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Bilateralidades

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 29 de diciembre de 2008, 21:46h
La transformación del Estado autonómico alumbrado por la Constitución de 1978 en una estructura confederal, basada en una red de soberanías pactantes, avanza cautamente pero sin pausa, como muestran los recientes encuentros entre el Presidente del Gobierno y los de algunas Comunidades Autónomas. Salvo el Estatuto de Cataluña –abiertamente inconstitucional en no pocas de sus previsiones, aunque el alto Tribunal que se ocupa de estas cosas todavía no ha dicho “esta sentencia es mía”- el proceso se viene haciendo por la vía de los hechos, desmontando normas, como la LOFCA o transgrediendo sin rebozo otras. La bilateralidad -es decir la aceptación por el Estado a entenderse con Cataluña, de igual a igual, de soberanía a soberanía- consagrada abusivamente por el citado Estatuto se ha visto confirmada por este proceso de la financiación autonómica, iniciado con una entrevista entre Zapatero y Montilla. Primero Cataluña y después todas las demás CC AA, que se repartirán lo que sobre.

¿Y el Estado, con qué se queda? ¿El Estado, qué Estado? ¿Pero no habíamos quedado en que lo más progresista es el máximo de descentralización, hasta llegar al mismo borde de la independencia? Por lo tanto cuanto menos Estado y más descentralización mejor. Seremos mucho más demócratas. Más que Obama, que ya es decir. Estiremos las autonomías hasta convertirlas en soberanías de facto. Y vaciemos al Estado hasta dejarlo con menos poder y menos hacienda que las que poseía el emperador del Sacro Imperio. Ya solo faltaría que al Presidente del Gobierno le invistiera no el Congreso de los Diputados sino el Colegio de los Grandes Electores Autonómicos, que serían los presidentes respectivos. Y reformemos el Senado para que, como quieren los progres, sus miembros sean elegidos por los gobiernos de las CC AA y puedan vetar las leyes, al estilo del Bundesrat alemán. Institución, por cierto, fracasada, por lo que ha sido reformada recientemente. Sin que se haya podido ir al fondo porque los Länder practican aquello de santa Rita, santa Rita…etc., Pero con una diferencia fundamental con España porque allí existe un fuerte sentido nacional (la Alemania unida existe solo desde hace 138 años, pero allí nadie se ha inventado nacioncillas) y un básico principio constitucional que se denomina “lealtad institucional”, en virtud del cual nadie hace allí trampas y juego sucio como los que por aquí practican a diario los nacionalistas y criptonacionalistas, como el PSC.

Lo más notable en esta ocasión es que Zapatero ha extendido, claro que con muchos matices, la bilateralidad a las otras CC AA a cuyos presidentes ha recibido o va a recibir. Una bilateralidad de segunda, por supuesto, porque en ningún caso ninguna otra CC AA puede pretender asemejarse a Cataluña cuyo “hecho diferencial”, según los nacionalistas de allí, es de una inalcanzable sublimidad. Sería un delito de lesa catalanidad asimilar a los ciudadanos de allí con los charnegos del resto de España. Y por eso el Estatuto –imitado torpemente por otros- le ha dotado de una especial carta de derechos. Suyos y solo suyos. Estamos, por lo tanto caminando hacia la confederación de la bilateralidades. Bilateralidades bien diferentes, desde luego, pero que marcan la sustitución del treintañero Estado autonómico por una entidad nueva en la que un principio, inicialmente bueno, la distribución territorial del poder, se ha llevado tan lejos que amenaza con que desaparezca cualquier atisbo de unidad efectiva y real. Y deja a España sumida en la condición de una entidad virtual. ¿No habíamos quedado en que el sistema autonómico había sido un éxito? No lo debe ser tanto cuando se quiere cambiar de arriba abajo o, más bien, de abajo a arriba.

Sería un error estimar que nos hallamos ante algo de pura política interior porque es evidente que tiene fuertes repercusiones externas que lastran gravemente la política exterior española. Y no solo porque contemplemos cómo algunas de estas CC AA se esfuerzan en dotarse de su propia política exterior, en abierto desafío a la Constitución, sino porque la imagen exterior de España está siendo seriamente dañada. Sarkozy ha dicho recientemente que Europa necesita Estados fuertes y ya habido quien ha señalado que España no es uno de ellos porque no se sabe muy bien dónde y cómo se toman las decisiones que afectan a su acción exterior. En esta UE uno de cuyos cimientos es el mercado único, sorprende que en España se esté rompiendo la unidad de mercado, hasta el punto de que los inversores extranjeros y aún los mismos españoles se lo piensan antes de poner en marcha un proyecto nuevo “nacional”, porque tienen que tener presentes diecisiete regulaciones distintas e incluso contradictorias. Esta España bilateralizada y confederalizante, convertida en una jaula de grillos autonómica, es ya, a los ojos de muchos, un Estado débil con el que es muy arriesgado contar y en el que es no menos arriesgado hacer negocios.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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