Hay una audiencia que puede ser intelectualmente disidente con la diputada Ana Vázquez, que coincidente mayoritariamente con ella en lo emocional. Pocos recalcan su error. Su intención de hacer una alegoría patente de lo que está ausente en el Congreso se comparte espontáneamente. En la Cámara muchos hablan sin mirar al televisor, repitiendo las consignas preparadas desde Japón por Diego Rubio- Es tentador presentar a Sus Señorías las evidencias que se niegan a ver en las pantallas. La diputada ha elegido sin percatarse el camino fácil de sustituir el debate institucional por el grafismo visual. Así no hace falta persuadir, basta con mirar. Es la táctica que viene rebajando desde hace casi un decenio la dialéctica parlamentaria a su mínima expresión. El mensaje de Ana Vázquez fue sencillo: Enseñó el spray de pimienta que esgrimen las quinceañeras y sus madres en Ceuta para defenderse de los violadores marroquíes. Ni se le pasó por la cabeza que un spray de parafarmacia fuera un arma prohibida.
No sospechó la diputada el traspiés de su dialéctica gráfica, pero alguien que se sabe el protocolo de municiones lo advirtió por ella. Avisó a la presidenta para que, a destiempo, decidiera arrojar del Congreso a una congresista peligrosamente amunicionada. Los tiempos reglamentarios no importan cuando se exhiben armas tan peligrosas para autodefensa de adolescentes que cualquiera las identifica con la metralleta de Tejero. ¿Van rearmadas las escolares ceutíes y sus madres cuando las llevan al colegio para defenderse de los violadores obedientes a Alá? Ana Vázquez consiguió mostrar lo que pretendía, que la necesidad hace virtud entre las mujeres de la ciudad portuaria, mientras los emisarios del autócrata Mohamed, para quienes ser mujer forma parte del inframundo, patrullan impunemente por sus suburbios. Todavía no ha habido una feminista de oficio que se haya molestado contra la sumisión islámica que solapadamente se impone a sus compatriotas de género. Se comprende que Ana Vázque tomara en las manos, el frasco de pimienta y lo mostrara en el hemiciclo para ilustrar el utensilio que se ve obligado a portar el sexo débil para defenderse del envalentonamiento del macho islámico. Más vale enarbolar un frasco de pimienta que dejarse violar. Olvidó añadir, aunque me echen del Congreso.
El experto en armamento dictó a Armengol que, siendo un arma catalogada, era una oportunidad sin desperdicio. Vaya si la aprovechó. La puso de patitas fuera de la Cámara. Ahora podría venir a cuento el agravio comparativo, pero esa argumentación del y tu más, no da cuenta de la dimensión histórica del incidente. El envite no se vence recopilando ejemplos similares que se pueden citar. Los hay y muchos. Ya lo hicieron diputados de Podemos y Compromís en varias ocasiones. Sus pañuelos palestinos han sido más frecuentes que las estrellas de Israel. Rufián esgrimió una impresora ante los diputados. También mostró unas esposas policiales tan agresivas o más que el gas pimienta. Más cauto fue el vicepresidente Pablo Iglesias al no conseguir mostrar en la Asamblea los proyectiles vacíos que le habían enviado para amedrentarlo.
¿Para qué seguir? Fijar la atención en la retahíla de exhibicionismos para complementar la dialéctica parlamentaria es un modo de eludir que las Cámaras hace mucho que iniciaron su conversión en un escenario biodegradable. El error de cálculo de Ana Vázquez no ha sido que el frasquito de pimienta fuera un arma amenazadora homologable a la ametralladora de Tejero. El error fue que se dejara llevar por la pendiente de degradación del medioambiente político. Se comprende el desconcierto de Feijóo: pugna por endurecer su discurso sin ceder a la crispación tras el muro levantado por el sanchismo. No corren tiempos para la moderación. Su lenguaje se ha endurecido tras la fuga de Paiporta, los incendios veraniegos y, sobre todo, desde que se ha detectado que la crisis de Ceuta es una agresión a la integridad territorial de la patria española. Los sagaces críticos del periodismo independiente, siempre le fueron reticentes, pero ahora coinciden en celebrar que el tono del líder de la oposición suba in crescendo en las últimas sesiones. No contaba con que Ana Vázquez rebasaría los límites reglamentarios. La izquierda es más lista. Se rebela por el desahucio de Maricarmen en la Puerta del Sol. En la Cámara transige con la invasión del territorio patrio. Ochenta mil ciudadanos ceutíes arrinconados por Mohamed no les conmueven tanto como una Maricarmen desahuciada.
El Congreso que es, mejor dicho, que debería ser, un centro dialéctico, ha dejado de serlo gradualmente. Sánchez encorbatado no necesita gritar porque los aullidos los dan sus ministros por él, para eso se les paga. Proseguir el juego turbio y tener templanza para asegurar que las Cortes se mantenga como órganos de debate, son términos incompatibles. Es, por tanto, ingenuo reprochar a Ana Vázquez que se haya dejado llevar por una pendiente que se inició desde el momento en que el propio reglamento permite a los diputados modificar la prestación del juramento de aceptación constitucional con fórmulas pervertidas. Esta es la lección que se desprende de la humillación que ha sufrido la diputada enmohecida por el ambiente. No es una lección que se pueda tomar mientras el muro levantado por Sánchez separa Ceuta de España. Es una lección que hay que llevar aprendida mañana, si el sanchismo decae, para rescatar la vocación constitucional de la Monarquía representativa.
La oposición tiene que haber aprendido de esta maniobra que excluye a un diputado de su actividad representativa que la adulteración de la sede parlamentaria comienza con la aceptación de fórmulas degradadas de juramento constitucional. La degeneración llega luego por la pendiente resbaladiza del muro sanchista. En el portfolio de correcciones pendientes, nada de admitir fórmulas híbridas, artimañas para llevar a los escaños a los que buscan saltárselos a la torera. El que quiera sentarse en un banco, tiene que jurar o prometer la Constitución de modo que quede expreso que no la jura o promete en vano. No se entrega un acta sin juramento estricto expresado en una ley.
Si sube Feijóo no deberá bajar un solo peldaño en este descenso de peldaños. Lo que tiene que haber aprendido de la exclusión de Ana Vázquez es que la ley ha de precisar sin matices decorativos la fórmula unívoca de adhesión constitucional. Las exigencias formales y la corrección en la Cámara han de comenzar por no adulterar sus fundamentos.