Después de haber incidido para bien o para mal o para bien y para mal en la vida de Occidente en los últimos 75 años, Fidel Castro fue celebrado en sus 100 años de nacimiento del comandante guerrillero y líder revolucionario de manera casi desapercibida.
Aquí vamos a aprovechar la hospitalidad de elimparcial.es para desarrollar en cinco partes algo que pudiera ser considerado con un corte de caja para el dirigente de la Revolución Cubana que en diferentes niveles determinó la vida política sobre todo de América Latina y el Caribe desde el asalto al Cuartel Moncada en 1953 hasta el actual 2026 en que la Casa Blanca ya decidió usar todo su poder para dar por liquidada la revolución castrista.
La figura política de Fidel Castro fue dominante en el continente americano, y no tanto por haber representado --o decirlo en ese sentido-- alguna opción para el destino de la región, sino porque fue muy importante en términos de leyenda la existencia de una figura que se le opuso --como se dice en América-- al tú por tú al imperio más importante de los últimos de 250 años.
Pero en términos de efectos concretos, el saldo del liderazgo revolucionario de Castro en el período 1953-2026 puede establecerse como simbólico pero negativo: las circunstancias de Cuba como sociedad son hoy muchísimo peores que las que existían con Batista en el cuadro políticamente dramático que pintó Fidel Castro en su histórico discurso “condenadme, no importa, la historia me absolverá”, del 16 de octubre de 1953, que fue su razonamiento para explicar el surgimiento de la guerrilla del 26 de Julio y delinear su lucha revolucionaria para convertir a Cuba en una sociedad comunista.
Castro se alzó en armas con el argumento de que Cuba era una dictadura represiva y el modelo de desarrollo sólo beneficiaba a la élite que había aceptado a la isla como un burdel de Estados Unidos; es decir, para sintetizarlo, ofreció democracia y desarrollo como bienestar social.
A casi 75 años de distancia, la Cuba de Castro es más dictadura represiva que la de Fulgencio Batista, la democracia sencillamente no existe porque es un valor burgués, el desarrollo se retrotrajo en aras de un bienestar que no fue más que la redistribución de un nivel de bienestar menor al que establecen los organismos económico-sociales internacionales y que se reducen al racionamiento de los bienes indispensables por la escasez de producción.
Fidel fue --y muy bien, aunque no se le quiera reconocer-- un líder ideológico de la propuesta comunista como alternativa, y hay que aclarar que Cuba con Castro nunca quiso ser un régimen socialista en un escenario mundial capitalista, sino que su objetivo fue refrendado a nivel constitucional e irrevocable como marxista-leninista que sólo sobrevive en esa pequeña isla del Caribe y en Corea del Norte, y ya no en Rusia, China o Vietnam.
La sobrevivencia de Castro durante tres cuartos de siglo como un mítico líder político prevaleció por su capacidad para enfrentarse al gigante estadounidense a sólo 90 millas de la punta caribeña de Florida. La construcción de un régimen autoritario brutal internamente impidió lo que todas las sociedades necesitan para perfeccionarse y las comunistas también: la dinámica de la lucha de clases, porque en Cuba solo se impuso por la fuerza el interés del grupo militar que se apoderó del Estado.
En el continente americano, Fidel Castro fue un líder indiscutible, pero el modelo cubano nunca fue aceptado por ninguno de los países que llegó a tener circunstancialmente las condiciones objetivas para un tránsito hacia el comunismo. El modelo del foquismo guerrillero revolucionario que exaltó el intelectual francés Régis Debray fue tomado como punto de referencia por las guerrillas revolucionarias latinoamericanas, pero ninguna de ellas pudo cristalizar: en Nicaragua salió victoriosa la revolución populista sandinista, aunque ya en el poder ha derivado en una dictadura en modo castrista; Hugo Chávez explotó su relación personal con Fidel, pero en ningún momento se planteó a Venezuela en modo cubano. Y los países que lograron gobiernos progresistas no llegaron más allá de un populismo asistencialista que nunca tomó la decisión de destruir al sector privado.
México apoyó a Fidel y a Cuba un poco en los tiempos del periodo posrevolucionario del PRI --de 1950 a 1980--, pero no para instaurar un comunismo cubano sino más bien como contrapunto en la negociación política con Estados Unidos. Los partidos comunistas latinoamericanos nunca pudieron aceptar los estilos, caracteres y objetivos de Castro, aunque lo mantuvieron en un nicho.
La celebración de los 100 años del nacimiento de Fidel Castro no repercutió en la vida cotidiana de los países del continente americano, bastante porque al presidente Trump no le habría gustado algún tipo de festividad, pero también porque en los hechos el propio Fidel Castro prácticamente se olvidó de América Latina y el Caribe desde su sometimiento a Moscú con el apoyo a la invasión de tanques soviéticos para aplastar la experiencia del socialismo democrático en Checoslovaquia.
En los últimos 50 años Fidel Castro sólo aceptó la relación con Hugo Chávez, recibió la visita de algunos líderes latinoamericanos más como cortesía que como alianza geopolítica y permitió el endurecimiento del régimen como dictadura hoy en manos de su hermano Raúl como “general de Ejército” porque en realidad nunca fue un líder social guerrillero.
El centenario de nacimiento de Fidel Castro pasó en América con más pena que gloria.