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Diarios

Sergio Pitol: Diarios 1968–1980

domingo 04 de octubre de 2026, 23:09h
Sergio Pitol: Diarios 1968–1980

Edición y prólogo de Ignacio Echevarría. Anagrama. Barcelona, 2026. 848 páginas. 32,90 €. Primer volumen de los reveladores diarios del gran escritor mexicano, que recorre más de una década de nomadismo por ciudades como Barcelona, Bristol, Varsovia, Budapest, París y Moscú.

Por Francisco Estévez

“Debo librarme de la tentación de hacer literatura en este diario” reflexiona Sergio Pitol en las primeras páginas de sus diarios (10 de abril de 1968). Quiere registrar los datos, dejarlos «despejados de todo ropaje palabrero». Sospecha que escribir bien puede ser otra manera de escamotear lo que ocurre, de dar por resueltas dificultades aún sin deshacer. Comienza el diario reconociendo su miedo al fracaso, a la mediocridad aceptable en la que podría acomodarse si dejara de escribir. No sabe qué hacer con los relatos que lo ocupan, aunque sabe inventarse excusas a pasto.

Los doce años reunidos en este volumen pasan por Belgrado, Barcelona, Bristol, Varsovia, París, Budapest y Moscú. Dan materia para la biografía del escritor, pero su interés literario reside en la conciencia que se examina mientras busca Pitol su propia escritura. Los proyectos se atascan, cambian de tamaño, vuelven a empezar. Juegos florales será durante años un problema que no consigue resolver. Y ha de ganarse el pan. La estampa del cosmopolita resulta engañosa, pues viajar también desordena y enseñar le procura una felicidad que le quita horas de escritura. Pitol lee para escribir y también, según llega a temer, para aplazar la escritura.

Sus diarios entreveran soledad, deseo y trabajo, y conservan las contradicciones que una autobiografía habría limado, como esos días de París que Pitol juzga primero colmados de experiencias y, tiempo después, de fatiga y tedio. La ejemplar introducción de Ignacio Echevarría explica qué lugar ocupan estos cuadernos en la obra de Pitol y me ahorra demorarme en las peripecias diplomáticas y las cautelas sobre la intimidad del escritor.

Al releer Las olas reconocerá la procedencia de sus primeras prosas. Toda lectura deja de ser un repertorio de preferencias en su caso. Busca en libros ajenos, operaciones narrativas que no domina. Y ese eje lector modifica todo. Galdós es la prueba. Pitol objeta la distribución de los materiales en Lo prohibido. Con El caballero encantado la impaciencia lo domina. Llega a preguntarse si es un desastre o si él lo ve así porque no encuentra lo que necesita para su novela. A fuer de novelista, Pitol exige de sus lecturas una utilidad que puede estrecharlas.

La explicación del último Galdós por la fatiga resulta endeble. En El caballero encantado, la conversión de Carlos de Tarsis en Gil obliga a vivir la historia desde una identidad rehecha. Pero estrenado el año 1978 Pitol termina los Episodios nacionales y se reconcilia con Galdós y con su obra, que lo ha acompañado dieciséis años. La emoción de acabar esa lectura rebasa las censuras anteriores.

Hasta Sancho encuentra dificultades para entrar en la biblioteca íntima de Pitol. Las confianzas del escudero con la duquesa le recuerdan al chófer de la embajada y el personaje se le vuelve antipático. Uno quisiera que el juicio literario estuviese a salvo de un chófer. Pues no. Mientras censura la transformación del escudero, Pitol deja ver cómo se transforma su lectura y su diario registra materia literaria en ese tropiezo del juicio: el chófer ha acabado por meterse en el Quijote.

Paradiso lo fascina y lo irrita, le descubre una dimensión que no sabe explicar y le hace deplorar excesos que teme reconocer en su prosa. Ada pone en jaque su criterio. Todas las reservas lectoras de Pitol tienen más enjundia que la admiración automática a los clásicos, esa deferencia con la que se despacha a los grandes escritores para no leerlos de veras.

Sobresale entre todas una anotación que, ante la tramoya literaria actual, conviene atesorar. Es el momento en que Jaroslaw Kulcziński le habla de sus libros. Pitol no entiende todo lo que el periodista polaco quiere decir, aunque percibe el efecto que la lectura le ha producido. Encontrar un lector que consigue dialogar con su obra, siquiera uno. Eso basta. 

 

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