Se presenta la desindustrialización como una consecuencia inevitable del progreso. Las fábricas, según este relato, debían dejar paso a economías basadas en los servicios, el conocimiento y las finanzas. Muchos sectores necesitaban modernizarse. Pero reconvertir no significaba necesariamente abandonar ciudades, conocimientos técnicos y comunidades enteras.
Cuando comenzó la gran desindustrialización occidental, China todavía no era la fábrica del mundo e India distaba de ser una potencia económica global. Competían Japón, Alemania Occidental y los países industriales de Asia oriental. Alemania, Japón y Corea del Sur modernizaron sus economías sin renunciar a una industria potente. La pérdida masiva de capacidad productiva no constituía, por tanto, el único camino históricamente posible.
En España, la crisis industrial de los setenta coincidió con la modernización económica y el ingreso en la Comunidad Económica Europea. La Ley 27/1984 ordenó la reconversión y reindustrialización de sectores como la siderurgia y la construcción naval. Sagunto, Ferrol, la ría de Bilbao y las comarcas mineras asturianas padecieron cierres y fuertes reducciones de empleo. Algunas zonas lograron recuperarse. En otras, la disminución de población y expectativas sobrevivió a la desaparición de las fábricas.
No era solamente un puesto de trabajo
Una fábrica no proporcionaba únicamente un salario. A su alrededor se organizaban sindicatos, cooperativas, comercios, clubes deportivos y barrios estables. Una persona sin estudios universitarios podía aprender un oficio, mantener una familia y confiar en que seguiría trabajando al año siguiente. Su profesión le otorgaba también una posición reconocible dentro de la comunidad.
No conviene idealizar aquel mundo. Las sociedades industriales podían ser jerárquicas, contaminantes y muy duras. Determinados trabajos destruían la salud y numerosas empresas sobrevivían mediante subvenciones difíciles de mantener. Pero el empleo industrial ofrecía una combinación de ingresos, identidad y seguridad que buena parte del sector servicios no consiguió reproducir.
La reconversión española coincidió, además, con la reforma laboral de 1984, que amplió la contratación temporal. Ayudó a crear puestos de trabajo, pero consolidó un mercado dividido entre trabajadores protegidos y jóvenes sometidos a contratos breves. Mientras la industria estable perdía peso, crecían la construcción, la hostelería y otros servicios más dependientes del ciclo económico.
La inseguridad dejó así de ser una situación excepcional y acompañó la entrada de varias generaciones en la vida adulta. Para tener hijos no bastaba con recibir un salario este mes: era necesario confiar en que se cobrase dentro de cinco o diez años y que fuera posible pagar una vivienda. La fecundidad española descendió hasta 1,15 hijos por mujer en 1998. La secularización, la anticoncepción, la prolongación de los estudios y la incorporación de las mujeres al empleo explican una parte del cambio. La precariedad y el retraso de la emancipación dificultaron también que los proyectos familiares pudieran realizarse.
De país de emigrantes a país de inmigración
España pasó, en pocos años, de enviar trabajadores al extranjero a necesitar mano de obra inmigrante. Desde finales de los noventa, los recién llegados cubrieron empleos en la agricultura, la construcción, la hostelería, el servicio doméstico y los cuidados. Su aportación resultó esencial para una economía en expansión y para una población activa que comenzaba a envejecer.
Sin embargo, la inmigración permitió también aplazar la mejora de ocupaciones mal pagadas y poco protegidas. No fue una conspiración ni respondió a una causa única. Constituyó una solución inmediata para una estructura productiva que demandaba trabajo barato mientras ofrecía a muchos jóvenes españoles salarios y estabilidad insuficientes para formar una familia.
La responsabilidad recae sobre el individuo
También cambió el lenguaje. Cuando cerraba una fábrica, el trabajador debía «reciclarse». Si una comarca perdía su actividad principal, tenía que «reinventarse». Si un joven no podía comprar una casa, debía mejorar su «empleabilidad». Problemas que afectaban a grupos sociales y territorios completos se presentaron como deficiencias particulares.
Esta transformación ayuda a entender el resentimiento político contemporáneo, la desconfianza hacia las instituciones y el auge del voto de protesta. Las élites no se limitaron a administrar el cierre de industrias. Con frecuencia describieron las formas de vida vinculadas a ellas como restos de un mundo condenado a desaparecer. Después se sorprendieron cuando las poblaciones afectadas dejaron de confiar en los partidos que habían dirigido el proceso.
No se trata de reabrir todas las minas ni de reconstruir cada fábrica clausurada. Se trata de reconocer que una sociedad necesita algo más que productos baratos, crecimiento agregado y rentabilidad financiera. Necesita empleos que permitan hacer planes, comunidades con continuidad y gobiernos capaces de proteger actividades estratégicas.
La mayor victoria del neoliberalismo consistió en convencer a la sociedad de que esas decisiones ya no eran políticas. El mercado parecía decidir qué debía producirse, dónde debía hacerse y qué territorios podían sobrevivir. Las personas quedaron encargadas de afrontar individualmente las consecuencias. En ese tránsito desde los riesgos compartidos hacia la responsabilidad individual se encuentra una de las raíces de la soledad contemporánea.