El protagonista de La montaña mágica, la gran novela de Thomas Mann, había pasado siete años en un sanatorio de Davos, apartado del mundo y, al mismo tiempo, expuesto a todas las corrientes intelectuales, políticas y morales que atraviesan la Europa anterior a 1914. Settembrini y Naphta discutían sobre razón, progreso, revolución, libertad, religión y violencia mientras, aparentemente, nada estaba ocurriendo. El tiempo parecía haberse detenido.
La Primera Guerra Mundial irrumpió en la novela y Hans Castorp bajó de la montaña para entrar en el siglo XX. De pronto estaba entre trincheras, barro, explosiones y soldados. Es difícil encontrar una imagen literaria más poderosa para representar el nacimiento de un nuevo tiempo: un joven burgués europeo abandonaba un mundo que todavía creía estable y entraba, casi sin comprenderlo, en una época completamente distinta. Porque los siglos históricos rara vez coinciden con los siglos del calendario. El XIX no terminó en 1900. Terminó en 1914.
La Gran Guerra destruyó mucho más que cuatro imperios. Acabó con buena parte del sistema internacional construido tras las guerras napoleónicas, quebró la confianza casi ilimitada en el progreso, aceleró la intervención del Estado en la economía, movilizó a sociedades enteras y convirtió la política de masas en una realidad irreversible. De sus trincheras nacieron o se fortalecieron el comunismo, el fascismo, el nacionalismo radical y una concepción de la guerra que ya no distinguía con facilidad entre frente y retaguardia: la guerra total.
Eric Hobsbawm llamó a este periodo el «siglo XX corto» y lo situó entre 1914 y 1991. La intuición era brillante. Sin embargo, quizá el historiador británico retrasó dos años su final. El verdadero siglo XX terminó en 1989. No porque aquel año desapareciera la Unión Soviética, que sobreviviría formalmente hasta diciembre de 1991, sino porque en 1989 dejó de existir el sistema histórico que había organizado el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Solemos interpretar la Guerra Fría como un enfrentamiento entre capitalismo y comunismo. Es correcto, pero insuficiente. El capitalismo occidental que compitió con la Unión Soviética no era el capitalismo liberal anterior a 1914. Después de 1945, Europa occidental y, en menor medida, Estados Unidos construyeron un modelo diferente. El Estado asumió responsabilidades desconocidas hasta entonces. El pleno empleo se convirtió en un objetivo político. Se extendieron los sistemas públicos de sanidad, educación y pensiones. Los sindicatos alcanzaron una capacidad de negociación extraordinaria. Sectores estratégicos quedaron en manos públicas. Los mercados financieros fueron regulados y los movimientos internacionales de capital estuvieron sometidos a importantes restricciones. No era socialismo, pero tampoco era el viejo liberalismo económico.
Era el gran compromiso de la posguerra: democracia parlamentaria, economía de mercado y Estado social. Durante aproximadamente treinta años funcionó con notable éxito. Entre 1945 y comienzos de los setenta, Europa occidental experimentó niveles de crecimiento económico desconocidos, aumentó espectacularmente el consumo, se redujeron muchas desigualdades y millones de personas accedieron a niveles de bienestar que una generación antes parecía inalcanzable. Al otro lado del Telón de Acero existía un sistema completamente distinto, pero ambos compartían algo: una enorme confianza en la capacidad del Estado para organizar la sociedad, dirigir la economía y garantizar determinados objetivos colectivos.
Ese mundo comenzó a resquebrajarse en 1973. La crisis del petróleo fue sólo el acontecimiento más visible. El sistema monetario de Bretton Woods ya se había descompuesto, apareció la estanflación, se ralentizó el crecimiento y las grandes industrias europeas comenzaron a mostrar dificultades cada vez mayores. La combinación de inflación y desempleo puso en cuestión muchas de las recetas económicas que habían dominado la posguerra. En el bloque soviético, entretanto, comenzaban a hacerse visibles otros problemas. El crecimiento perdía fuerza, la productividad se estancaba y la distancia tecnológica respecto de Occidente aumentaba. La economía soviética seguía siendo capaz de producir enormes cantidades de acero, carbón, carros de combate o misiles, pero encontraba crecientes dificultades para satisfacer las demandas de sociedades cada vez más complejas.
Entre 1973 y 1989, los dos modelos nacidos de la Segunda Guerra Mundial entraron, por razones diferentes, en crisis. En Occidente, Margaret Thatcher y Ronald Reagan simbolizaron el cambio. Privatizaciones, liberalización financiera, reducción del poder sindical, desregulación y una reconsideración profunda del papel económico del Estado fueron sustituyendo progresivamente a muchos de los consensos establecidos después de 1945. El proceso fue desigual y nunca eliminó el Estado social. Europa continuó manteniendo amplios sistemas públicos de protección. Pero el equilibrio entre Estado, mercado y sociedad había cambiado. Mientras tanto, la Unión Soviética intentaba reformarse. La perestroika de Gorbachov pretendía salvar el sistema, no destruirlo. Sin embargo, acabó revelando hasta qué punto sus problemas eran estructurales.
Y llegó 1989. La caída del Muro de Berlín ha sido interpretada habitualmente como la gran victoria de Occidente. En términos geopolíticos lo fue. El bloque soviético se derrumbó y dos años después desapareció la propia URSS. Pero históricamente ocurrió algo más complejo. El comunismo fue derrotado, pero el capitalismo occidental que había combatido contra él durante cuarenta años tampoco era ya el mismo. El modelo económico y social construido después de 1945 había experimentado una transformación profunda desde la crisis de los años setenta. Por eso puede afirmarse que la Guerra Fría terminó con la desaparición de uno de sus contendientes y la transformación del otro. En 1914 había muerto el mundo surgido de 1815. En 1989 desapareció el orden nacido en 1945. Entre ambas fechas transcurren setenta y cinco años de extraordinaria coherencia histórica: guerras mundiales, revoluciones, ideologías de masas, movilización total de las sociedades, crecimiento gigantesco del Estado y competencia entre modelos alternativos de organización política, económica y social.
Quizá 1973 sea, por eso, una de las fechas fundamentales del siglo. No marca su final, pero sí el comienzo de su agotamiento. A partir de entonces, las estructuras que habían organizado el mundo de posguerra comenzaron a debilitarse. El proceso tardaría todavía dieciséis años en culminar. Thomas Mann hizo bajar a Hans Castorp de la montaña en 1914 para entrar en aquel mundo. Setenta y cinco años después, los berlineses derribaron el Muro para salir de él.