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TRIBUNA

La verdad y el fantasma

jueves 20 de agosto de 2026, 18:37h

No es nada fácil despegarse de la información una vez que te has adherido a sus hilos invisibles. Como en la red tejida por ese animal de muchos ojos, cada gesto de huida contribuye a envolverte en la sustancia viscosa de la urdimbre. Si no escapar, he logrado al menos por un tiempo mantenerme quieto y en silencio, sin atraer con mis movimientos las mandíbulas brutales de la maquinaría informativa.

He conocido, sin duda, su recurso a las fuentes incesantes de miedo a cuya irradiación está dedicada incansablemente la bestia. Pocas variaciones: cambio climático tras incendios desmedidos, inflación de precios y política imperial, movimientos de una población incalculable, alarma antifascista… quise evitar, sin embargo, esa costumbre letal de “estar al día”. Ignoré el vocerío constante que es norma del consejo de ministros, esquivé la empalagosa voz del rival mimético del gobierno que se presenta como oposición. Hace ya muchos meses que me convencí del carácter constituyente de las próximas elecciones. Siguiendo viejos modelos las elecciones se erigirán en plebiscito. Federalismo asimétrico y república contra esta arruinada unidad nacional. El cadáver apesta y nos aprestaremos a enterrarlo, sin reparar en que la presunta novedad viene ya cargada de gusanos. Temo una suerte de destino austro-húngaro. Sobrevivir herido por la nostalgia al modo del Franz Xavier Morstin que describe Joseph Roth, con su realidad desaparecida tras la guerra: ciudadano de una república advenida por decisión de extraños y nostálgico del rico y plural imperio desaparecido del que se vivió siempre parte. Entre nosotros además sin la dignidad atroz de una guerra.

No quiero insistir en la perversa estrategia de un gobernante amenazador e implacable, en el tono de arrabal y el pestilente hedor de tanto excelentísimo señor o señora, que también en la miseria se igualan los géneros. No quiero escuchar la meliflua oposición de pataleta. No puedo escapar de la baba mucilaginosa de esta sociedad en descomposición, pero trato de no moverme apenas para no atraer sobre mí otro alud de miseria.

No es difícil prever los pasos de la siniestra deslealtad del gobernante, que se presenta a la defensiva mientras despliega el más rotundo ataque. Es de temer la potencia de las tecnologías a su servicio, avanzada ingeniería de la atención capaces del más completo eclipse de las conciencias. Redes, plataformas, televisiones que inclinan a una pasmosa unanimidad y largas décadas de colapso educativo. Cabría esperanza si pudiéramos escuchar la expresión “atletas y atletos españolaes” con una carcajada convulsa, pero en su lugar tenemos un debate. La condición de ese debate indica el abatimiento en que nos encontramos

No se repara tanto en una evidente consecuencia del colapso, me refiero a la degradación moral y a la falta de firmeza que impide que defendamos la verdad con la contundencia exigida. No tenemos valor para hacer valer la posición acosada, habitamos en brechas y hendiduras sirviendo de ocasión para el ejercicio de un poder sin más criterio que su hegemonía. Muchos han dado ya la voz de alarma: ataque a la monarquía parlamentaria, concesión en Ceuta, fortalecimiento del independentismo siempre periférico porque no tiene otro centro que España, incremento de una agresividad verbal y no sólo verbal contra toda resistencia, declarada fascista y dispuesta para su sacrificio. Resistencia que se revestirá de inhumanidad: negacionistas de cualquier cosa – no se olvide el origen del término para referir a los que cuestionaron la Shoah –, xenófobos y racistas que, aunque cristianos, se niegan a amar a sus enemigos, oscurantistas que no aceptan el criterio sagrado de la tecnociencia, machistas violentos que rechazan pronunciar la palabra del bien sin matices y no hacen uso adecuado de la neolengua inclusiva. Impíos que no se compadecen del sufrimiento que provoca el cambio climático y exigen discusiones públicas cuando se ha pronunciado la voz incuestionable de los expertos. La república de la paz nos amenaza de nuevo con la guerra, se envuelve en la bandera de la humanidad y declara toda resistencia indigna de pisar la faz de la tierra.

Ni son la voz de la verdad, ni la historia tiene lados correctos o equivocados de modo que, aunque hay que considerar sus actos, no debemos temer la victoria de un fantasma. Tanto menos si podemos todavía afirmar sin contemplaciones la realidad histórica de España.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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