Ciudadano de buenos propósitos
martes 30 de diciembre de 2008, 21:22h
Ya se ve el nuevo año llegar con su tin-tin de campanadas y sus burbujas de cava y sus colores de cotillón. Por unas horas viviremos la fiesta y guardaremos las penas en un rincón del alma. Mis mejores deseos para el 2009 con una metafísica invitación a pensar.
Thomas Hobbes es conocido por su tajante afirmación de que “homo homini lupus est” (el hombre es un lobo para el hombre), pero en De Cive no se atreve a asegurar que el hombre sea malo por naturaleza porque sería tanto como decir que Dios ha creado la maldad. Si Dios ha creado el mundo y al hombre a su imagen y semejanza, y éste es malo, por tanto, la maldad habita en Dios.
He leído a Hobbes con interés desde mi adolescencia y no sé si en el fondo es esto lo que creía o si opinaba que el hombre era malo por naturaleza pero no se atrevía a ponerlo por escrito, temeroso de las posibles represalias de las autoridades eclesiásticas, que en aquella época todavía purgaban los pecados ajenos en flameantes piras. Que Hobbes era movido (o paralizado) por el miedo y pensaba que éste era un factor fundamental en la actuación humana es algo sabido.
Desde tal concepción del hombre (sea por naturaleza o como resultado de la corrupción civilizatoria, como indica Rousseau), se ha hecho buena parte de la política moderna y contemporánea. Si sustituimos la palabra “lupus” por la palabra “pecador”, tenemos ahí toda la antropología cristiana de base paulina (San Pablo) y agustiniana (San Agustín de Hipona), reelaborada por Calvino, que ha impregnado el mundo occidental. Alguien podría oponer a esto que el liberalismo es otra cosa, pero cabe también la interpretación de que los derechos y libertades fundamentales que le son inherentes al hombre no son sino la protección frente a ese depravado que es su congénere. ¿Y el socialismo? No olvidemos su base rousseauniana ni que uno de sus principales conceptos es la lucha de clases, que se habría de saldar con la imposición del proletariado sobre la burguesía, llegado el caso por medio de la aniquilación de ésta. No hace falta recordar a Lenin ni a Stalin. Sobre el fascismo, a la vista están sus consecuencias, y el solo nombre de Hitler produce pavor.
Evidentemente no todas las filosofías modernas y contemporáneas están basadas en una concepción negativa de la naturaleza humana, pero el poso y peso de la antropología lobuna hobbesiana ha sido y es muy fuerte, hasta el punto de que en la vida cotidiana se considera ingenuo al que no desconfía de los otros, al que no pone por delante sus defensas ante la posible actuación de sus semejantes. El Derecho está empapado hasta la médula de esta concepción a pesar de la presunción de inocencia. Su carácter coactivo -que evidentemente tiene que tener de forma sustancial en determinadas leyes- prepondera sobre otras posibles funciones jurídicas.
Y lo cierto es que si echamos un vistazo al mundo en que vivimos cuesta trabajo no darle la razón a Hobbes: guerras, asesinatos, violaciones, robos, corrupción..., ¡qué espanto de mundo!, pero el error a lo mejor es seguir pensando idealistamente en “el hombre”, en una esencia humana eleática, y no en hombres concretos, que son con los que convivimos, y aquí hay de todo, y no es infrecuente encontrar a muchos cuyo corazón está a rebosar de “la incurable otredad que padece lo uno” o la “esencial heterogeneidad del ser”, como decía Don Antonio Machado en su Juan de Mairena, quien ponía este pensamiento, como todos los importantes, en boca de su maestro Abel Martín.
El mundo está también lleno de almas bondadosas -ingenuas quizás- que creen que el hombre es capaz de hacer mucho bien, de ayudar a sus semejantes, de organizar pacíficamente la convivencia, de preocuparse por los necesitados, de enseñar a los jóvenes, de aprender de los mayores, de sanar a los enfermos, de cuidar de los ancianos y de los desvalidos, de amar...
Mi deseo es que en el nuevo año predominen estos hombres frente a los rencorosos de espíritu, a los vengativos, a los odiadores, a los malvados, a los guerreros, a los violentos, a los resentidos, a los inhumanos...
La política del siglo XXI debería cambiar ya de antropología. Hay que pensar desde un nuevo paradigma y hay que elegir a los hombres concretos desde este nuevo paradigma.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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