El sur. Los libros se comban para semejarse a las olas que se revuelcan con los que juegan con ellas. Hay cierta piedad en saber que sólo uno de los dos va a quedarse en el podio ganador. No conviene llevarle la contraria al mar. Sabemos demasiado de sus negras intenciones y de sus altas capacidades para hacerlas constar, pero qué belleza igualmente ver cómo se dividen sus tonos claros de los oscuros, reforzando así, culpa nuestra, su lado más caprichoso.
En la costa gaditana, si uno saca la cabeza por encima de los que venimos al bullebulle turístico y de los que ejercen su descanso, pero en realidad no se sabe de qué, ya que no conocen otro modo de vida durante todo el año, se quedará con el agradecimiento del clima templado y constante que no impide a los más cerriles bajar con su guayabera rosa coral arremangada dos vueltas en cada puño y alpargatas a la playa, no sabiendo uno si se habrán dado cuenta de lo engorroso de su indumentaria para tal acción —bajarse a la playa un par de horas y bañarse y echar el rato— o si es, en realidad, una especie de traje de baño que uno debe llevar sobre el respectivo bañador, una norma de trato social que debe cumplirse. Misterios que entretienen en esas horas puntas del mediodía.
La humedad y las brisas distraen. Los olivos, las acacias y las palmeras se alinean en su brezar para que uno no deje de preguntarse de dónde soplan esta vez, por qué no se deciden por el frío. Les sirve de compañía una pieza para piano de Debussy que reproduzco bastante estos últimos días. Los sonidos y los aromas regresan en el aire de la tarde, uno de sus Preludios. Llevan consigo esa ruptura que irá haciéndose más viva con el paso de las semanas. Las palmeras, como es habitual, tienen en sí el sonido de la caída, ya lo dijo Paul Valéry, pero ocurre de igual modo en cualquier mes del año, haya o no de fondo ese oleaje que sube hasta el segundo piso del apartamento en el que esto se escribe. No se deja de hacer turismo a pesar de la hiperestesia, claro.
Los viajes tampoco se detienen. En el libro-álbum que es Viajes y novelerías, de Fernando Sanmartín, recoge una anécdota de un libro de Bioy Casares a propósito de los distintos jardines que el escritor argentino conoció. ‘Se dice que el jardín de los Rothschild, en Ferrières, era atendido por no menos de ciento cincuenta jardineros. Cierta vez, la baronesa Rothschild, al ver hojas secas en casa de un amigo, preguntó si las traían de Europa Central’. A Sanmartín, nos cuenta en el capítulo, le acude la necesidad de leerlo cada principio del otoño, pero tiene el mismo sentido leído a finales de agosto, con calimas y reventones aquí y allá, y al tiempo, una sensación desapacible, un cambio para el que no estábamos preparados y resulta saludable que nos pille así, igual que ese aire sin localizar que continúa silbando entre las ramas.
Me enredo con varios libros cuando intento dejar constancia de las primeras impresiones aquí, sin que hayan pasado muchos días, sin que pueda considerarse todavía que van terminándose las vacaciones. Con estas líneas y sus interrupciones, las palabras de otros consiguen que lo evidente no pierda el matiz de lo extraño.