www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Entre la realidad y la ficción

miércoles 16 de septiembre de 2026, 18:20h

He leído con agrado el reciente artículo Entre la ficción y la realidad de Juan José Vijuesca. Su fina pluma hace posible lo imposible: Desdémona, la esposa de Otelo, después de haber sobrevivido a la almohada con la que su marido pretendía asfixiarla, pasea tranquilamente por el Retiro. Le agradezco el relato y, sobre todo, la invitación que me sugiere el citado artículo para seguir tanteando esa frontera donde la ficción y la realidad parecen cambiar sus papeles intentando recorrer el camino también a la inversa: de la realidad a la ficción.

La literatura lleva siglos ensayándolo. Shakespeare tomó de la realidad los celos, el amor, la sospecha, la traición, y los convirtió en Otelo y Desdémona. Ellos nunca existieron, pero lo que les sucede sí. La ficción inventa los personajes para decir una verdad que la realidad, a veces, no sabe pronunciar.

Y entonces ocurre algo entrañable: lloramos por alguien que nunca existió. Sabemos que es ficción y, sin embargo, algo real se mueve dentro de nosotros. Quizá porque no vivimos solamente de hechos, de acontecimientos, sino también de posibilidades imaginadas. Y esas posibilidades se apoderan de algún modo de nuestra realidad, aunque sus protagonistas sean imaginarios.

Unamuno llevó este juego hasta el límite. En Niebla, Augusto Pérez descubre que no es quien creía ser: es un personaje y, además, puede encontrarse con su propio autor. La criatura mira a su creador y le pregunta, en el fondo, ¿quién tiene realmente existencia?

Borges dará otro paso. En «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», un mundo imaginario comienza lentamente a penetrar en el mundo real. Ya no es solo un personaje que sale de un libro: es la ficción entera la que parece querer instalarse fuera de sus páginas.

Vijuesca hace salir a Desdémona de la ficción. Unamuno hace que Augusto se encuentre con quien lo ha creado. Borges deja que un mundo inventado se acerque al nuestro.

¿Dónde está entonces la frontera?

Tal vez no exista una frontera tan nítida como creemos. La realidad entra en la ficción para ser contada y la ficción vuelve a la realidad para ser vivida. Una se alimenta de la otra, y la literatura es ese lugar cautivador donde ambas se encuentran sin dejar de ser lo que son.

Quizá por eso necesitamos la ficción. No para escapar de la realidad, sino para verla mejor. Una novela puede mostrarnos un rostro del amor que nunca habíamos descubierto; un personaje imaginario puede revelarnos algo de nosotros mismos que ignorábamos. La ficción inventa una vida para devolvernos a la nuestra.

Y así comienza la danza de la vida a ritmo de vals entre la realidad y la ficción.

Un paso la realidad. Otro la ficción. Una conduce; la otra se deja llevar. Después cambian. La ficción toma algo de la realidad y la realidad recibe algo de la ficción. Y vuelven a encontrarse.

Pero me resisto a terminar esta reflexión sin traer a la realidad o a la ficción —porque, llegado a este punto, ya no sé dónde está más la una que la otra— a Don Miguel de Cervantes y a Don Quijote de la Mancha y, como no hay dos sin tres, también a Don Sancho Panza. Y podría seguir con todos los personajes y paisajes que pueblan su obra.

Quizá ningún escritor haya bailado este vals con tanta maestría como Cervantes.

Don Quijote leyó tantos libros de caballería que terminó convirtiendo la ficción en realidad, y la realidad en ficción: vio gigantes donde había molinos y aventuras donde los demás solo veían caminos. Pero Cervantes aún fue más lejos. En la segunda parte de su novela, Don Quijote y Sancho saben que alguien ha escrito sus propias aventuras. La realidad se había convertido en ficción y la ficción regresaba de nuevo a la realidad. cuando leemos su obra: la vivimos, la gozamos, la sufrimos y la experimentamos.

¿Qué fue entonces Don Quijote: un personaje de ficción que quiso vivir una realidad imaginada o un hombre real que necesitó de la ficción para descubrir su propia realidad?

Ese es el misterio de la literatura: la realidad entra en la ficción para ser contada y la ficción vuelve a la realidad para ser vivida. Un paso una, otro paso la otra. Se acercan, se separan, cambian de pareja y vuelven a encontrarse.

Un verdadero vals.

Y nosotros, lectores, permanecemos en medio de la danza. Entramos en un mundo que sabemos inventado y, cuando salimos de él, algo de aquel mundo se ha quedado en nosotros. Por eso la buena ficción no nos aleja de la realidad. Nos la devuelve con otros ojos.

¡Qué pena me dan los racionalistas puros!

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios