Elogio y reproche de los homenajes
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 29 de diciembre de 2008, 21:35h
Quizás la atracción de contrarios haga que, en un tiempo en que amenguan o desaparecen las relaciones nacidas en el seno de la profesión y de las actividades laborales, cobre inusitada fuerza el ofrecimiento de homenajes por vía electoral, gastronómica, televisiva, etc.
En principio, naturalmente, no hay nada que objetar a una de las costumbres de nuestros antepasados más peraltada por la sociedad actual. El agradecimiento colectivo y el individual por los trabajos y afanes de una gran personalidad en pro de un determinado oficio o institución merece, claro es, el aplauso más sincero. La vida de los organismos sociales discurre normalmente no en virtud de reglas y funciones asépticas sino merced al trabajo denodado y honesto de hombres y mujeres con gran vocación de servicio. Cuando éstos faltan, por muchas que sea la perfección de la maquinaria administrativa e institucional, los diversos colectivos decaen rápidamente en su rendimiento.
De ahí, que el enaltecimiento a la hora de la jubilación o en un hito culminante de su trayectoria profesional de figuras destacadas en los distintos ámbitos de la vida estatal y de la sociedad civil sea un hecho que confirma habitualmente la buena salud de una comunidad, su sensibilidad a las cualidades acreedoras a la admiración y el reconocimiento. Todo es positivo y nada resulta criticable en la expresión del agradecimiento al gerente de una empresa que ha alcanzado sus metas más ambiciosas, al director de una escuela pública o privada que ha consagrado hasta el término de su carrera oficial las mejores energías para la buena andadura de aquélla o al párroco o al cartero de una pequeña localidad a cuyos habitantes han hecho felices con la entrega sin reservas a su labor. No abundan en nuestros días los momentos de serenidad y tranquilidad para reflexionar pausadamente sobre los hombres y mujeres con los que la humanidad en abstracto y nuestra sociedad circundante en concreto están en deuda, como para observar con suspicacia la multiplicación de los homenajes con que los medios de información llenan por lo común de ordinario muchas de sus páginas o espacios.
El único reparo estriba, quizás, en esta prodigalidad excesiva que puede conducir a su trivialización y deturpación, Los homenajes son, o deben ser, un alto en el camino de la historia de los entes colectivos para reflexionar sobre el pasado y meditar sobre el porvenir. A ambos y también, por supuesto, al presente se pretender honrar con el ensalzamiento de héroes anónimos, que por un momento pasan a ser públicos, o con el reforzamiento de la popularidad de biografías egregias. Y esto, como resulta patente, no puede banalizarse ni convertirse en una moda más o menos respetable y hasta comprensible.
Un libro de gran audiencia o una posición brillante deben ser ocasión propicia para el ágape restringido y cordial entre buenos amigos o, lo que es más difícil, colegas pero no tiene que provocar forzosamente el reclamo de fotógrafos y la anotación informativa. Si los homenajes aspiran a ser fieles a la misión de ejemplaridad que indudablemente entrarían en su esencia más profunda, sólo un dilatado bregar en la primera línea del frente investigador, literario, jurídico, administrativo, financiero, eclesial, deportivo, castrense, etc., etc. Reclama y acredita el homenaje, que ejerce así una función más sancionadora que estimulante y alentadora. También esto, desde luego, es muy importante y a ello vienen a responder, en no pocas ocasiones, el significado de los homenajes como aguijón y espuela para alcanzar objetivos crecientemente elevados y superiores. Sino que en tales casos muchas veces se ofrecen a personas y organismos que por azares diversos se frustran ulteriormente sin llegar a esculpir a una obra auténticamente digna del reconocimiento de sus conciudadanos.
Por lo demás, también acecha otro grave peligro al exceso y abundancia de los homenajes, sobre todo cuando estos se explicitan mediante el libro o la revista. A la insustancialidad de la figura enaltecida suele corresponder la falta de interés y sustancia de muchos de los trabajos allegados para la ocasión. Resulta espectáculo desazonador y deprimente el observar que en múltiples volúmenes y colectáneas en memoria o en honor de individualidades no demasiado relevantes en el campo de la ciencia, la literatura, el arte o la erudición, se han introducido muchos furtivos con trabajos muy en agraz, indignos de los honores de la publicación y de la partida presupuestaria consiguiente extraída de contribuyentes innominados, merecedores de que su carga fiscal tenga una buena y adecuada aplicación.
De esta manera, lo que debería ser una efemérides señalada, un hito sobresaliente se convierte en un hecho rutinario, del que están ausentes la exigencia y el rigor, principios axiales de toso empeño intelectual. Los libros homenajes proliferen y en las bibliotecas no ocupan el lugar singular que deberían merecer. Y todo va desfigurando sus contornos en el convencionalismo más aplastante, hasta que homenajes y homenajeados corren el peligro de perder su intimidad y su ser.