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TRIBUNA

Vuelve la sarna, vuelve la soledad

lunes 31 de agosto de 2026, 19:06h

Vengo observando que todo el mundo està bien, o muy bien. No le falta nada, o va "tirandillo".Tiene qué vestir, aunque vaya igual que millones y millones de otras personas. Tiene qué comer; unos más y otros menos, con más o menos lujo, más o menos carne y pescado, más o menos comida basura de esa que llena un instante, engorda al siguiente y deja el deseo ahíto del mismo sabor. Tiene dónde ir a la escapada y fuga semanal, así que no se queja y se conforma al gusto de la horma social del carpe diem sin memento mori. Quién ni siquiera tiene esto, tiene un comedor social, una ayuda para entresacar el pescuezo de la sombra sucia de la vida y decir al mundo "soy pobre, pero vivo con dignidad". La misma justicia social, tan denostada por estómagos agradecidos, ayuda a diario a muchos quebrados de finanza y de cabeza. Y casi la mitad de sus beneficiarios son mujeres que llevan el peso del abandono, la violencia y el del hogar. Y todo parece ir bien en el Reino, a pesar del encono sectario por afear el gesto a la próxima oposición, o al próximo gobernante. Además ¡sólo una familia de cada tres se ha quedado en casa, a freirse en el peor verano que se recuerda y a la espera de tiempos económicos mejores!¡Una familia que, seguramente, tenga medio frigorífico lleno por la justicia de la ayuda altruista del Estado, o la caridad de alguna parroquia, algún banco de alimentos! Y con seguridad, se habrán pensado mucho dar el ruboroso paso de pedir una comida mensual, o hacer cola en los comedores de Cáritas y san Juan de Dios. Porque en este mundo de metacrilato, filtros y píxeles nada da más vergüenza que la pobreza; el arañazo rumioso de la triste pobreza de tanta gente que viste igual que un rico, pues el rico hace tiempo que viste de aquella manera casualmente piscinera. Pues bien, además de ir todo sobre ruedas, divinamente, y de tener en esta tierra la pobreza vergonzosamente escondida hasta que brota de los callejones y fronteras, hay otra cosa que a nadie le sucede, o disimula no padecer. Es una especie de lepra, o sarna invisible, o como una enfermedad de transmisión sexual inconfesable, una tendencia que en estas alturas de siglo ya debería tener cura, pero no parecen encontrarla los consejeros de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Porque ¿quién querría reconocer abiertamente, a palo seco y sin hielo, que aparte de escasez de recursos y holganza de herencia familiar, padecemos ese mal que se dice bajito, o que ni tan siquiera se dice y se sobrelleva por las aceras, en las colas del supermercado, ante el dependiente de los grandes almacenes, ante la muchacha de la tienda de teléfonos..? Sí, esa otra pandemia en la piel oscura del corazón; esa catarata de suciedad y cemento ante la mirada; esa torva, macilenta y sudorosa andanza por las calles agosteñas de la gran ciudad. Sí, esa sensación de ruina vital y lejanía de la casa paterna: la gran soledad de los hijos pródigos en un gran hormiguero taponado para que nadie consiga ver una digna puesta de sol entre los edificios y la publicitada felicidad de las grandes marcas de coches, de rebajas, de todo eso que tapa el horizonte y tapa en las conciencias la justa ayuda a quien està solo: solo ante el frigorífico, solo ante los compañeros de trabajo, solo ante la familia que, hace tiempo, le puso la etiqueta de producto con tara, producto para el tercer inframundo; ahí donde se lavan las llagas con agua de fuente abandonada en la capital, junto a las ratas y las palomas.

Sí. La gran soledad que se tapa bajo las mangas, que se esconde ante los pocos conocidos que las maratonianas jornadas laborales convierten en amistades de circunstancia, que se amanera con humor amargo en las mismas conversaciones con gente conocida hace pocos meses, y que no merece el drama de nuestra intimidad, a riesgo de que se rían de ella…

Sería más fácil pedirles dinero. Así la vida va podando las relaciones, las viejas fidelidades, las viejas certezas, las viejas y sentimentales significaciones adolescentes que caen a mechones, como el pelo y como la alegría artificial de quien tiene que esconder sus problemas, sus dolores, sus heridas, sus soledades. Y así, como afirma el genial Luis Antonio de Villena en sus Herejías privadas:

« …estamos todos rodeados de anónima riqueza, de pobres
vidas que no sabemos sentir, de mundos que nos pertenecieron
y apenas habitamos, de perdidos tesoros, de gente afín,
extraña, pobre, inmensa. Gente que fue la vida. Trenes
luminosos hacia un vacío horizonte. Vagones con luz,
como nosotros mismos. »

Ricardo Franco

Escritor, editor y flamenco

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