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TRIBUNA

La discreta realidad (II): Del saber al creer

miércoles 19 de agosto de 2026, 20:16h

Si la claridad es la cortesía del filósofo, como solía decir Ortega, deberíamos añadir que la discreción debería ser la cortesía del científico. Pero tengo la sensación de que ésta no es la norma genérica en ambos casos, y aún menos cuando nos trasladamos al ámbito de la vida social e institucional, donde la confusión y la impudorosa indiscreción cabalgan a sus anchas.

Ambos conceptos —claridad y discreción— son principio de racionalidad no solamente en ambas disciplinas; también lo deberían ser para toda relación personal que busque el encuentro con la realidad y la verdad de dicha realidad en su vivir cotidiano. No hay otra pregunta más importante para la vida personal que la de preguntarse por la razón de su propia existencia a través del principio de razón suficiente. ¿Cómo sabríamos que alguna realidad existe verdaderamente si no hubiera, al menos para nosotros, una razón suficiente para que dicha realidad sea así y no de otro modo?

Tanto en el filósofo como en el científico estas palabras son metafóricas, pues apuntan más allá de lo que dicen. La verdad y la realidad siguen siendo objeto de múltiples discusiones, aun siendo las palabras más usadas en nuestra praxis cotidiana. Son palabras domésticas, pero no domesticables.

Si en la cumbre de la actual razón científica —la física cuántica— se afirma que toda realidad es discreta, es decir, que guarda para sí su más íntima intimidad, poniendo ante nuestra razón un límite insalvable —el llamado muro de Planck— donde toda noción de realidad se desvanece, y si por otra parte la epistemología acaba reconociendo el carácter convencional de muchos de los fundamentos teóricos de la ciencia, cabe preguntarse si no hemos cargado demasiadas alforjas para un trayecto tan corto.

¿Se podría agradecer la vida simplemente como un don, sin tener que someterla a un análisis que acaba por fragmentarla hasta perder su propio sentido? Quizá debiéramos acudir al principio de “Persona necesaria y suficiente”, en lugar de reducir toda realidad al principio racional del que la persona sería solo portadora.

La persona no es un “qué”, sino un “quién” que demanda a un Quién necesario y suficiente. Toda cosa demanda una causa previa a ella, desapareciendo en una cadena de causas sin fin. Pero si no queremos degradar a cosa la realidad personal, hemos de afirmar que toda persona demanda una causa homogénea a su ser que sea su razón suficiente.

En este punto la mecánica cuántica introduce una dificultad radical: en el mundo natural no siempre existe una realidad definida detrás de cada acontecimiento, a menos que estemos dispuestos a admitir un pandeterminismo universal. ¿Con qué carta nos quedamos entonces?

Esta situación muestra que las matemáticas y las teorías físicas son representaciones magníficas del mundo, pero siguen siendo representaciones. Del mismo modo que una pintura hiperrealista no sustituye a la realidad representada, tampoco nuestras teorías alcanzan la realidad en su plenitud.

En resumen, todo conocimiento científico, pese a su relación con los fenómenos observables, termina conduciéndonos con frecuencia a situaciones paradójicas. Las ideas matemáticas son una metáfora de la verdad y las de la física otra metáfora de la realidad.

Si la existencia es el lugar desde el que narramos la vida, la negación de la vida sería el mayor error de nuestras existencias. Sería la negación del principio de realidad y del principio de razón suficiente, conduciéndonos al escepticismo extremo y al absurdo de una existencia irracional.

Si después de esta reflexión se me preguntara si una computadora podría llegar a tener conciencia, es probable que el lector se pregunte: qué tiene que ver todo lo anterior con tal cuestión. La pregunta surgió precisamente en una reunión con amigos en la que se me pidió abrir un diálogo sobre este tema.

Comencé recurriendo a argumentos científicos a favor y en contra, pero pronto observé que estaba empleando los mismos argumentos que la propia filosofía de la ciencia cuestiona. El coloquio derivó entonces hacia un terreno más doméstico y pragmático, donde se evidenció que la realidad y su verdad se asientan fundamentalmente en las creencias.

Pedro Laín Entralgo, en su libro “Creer, esperar, amar”, sostiene que la necesidad de creer es innata en la persona. La creencia sería algo así como el “gen de su existencia biográfica”. Si el gen biológico condiciona nuestro fenotipo, la creencia condiciona nuestra biografía.

En el coloquio quedó patente que, aun cuando los participantes no comprendían plenamente las teorías científicas, sus posiciones se apoyaban siempre en creencias. No podemos evitarlo: siempre empezamos diciendo “yo creo”.

Con frecuencia aceptamos las denominadas verdades científicas simplemente porque confiamos, es decir: creemos en quien las enuncia. La creencia, por tanto, nos da el sentido último de realidad.

Como señalaba Julián Marías, el ser humano vive cercado de incertidumbres y tiene que vérselas constantemente con lo que no le es presente ni dado; por eso la creencia se convierte en el punto de apoyo de su realidad.

Que el estrato más profundo del ser humano sea la creencia, no impide que exista un fondo metafísico que ni siquiera nuestras creencias alcanzan plenamente. En este sentido, Ortega advertía que la duda no es lo opuesto a la creencia, sino un modo distinto de creer.

¡Tanto esfuerzo en buscar la realidad exclusivamente en la razón, cuando en nuestra praxis cotidiana predominan nuestras creencias!

¿Para qué queremos entonces un ordenador con conciencia si ya la tenemos nosotros mismos? ¿Para que nos haga la competencia? ¿Desarrollarían también ellos sus propias creencias y sus propios intereses?

Este intento recuerda el viejo deseo humano de ser como Dios; o quizá, más exactamente, de crear un dios artificial sobre el que poder ejercer nuestro dominio, nuestras creencias.

Dejo abierta esta reflexión para que cada lector responda a la pregunta bajo sus propias creencias. Las respuestas que demos condicionan la praxis con la que consumimos nuestras energías vitales.

La mente humana contempla la realidad como un enigma racionalizable, pero sin dejar de ser enigma.

Si el saber humano comienza en el asombro y termina nuevamente en él, la única razón última de nuestra razón se encuentra en nuestras creencias. Creencias que tampoco agotan la realidad y que nos conducen finalmente a la pregunta decisiva:

¿En qué o en quién pone usted, querido lector, las credenciales de la realidad de su existencia?

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