En cierta ocasión, Milton Friedman propuso que el presidente de EE. UU. fuera elegido al azar de entre una guía de teléfonos. Consideraba que cuando una democracia funciona no importa quién sea el presidente. Pero se necesita cierto tipo de persona para que funcione la democracia: una persona bien formada por una buena enseñanza. Y un demócrata no es el que alardea o habla mucho de democracia, sino el que en su vida, obras o cargo ejerce de demócrata, es decir, practica y vive diariamente los valores democráticos; solo ese lo es.
Sin duda, que la democracia hay que perfeccionarla cada día. No existe otra alternativa civilizada como la democracia. Lo dejó escrito Karl Popper: solo conocemos dos alternativas: la dictadura o alguna forma de democracia. Y lo que nos decide a escoger entre ellas no es la excelencia de la democracia, que podría ponerse en duda, sino únicamente los males de la dictadura, que son indiscutibles. Luego la democracia no tiene sustituto. Otra cosa es que la perfeccionemos.
Sobre el perfeccionamiento del sistema democrático en España trata Miriam González en su obra Devuélveme la democracia. Fundadora de España Mejor, atalaya desde la que ha pregonado un mayor compromiso y una más activa participación de los ciudadanos en la esfera pública a fin de regenerarla, y desde la que promueve una nueva opción política: Democracia 21, González conoce bien, por su vínculo familiar con Inglaterra, el parlamentarismo británico, un modelo muy consolidado y más depurado que el nuestro.
Asimismo, como asesora en instituciones comunitarias domina con soltura los entresijos del funcionamiento de la Unión Europea. Su tesis es que la democracia española está a medio cocinar porque la Transición está incompleta. Esta fue un proceso inclinado más al plano político que al social. Crecieron los partidos, alcanzaron su mayoría de edad los políticos, sin embargo, se descuidó propiciar una nueva articulación del Estado con la sociedad. Ese desequilibrio provocaría una asignatura pendiente: la gestación y desarrollo de una vigorosa y pujante ciudadanía. Aún se acusa el déficit. Lenta pero gradualmente, los partidos se hicieron con el control absoluto del sistema, apropiándose de espacios que no les correspondían a ellos, sino a la sociedad, postergando ésta y convirtiendo una democracia de ciudadanos en una democracia de partidos.
Pero la obra no es un alegato contra el gran acierto de la Monarquía parlamentaria: la reconciliación entre españoles, una fraternal urdimbre tejida a base de sacrificios y esperanzas. Uno de los retos más estimulantes de nuestra historia contemporánea que contribuyó a ganar el futuro de un pueblo en libertad y concordia. Los representantes políticos eran por entonces hombres íntegros, honrados y hasta valientes tras haberse jugado su libertad e, incluso, su vida en tempos difíciles. Como óptimos gestores y fieles servidores públicos fueron depositarios de una confianza colectiva. Los ciudadanos se fiaron de ellos.
Les delegaron su poder soberano retirándose a sus quehaceres cotidianos. Sin embargo, se despreocuparon de practicar una esencialísima cualidad que la ciudadanía debe poseer en una democracia: la de articular una madura y pujante sociedad civil evitando ser una mera masa amorfa sin dirección. Aunque la sociedad española ha demostrado en los últimos años albergar cierta conciencia cívica ante tragedias como la pandemia o catástrofes naturales y, especialmente, ante la reciente e insólita violación de la integridad territorial en Ceuta, actuando muy por encima de la catadura moral del Gobierno, sin embargo, esa mentalidad no ha cuajado en grupos sociales sólidamente estructurados.
Porque vigorizar una democracia pasa por hacer más efectiva, exigente y responsable la participación de los ciudadanos. La democracia se salva con una Judicatura independiente, un periodismo libre y una sociedad civil comprometida. De lo contrario, acaba por sucumbir.
González nos advierte de que el edificio constitucional se está agrietando y que aquella ejemplar dinámica de convivencia democrática hoy está agotada. La inicial fe en la infalibilidad del político se ha esfumado. Tras cincuenta años de aquel cambio decisivo, los actuales dirigentes carecen de la aptitudes y actitudes de sus antecesores. Hubo un tiempo en que la política apasionaba y los políticos conquistaban entendimientos y corazones con posiciones claras y sólidas convicciones. Ya no hay pasión sino polarización. Ya no hay política noble y seria sino demagogia y pantomimas publicitadas en redes sociales como insulto. Vivimos en una caricatura o parodia de democracia.
Los poderes públicos no son sensibles a las demandas verdaderas de los ciudadanos. Los partidos políticos se han transformado en organizaciones cuya tarea principal no es el servicio público, sino la protección de clientelas. No son partidos de ideas, sino de intereses en muchos casos ideológicos, que ignoran el bien común y en lugar de resolver los problemas a la gente, se los crean. Dominan la escena una palpable desconfianza en la clase política y un manifiesto alejamiento de ella. No extraña que sean la duda y una franca desorientación las únicas actitudes razonables que los ciudadanos puedan hoy adoptar.
De ahí la importancia, avisa la autora, de una ciudadanía activa y de una sociedad civil dinámica que sirvan de contrapeso a las instituciones estatales y a los propios partidos políticos evitando la degeneración o la deriva totalitaria de la democracia y contribuyendo a la regeneración democrática. Corremos el riesgo de que la sociedad española se desencante de la democracia haciendo seguidismo de extremos antagónicos, echando a perder la gran obra de reconciliación nacional que fue, con sus luces y sus sombras, la Transición, que, en vez del todo o nada, prefirió el poco a poco, el día a día.
Devuélveme la democracia es una convocatoria a la tarea prioritaria de revitalizar los principios de la Transición con savia nueva y políticas constructivas y reformadoras que nos permitan idear de nuevo el porvenir juntos, diseñando, con visión de águila, no de topo, un proyecto colectivo de ambición nacional sugestivo y fecundo que ilusione.
Es también una llamada a cada español para que se sienta sujeto activo del quehacer cotidiano nacional, pero asimismo europeo, y recuerde a los gobernantes que el poder tiene límites, y que siendo esto una idea profundamente liberal, pensamiento al que se adscribe la autora, es antes un sólido fundamento moral. Sin bases morales aflora la política de visión estrecha y partidista. Y eso no es gobernar. Lo decía Antonio Maura: se puede estar en el Gobierno, pero no gobernar. Porque gobernar, lo que se dice gobernar, consiste en una tarea extremadamente difícil: estar al servicio de todo un pueblo. Esa es la política grande, la de la conveniencia pública.
Y, por supuesto, el libro contiene la advertencia de que la Constitución es nuestro marco de referencia fuera del cual nadie está legitimado. En esta hora presente, ante la falta de transparencia en la gestión pública, ante la pérdida de credibilidad del político, ante la asfixiante e impertinente maquinaria partitocrática, los españoles deben reclamar que el poder vuelva a sus manos para contribuir a la arquitectura de una nueva sociedad. Ellos tienen derecho a dejarse oír y a ellos es preciso con urgencia hablar. Como afirmó Abraham Lincoln el verdadero ciudadano demócrata es aquel que no queriendo ser esclavo tampoco desea ser amo.