Laborda

Doctor en Ciencia Política

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