Vivimos en un estado permanente de gracia. El destino, por obra y gracia del factor humano, nos regala vida o nos acorta la existencia. Siempre influirán lo bueno y lo malo debido a la suerte de las circunstancias. Así, habrá personas a quienes les toque la lotería sin motivo alguno, mientras que otros sufrirán infortunios por pura mala suerte.
Resulta curioso cómo se ha ido cambiando la filosofía de nuestra visión más terrenal sobre el presente y el futuro. Antes se pensaba en el día de mañana como algo que dejaba la sustancia a buen recaudo (por sustancia entiéndase ahorros). Cierto es que este hábito manejaba el devenir de los imprevistos a la vez que otorgaba cierta dosis de tranquilidad para el mejor hacer de quienes renunciaban a su presente apostando por un futuro que nadie conocía.
Para quienes tenían hijos, preocupaba el no poder dejarles algo en herencia. Una manera de asegurarles algo de porvenir. Curiosa manera de vivir de cuántos, dependiendo de escasa economía, apostaban por escatimar en un alarde de pensar más en aquello que estaba por venir y a costa de no derrochar en su día a día. Con suerte o sin ella, el presente de cada cual era idéntico al de hoy. Cuestiones de gracia siempre han existido para bien y para mal, como ya referí. La vida de antes y la de ahora es la misma, salvando, eso sí, las distancias de la propia evolución; pero el enigma que marca el presente y el futuro de cada cual, les aseguro que es idéntico.
Al igual que entonces, nadie tiene asegurado el futuro; de ahí que lo que sí ha cambiado ha sido la manera de pensar. Hoy se vive el momento como si no hubiera un mañana. En ese despertar de nueva conducta, la sociedad actual se comporta como una cadena de montaje que fabrica individuos. No hay más tiempo que el propio instante para decidir lo que conviene y por ello no hay segundas oportunidades. El rodillo pasa por encima a menos que hayas elegido echarte del lado de las casualidades. El resto queda atrapado en las conformidades que, a modo de sustento, recaen, de momento, en forma de ayudas del Estado que, curiosamente, pagamos los de siempre.
Vuelve el destino a relucir. Pero lejos de pensar en la buena o mala suerte, lo que subyace de todo esto no es otra cosa que el poder de aquellos que se erigen como adalides de nuestra vida. Son gobiernos que están, que pasan y desaparecen de nuestro orden. Entre medias quedamos los que somos actualidad, es decir, ustedes y yo, de momento. Decía el ordenanza de un ministerio que siempre era la misma canción: “Cambian los gobiernos, hacen y deshacen. Unos entran, luego salen, llegan otros nuevos, y así llevo 40 años viendo pasar la vida con la misma categoría de siempre, pero yo cada vez más viejo”
Que alguien me diga cuándo es el día de mañana. Quizás hoy o tal vez cuando las ranas críen pelos. Si pueden ahorrar, háganlo sin renunciar a vivir el presente. El futuro tiene los días contados y nada ni nadie de los que deciden vendrá a remediarlo, porque la vida está inventada desde hace tiempo. Es posible que hoy les parezca desagradable, pero desde que uno nace, casi todo tiende a lo mismo. Llegas a este mundo por acuerdo entre las partes; además, después, en el contexto que le corresponda a cada uno, puede que su día de mañana esté garantizado por el Fondo de Garantía de Depósitos de Entidades de Crédito. Así cualquiera.
Ahora permitan un suceso cargado de humor negro y blanco, según se mire. Un hombre en sus últimas voluntades de vida se mantenía en la cama expectante, rodeado de sus deudos y demás compañía allí reunida. Refiero lo de expectante porque el grupo de personas conversaba en animada tertulia sobre temas mundanos. Incluso se mostraban sonrientes ante jocosos dichos y ocurrencias, hasta el punto de que el moribundo se levantó de la cama y se unió a ellos. Cosa que fue bien recibida por todos los allí presentes. Transcurridos unos minutos de risas, aquel hombre, con estilo propio, tomó la palabra: “Me es muy grato tener que dejaros, pero es que me tengo que morir”.
Como podrán comprobar, lo importante no es el cuándo, sino cómo la vida de cada nuevo día significa el presente y a la vez nuestro propio futuro. Del resto, ya se encargan otros.