Si el asalto guerrillero al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 cambió el rumbo de la historia política e ideológica de América Latina, la confrontación entre el escritor peruano Mario Vargas Llosa con el comandante guerrillero Fidel Castro Ruz terminó con la aureola romántica del cubano como el Robin Hood latinoamericano.
En la celebración de los 100 años de Fidel Castro y 65 años de la primera gran confrontación de los intelectuales simpatizantes de la Revolución Cubana contra los comandantes de la Sierra maestra en 1961, en la historia de la cultura política que representó Cuba para América Latina quedó la argumentación de que Vargas Llosa había dado un paso a la derecha ideológica al salir a defender de manera aguerrida al poeta cubano Heberto Padilla después de haber sido arrestado por la policía política del régimen, torturado psicológicamente y obligado a leer una carta de confesión contrarrevolucionaria.
Hasta la fecha, el Caso Padilla se sigue leyendo y revisando en términos favorables a Castro y contrarios a Vargas Llosa. Pero hay suficientes testimonios escritos que deberían ya llevar a una revisión del caso Padilla para poner las cosas en su lugar: Castro utilizó el Caso del poeta para poner punto final a la autonomía creativa de los intelectuales y los obligó desde entonces a decantarse en función de aquel apotegma estaliniano de 1961 alrededor del caso del documental P. M.: “con la revolución, todo; contra la revolución, nada, ningún derecho”.
La autoconfesión de Padilla provocó que intelectuales internacionales colocados --por recordarlo de manera simbólica-- en la rive gauche del Sena --el río que divide a París y en cuyo margen de izquierda se movilizaron intelectuales ideológicamente radicales—reaccionaran de inmediato. Una primera carta publicada en el periódico Le Monde exhibió el desconcierto y la preocupación de los intelectuales por el suceso y le solicitaban de manera comedida al comandante Fidel Castro más información sobre incidente, pero ante el silencio de respuesta, Vargas Llosa se convirtió en el motor de una protesta que escaló posiciones y llevó a la confrontación y la denuncia del stalinismo de la Revolución Cubana. La respuesta de Fidel Castro, en el Congreso de la Cultura, fue acusar a esos intelectuales de contrarrevolucionarios y --para acabar pronto-- de “agentes de la CIA”.
Vargas Llosa estaba en 1971 en la cúspide de su poder intelectual, ya había publicado sus tres novelas torales: La ciudad de los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral. El peruano no era en ese momento un verdadero líder intelectual, pero su presencia en la vida cultural de América Latina y sobre todo España y París lo habían colocado en una posición muy visible.
Pero el tema central definió un marco ideológico que hoy se debe subrayar que fue equivocado y sigue siendo equivocado: no fue un choque entre la Revolución Cubana popular, ya comunista, alineada sin objeciones a Moscú y del otro lado a un escribidor que se representaba a sí mismo, que seguía manteniendo cuando menos en declaraciones sus convicciones socialistas pero democráticas y que con entusiasmo --primero-- y jaloneos --después-- seguía manteniendo su simpatía por la Revolución Cubana, aunque ya no era la misma línea dura política del castrismo.
Detrás de la ruptura que provocó la segunda carta en mayo de 1971 se revelaron fricciones que son las que están a la espera ya de estudios más sólidos sobre las objeciones --para decir lo menos-- de Vargas Llosa respecto de la Revolución Cubana.
Vargas Llosa vivió un permanente conflicto intelectual que con habilidad analítica supo posicionar en un espacio de fácil comprensión: el conflicto entre los enfoques intelectuales de Jean-Paul Sartre y Albert Camus, dos grandes amigos que participaron en la resistencia francesa durante la ocupación nazi pero que las circunstancias ideológicas y las exigencias intelectuales de la posguerra los llevaron a la ruptura en 1952 con la severa crítica de Francois Jensen --dicen que con instrucciones de Sartre, aunque hubo mucho de iniciativa propia-- al ensayo El hombre rebelde. Vargas Llosa fue primero sartreano, después abjuró de la literatura del compromiso y se hizo camusiano --el Camus de Crónicas Argelinas-- y teniendo a la vista el fin de su vida vimos a Vargas Llosa intentar un regreso a Sartre.
Vargas Llosa no participó en el incidente de 1961 que fue decantado por Fidel Castro con su famoso discurso de “palabras a los intelectuales”, y el primer choque por el enfoque de contenido de la literatura entre los escritores del boom latinoamericano; y después llegaron las exigencias restrictivas de la Revolución Cubana en 1969 con un ensayo del escritor colombiano Óscar Collazos planteando que la encrucijada del lenguaje literario del boom era la literatura de contenido revolucionario o de la ficción de 62: modelo para armar de Julio Cortázar y Cambio de piel de Carlos Fuentes.
Vargas Llosa definió el camino: no la literatura de la Revolución (Cubana), sino la revolución (como agitación) de la literatura comenzando con el lenguaje y las estructuras narrativas que Cortázar y Fuentes habían abierto como nuevo camino revulsivo de las novelas del boom. Vargas Llosa vio de lejos la primera crisis de Padilla en 1967 cuando el cubano se peleó a cuchilladas literarias con el escritor oficialista Lisandro Otero para defender Tres tristes tigres del entonces ya exiliado Guillermo Cabrera Infante. También dejó pasar de noche la segunda crisis de Padilla cuando este poeta ganó un concurso con su libro Final del juego en 1968. Pero se metió de lleno y con la pluma desenvainada en 1971 con el arresto de Padilla.
A partir del caso Padilla inició Vargas Llosa su camino de Damasco hacia el conservadurismo ideológico en forma de liberalismo convencional, pero cuidando de no abandonar sus propuestas revolucionarias en materia del lenguaje literario, estructuras narrativas y temas que lo colocaron en el espacio dominante de la literatura mundial y lo llevaron de modo inevitable al Premio Nobel en 2010.
Como André Gide en 1932, el desencanto de Vargas Llosa el socialismo/comunismo en el poder en Cuba estalló antes del caso Padilla de 1971: en agosto de 1968, el peruano hizo una visita a la Unión Soviética y escribió el texto “Moscú: notas a vuelo de pájaro”, Con una prosa que recordaba sus primeros tiempos de militancia comunista en el PC de Perú, pero el tono final fue de desilusión por la invasión de los tanques rusos a Checoslovaquia para aplastar la experiencia del socialismo democrático de Dubcek, por cierto decisión militar que apoyó Fidel Castro.
Vargas Llosa, en efecto, se inclinó al liberalismo porque conoció en sangre propia los abusos del estatismo revolucionario, pero esas definiciones no lo colocaron al lado del fascismo empresarial y su objetivo de batalla fue la lucha contra el populismo como un socialismo caribeño dominado por caudillismos bonapartistas.
La Revolución Cubana de Castro perdió su encanto con el caso Padilla y en ese suceso Vargas Llosa tuvo mucho que ver. La segunda carta sobre Padilla enojó a Castro y rompió con los intelectuales que habían apoyado a Cuba: Règis Debray, Carlos Fuentes y otros.
Esta historia del choque entre la revolución y la literatura tiene que (re)escribirse. La furia intelectual de Vargas Llosa demostró, como en el cuento de Andersen, el rey revolucionario de Cuba estaba desnudo.