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Una demostración sangrienta

José Varela Ortega
miércoles 31 de diciembre de 2008, 13:48h
Todos conocemos la explicación. Lleva años circulando como coartada de la política soberanista del nacionalismo pacífico, aunque radical, y sirviendo –con o sin intención- de disculpa, cuando no de justificación, al nacionalismo violento; a saber: la violencia sería la expresión, sino inevitable, al menos, explicable, de un conflicto político hondo y secular, una disputa en relación al sujeto de soberanía. El origen del conflicto tiene menos interés histórico que mitológico. En general –y como es típico del nacionalismo romántico, novelado por Walter Scott o historiado por Treitschke- la mitología del conflicto se remonta a leyendas medievales, ya sea la legendaria batalla de Arrigorriaga, o bien rescribiendo la canción de Rolando, para ahormarla a la lucha de vascos contra franceses, o coloreando la figura de Sancho el Mayor, travestido en el primer gudari independentista vasco. En todo caso, el anacronismo menos remoto consiste en transformar las guerras carlistas en un movimiento secesionista vasco, olvidando que fue un fenómeno político presente en otros lugares de España. No obstante, el mito de origen dista de ser el centro de la hipótesis. La clave argumental reside más bien en sustituir un proceso de razonamiento por el conocido exorcismo psicológico judeo-cristiano del que nos previene André Glucksmann: un camino de contrición que lleva, del remordimiento por la violencia ajena, a la interiorización del conflicto, como la parte propia de la culpa, para terminar en la penitencia de la negociación.

La hipótesis contraria, que hemos venido sosteniendo algunos desde hace tiempo, es que estas estrategias de “guerra barata” no son productos reactivos sino pro-activos. No son reacciones de resistencia. Son acciones de revolución. Es un error común, con frecuencia derivado de la peculiar interpretación etnicista de una historia romántica, rebuscar en la mito-genética del conflicto, en la errada presunción que estos fenómenos de violencia política responden siempre a pesadillas de un remoto y recurrente conflicto histórico, nacional, cultural o religioso. Muchas veces son técnicas de guerra política (Walter Laqueur), al servicio de estrategias de poder que se alimenta, pero no se sacia, de concesiones o sumisiones. El objetivo del terrorismo eusko-nazi no es tanta o cuanta soberanía, si no el poder –el poder totalitario, se entiende. Lo demás son pretextos y coartadas, como mucho etapas.

Quienes exigen de nuestro sistema democrático-liberal la solución radical de los problemas políticos para acabar con la violencia no saben lo que dicen o quieren ignorar la lógica a la que conduce su temible correlación, la cual lleva a legitimar la violencia, al introducirla en nuestra economía de la política como una variable, si no legal, al menos efectiva. Así pues, nos encontramos con que el exorcismo ha invertido el sentido de nuestro sistema, de forma que, en lugar de expulsar la violencia e integrar los problemas, ha terminado por marginar el problema como coartada de una violencia que se ve así inserta en el centro del sistema político. Comprendamos con ayuda de los antropólogos que la violencia es una conducta social que se aprende más deprisa cuando está socialmente remunerada. Este simio imitativo ha tardado muy poco –la causa es lo de menos- en mimetizar un comportamiento que una correlación falaz lo convierte en políticamente rentable. Por ese camino equivocado e invertido –escribíamos hace años- la violencia continuará perpetuándose, reproduciéndose e imitándose. Todo nuestro mercado político, todos los actores se han reordenado en función de ese nuevo dato letal. Total: un infierno hobbesiano invivible, la película europea de los años treinta que ya hemos visto y sabemos que termina mal.

Y así ha sido. El asesinato del señor Uría, un empresario que trabajaba en la construcción del ferrocarril de alta velocidad al País Vasco, es la demostración trágica de la anterior proposición y la refutación sangrienta de la hipótesis nacionalista. Es evidente que la oportunidad de la obra o su trazado poco tiene que ver con la organización territorial del Estado. Y, sin embargo, los eusko-nazis demuestran con hechos que utilizan la violencia para alcanzar objetivos políticos diversos y heterogéneos. El tren ensangrentado, tampoco guarda relación alguna con “el conflicto” en torno a la definición del sujeto de soberanía, que la hipótesis nacionalista considera la causa de la violencia. Una escisión del País Vasco alteraría decisivamente variables políticas pero no cambiaría la oportunidad ni el trazado de la obra, diana ocasional de la violencia.

El testimonio irrefutable que nos ha dejado el cuerpo del delito, junto a la larga serie de crímenes que nos han atormentado durante casi cuatro décadas, nos deberían haber disciplinado el entendimiento. De modo tal que, lo que todavía conforma, contra toda evidencia, una parte de la opinión pública -más ilusionada con el espejismo de una paz negociada que con la realidad de una revolución totalitaria violenta- aprenda a resistir sobre-dosis de errores optimistas y tenga el valor de enfrentarse a la dura realidad: de que la concesión de los pretextos (la autodeterminación o, incluso, la secesión) no hará que los sicarios del nacionalismo violento abandonen el texto (el poder totalitario). Este asesinato -que tanto nos recuerda a otros en la central nuclear de Lemóniz o en la autovía de Leizarán porque tampoco aquellos tenían nada que ver con el supuesto “conflicto”- debe ayudarnos a entender que la violencia no es la consecuencia del conflicto, sino su causa. Ahora, cuando los nacionalistas inmoderados, aunque pacíficos, nos vuelvan a decir que el problema de la violencia es “el conflicto”, les podremos contestar, señalando el cuerpo de Inaxio Uría, que el problema del conflicto es la violencia. Y este ejercicio de comprensión es el modesto homenaje que, desde nuestra profesión, podemos tributar a la última de las víctimas de la barbarie.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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