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TRIBUNA

Propósitos ¿para qué?

Jesús Carasa Moreno
lunes 28 de septiembre de 2026, 18:30h

Al terminar las vacaciones los periodistas comentan, un poco burlonamente, los eternos propósitos, de la gente, al empezar el nuevo curso, adelgazar, ahorrar, estudiar idiomas, leer más, cotillear menos, preparar un curso, buscar pareja, etc…Y digo burlonamente porque saben que la inmensa mayoría de esos propósitos serán fallidos.

¿Propósitos para que? ¿Qué objetivo tienen?. La inmensa mayoría busca mejorar la vida que están viviendo, lograr un mayor bienestar. Rarísimamente se toman decisiones para cambiar la vida de carril, empeñandose, radicalmente, en conseguir objetivos nuevos.

Son vidas elegidas, por uno mismo o que otros nos eligen y que se atienen a un mismo patrón, diferenciándose, solo, en el nivel de confort, que cada uno pretende con ellas, casa, coche, oficio de los hijos, vacaciones, etc.

Solo en casos muy especiales, algunos, pretenden emplear su vida, a partir de ahí, en emprender algún camino o conseguir alguna meta que de sentido y justifique su paso por aquí. No voy a entrar, ahora, en reflexiones sobre si merece o no la pena hacer este esfuerzo o dejarse llevar, como la mayoría.

Pienso en otras maneras de encarar la inevitable aventura de la vida.

Una, muy especial, pues en ella nuestra voluntad no interviene. Y es muy sorprendente que nadie le haya encontrado explicación. Es la vida de vocación. Esa misteriosa llamada, de no se sabe quien, a individuos, a veces mal dotados y mal situados para conseguir los objetivos a los que son convocados y que sacrifican, incluso su felicidad, para tratar de conseguir los objetivos que, no se sabe quien, les marca.

Todos conocemos casos, históricos o próximos, de esa llamada tan perentoria, que hace vivir a los convocados una vida obsesiva y desazonada, la mayoría de las veces sin conocer ni disfrutar del resultado de su pasión.

Acordaos del caso paradigmático de Van Gogh, arrastrado por una tiránica vocación, que le hizo vivir en la miseria, sin vender más que tres cuadros de los más de mil óleos y mil seiscientos dibujos que pintó. Y le arrastró a la locura y al suicidio. Y aun se rió de él después de su muerte, convirtiéndole en el pintor más cotizado en galerías y subastas. La vocación hace más desgraciado al que con más devoción se entrega.

Tenemos, en su misma profesión, un ejemplo de todo lo contrario. El gran Velázquez, que nos regaló las obras cumbre, que todos conocéis y gobernó férreamente su vida, sin renunciar al bienestar de su familia y a su prestigio social, compaginando su dedicación a la pintura con su oficio de Aposentador Real. Profesión “de tal embarazo, que hace menester un hombre entero”.

Además de “Pintor de Corte”, no renunció a pintar cuadros de su elección, tomando como modelos a gente trabajadora, humilde o desamparada, bufones, tullidos… Ni a realizar una dura crítica, de la sociedad en la que vivió, no siempre bien comprendida.

Esos privilegiados tienen muy claro lo que quieren, desde que nacen y no se dejan martirizar por el capricho de la vocación.

Y tenemos otra clase de personas, que no son señalados por el dedazo de la vocación, ni tienen una predisposición especial; pero que no se conforman con seguir “la vida de carril” y buscan su propio camino y objetivos intentando sacar y aplicar “lo mejor de sí mismos”, descubriendo, algunos, que tienen un tesoro que ignoraban.

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