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TRIBUNA

Eventos de networking

jueves 17 de septiembre de 2026, 20:13h

Hace unos meses, en una reunión en casa de un amigo, me encontré con una persona peculiar, de esas que a los escritores nos encantan porque son un arquetipo puro, de los que ya casi no se ven. El hombre iba vestido impecablemente con los colores del club más laureado del continente, y en cuanto se pasó un poco con el vino empezó a soltar una sarta de tonterías dignas de comentar aquí, en la columna de un periódico de tirada nacional. Decía que los artistas, escritores, pintores, músicos y poetas son todos unos vagos que viven del cuento y de las subvenciones.

Saltó entonces un querido amigo mío, pintor, con unos veinte años de carrera a la espalda. Exposiciones en bares, cesión de obra gratis et amore, muchos kilos de peso transportados de sala municipal en sala municipal. Sé que ha tenido momentos complicados, cuando llega el alquiler y la venta de obra no da para pagarlo. Conozco su formación académica, técnica y artística. Conozco su biblioteca de imágenes. Sé de su inspiración en vídeos musicales, en formas de la naturaleza y en las que deja la mano del hombre o el desgaste del tiempo. Mi amigo se enfadó, claro está, pero nuestro arquetipo, enfundado en su atuendo futbolístico, siguió erre que erre: que si vagos, que si subvenciones, que si hay que trabajar de ocho de la mañana a seis de la tarde, que si eso no es trabajar y otro vino para lubricar las cuerdas vocales que todavía tengo cuerda para más.

Yo creía que la educación, el intento de que lo bello y lo sublime rodeasen al ser humano, ya estaba bien instaurado en nuestra sociedad. Kant decía que lo sublime infunde respeto y lo bello, amor. Bécquer escribió que "el espectáculo de lo bello, en cualquier forma en que se presente, levanta la mente a nobles aspiraciones". Y sin embargo me encuentro con que el arquetipo del hombre rudo que desprecia el arte también sabe mutar hacia formas más complejas. Les cuento.

Hace unas semanas recibí un mensaje con una propuesta para participar en un evento de networking organizado por una influencer. Allí habría un montón de sinergias artísticas: se juntarían artistas, músicos, cocineros, diseñadores y gente importante que, cómo no, iba a lograr que la visibilidad de la obra de cada participante construyera y sostuviera una red de contactos fuerte, capaz de traer nuevas oportunidades de negocio. Sobre el papel todo era precioso, claro está. Pero al escarbar un poco descubrimos que el evento coincidía sospechosamente con el cumpleaños de la influencer y que, por supuesto, no era remunerado.

Con la excusa del networking, la sinergia, la ventana de oportunidad, la visibilidad y los filtros de gloss se esconde un pensamiento hermano del de nuestro pequeño Sócrates de la reunión: el de que el escritor no compra libros, no paga el ordenador donde escribe, no compra la pechuga de pollo con el cariño y la proyección que le prometen a cambio de trabajar gratis.

Al sofista vestido de futbolista al menos hay que reconocerle una cosa: no disfraza su desprecio. Lo dice con vino en la mano y sin necesidad de invitación, de hashtag ni de storytelling. El otro desprecio, el de la influencer y sus sinergias, viene mejor vestido, envuelto en palabras que suenan a comunidad y a futuro, y por eso es más difícil de señalar en una sobremesa. Pero al final piden lo mismo: que el arte se entregue gratis porque, total, ya le compensa el amor al oficio. Yo sigo sin saber cuál de los dos me parece más peligroso, si el que insulta el trabajo del artista a la cara o el que lo vacía de valor con una sonrisa, un cóctel de bienvenida, diez mil bots turcos comprados como seguidores y un montón de irrespirable humo que viste de promesa lo que toda la vida en castellano se ha conocido como cara dura.

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