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TRIBUNA

La cuasi España

sábado 22 de agosto de 2026, 18:34h

El 9 de agosto de1835 -hace de eso casi doscientos años-, Mariano José de Larra publicaba un artículo al que daría por título “Cuasi. Pesadilla política”. Consideraba el célebre escritor que el siglo XIX estaba repleto “de medias tintas, de medianías, de cosas a medio hacer”.

Después de un breve recorrido -no en exceso complaciente- por otras naciones europeas, Larra dedicaría su atención a España. Adjudicaría a nuestro país la siguiente reflexión:

“En España, primera de las dos naciones de la Península (es decir, de la cuasi-ínsula), unas cuasiinstituciones reconocidas por cuasi toda la nación; una cuasi-Vendée en las provincias con un jefe cuasi imbécil; conmociones aquí y allí cuasi parciales; un odio cuasigeneral a unos cuasi hombres que cuasi sólo existen ya en España. Cuasi siempre regida por un Gobierno de cuasimedidas. Una esperanza cuasisegura de ser cuasilibres algún día. Por desgracia muchos hombres cuasiineptos. Una cuasiilustración repartida por todas partes. Una cuasiintervención, resultado de un cuasitratado, cuasi olvidado, con naciones cuasialiadas. El cuasi en fin en las cosas más pequeñas. Canales no acabados, teatro empezado, palacio sin concluir, museo incompleto, hospital fragmento; todo a medio hacer... hasta en los edificios el cuasi”.

Evocaba Larra una España a medio construir, que la incompetencia de unos y la intransigencia de los más se afanarían con denuedo de convertir en imposible. Alguna labor constructora nacional sería emprendida en la época de la Restauración de 1876 a 1923, que clausuraban la dictadura de Primo de Rivera, la II República y la nefasta Guerra Civil, con su corolario de la larga dictadura de Franco. La democracia que abría la segunda Restauración, y la Constitución de 1978, acometían de manera que se diría definitiva la construcción de una España en la que el adverbio cuasi quedaba cancelado de la expresión. Nacía una España con la pretensión de abordar, desde la integralidad, todos sus problemas pendientes. Una España, con su transición a un régimen de libertades, que admiraba, por su mesura y su éxito, todo el mundo civilizado, y que aún sigue asombrando en otros pagos, como hemos podido observar recientemente en algún significativo discurso en la ceremonia de la toma de posesión
del nuevo presidente de Colombia.

Pero esa cuasi España a la que se refería el periodista madrileño parece cernirse sobre nosotros, aunque ahora no tanto como una tarea inacabada (“a medio hacer”, en los términos de Larra), sino como resultado de una deconstrucción.

Es una cuasi España, porque no se respeta por nuestros vecinos del sur la soberanía de nuestras ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, ante la inacción de un cuasi Gobierno. Pero tampoco la respetan las autoridades del País Vasco y Cataluña, donde ha desaparecido buena parte de la simbología nacional en los edificios públicos y en los servicios que se prestan a la ciudadanía -educación, sanidad, policía…-; partes integrantes de la nación en las que no se puede exhibir libremente la bandera de España, y cuando se hace, con ocasión de la victoria de la selección, un hatajo de energúmenos se afana en vapulear a sus portadores. Y un cuasi idioma común, el español, perseguido en esas cuasi Comunidades Autónomas, devenidas en cuasi naciones.

En esta cuasi España, un cuasi ejército requiere ser movilizado para acometer la extinción de incendios, porque un cuasi servicio de bomberos no basta a su solución… por supuesto que los cuasi presupuestos, una, dos, tres… veces prorrogados no han previsto la protección de nuestros montes de la voracidad de las llamas.

Nuestro otrora admirado servicio público de salud se va deteriorando también de forma progresiva. Por poner un ejemplo, en 2025, sólo el 21,8% % de los usuarios de Atención Primaria consiguió ser atendido el mismo día o el siguiente. Un 69,8 recibió una fecha posterior porque no había cita disponible. Entre quienes tuvieron que esperar más de un día, la demora media fue de aproximadamente 9,1 días, frente a 8,8 días en 2024.

Nuestra cuasi educación no resiste la comparativa con otros países. Según el informe PISA, entre 2012 y 2022 aumentó en España el porcentaje de alumnos que no alcanza el nivel mínimo de competencia: aproximadamente 3 puntos en matemáticas, 6 en lectura y 5 en ciencias.

Y en cuanto a la satisfacción del ciudadano en lo que se refiere a la prestación de los servicios públicos, un informe de la OCDE señala que solamente 57 de cada cien españoles que habían utilizado recientemente un servicio administrativo estaban satisfechos, frente a 66 de cada cien en la OCDE.

En la que prometía convertirse en mítica puntualidad del AVE ferroviario español, hay base estadística para afirmar que se ha producido un deterioro apreciable de la fiabilidad percibida de los trenes españoles y también de su puntualidad. Y en cuanto a la percepción de los usuarios respecto de la seguridad en este transporte, los viajeros tienen una sensación crecientemente negativa sobre la misma.

Únase a todo eso el deterioro de la calidad democrática. El instituto V-Dem señala una reducción en este ámbito. La ausencia de dación de cuentas, un parlamento que es evitado en los debates importantes (no lo hay respecto del estado de la nación, la cuestión del Sáhara…), ni siquiera se presentan los presupuestos, se aprueban leyes de máxima importancia sin el recurso a informes previos (ley de amnistía), colonización de las instituciones, acusaciones a los jueces de practicar lawfare, conversión del Tribunal Constitucional -con su composición estrictamente política- en última instancia jurisdiccional… Servirá de escaso consuelo que otros países de nuestro entorno sufran de series estadísticas similares y de que España siga siendo todavía -según este índice- una democracia liberal y no una democracia electoral, que es el peldaño inmediatamente inferior en el que el escalón de descenso es ya un régimen autoritario, vale decir, autocrático.

Y los cuasi presos de ETA que salen de las cuasi cárceles y se les ofrecen homenajes en sus pueblos de origen. Estos sí, homenajes, no cuasi homenajes.

Cuando en el año 1982, Felipe González explicaba su slogan electoral del cambio con las palabras “que España funcione”, quizás quería unirse al artículo de Larra: que dejemos de ser una cuasi España. Claro que no dedicábamos entonces entre cuatro y cinco de cada diez euros de gasto público a las pensiones y nuestra clase política (en el centro, en la izquierda y en la derecha) era de muy superior entidad.

¿Seguiremos instalados en la cuasi España en deconstrucción? Por desgracia todo parece indicar que así será.

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