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AL PASO

María Teresa Echenique: el mejor ejemplo

Juan José Solozábal
martes 06 de octubre de 2026, 19:14h

I-Creo que Teresa Echenique, antes de nada, se consideró una mujer llamada a seguir y completar una labor: la del intelectual. Es decir, la de quien da razón de lo que es y debe ser la comunidad a la que pertenece, una función que históricamente no se había reconocido a la mujer vasca. El papel de las mujeres había sido siempre secundario; en palabras de la propia Echenique, «mujeres de considerable valía intelectual y gran actividad no ocuparon la posición social que, de haber sido hombres, les habría sido asignada en su momento». Teresa se vio así precedida por la guipuzcoana María Dolores Agirre y, especialmente, por Carmen Baroja y Nessi, quien nació en Pamplona en 1883 y distribuyó su vida entre Vera de Bidasoa y Madrid, donde murió en 1950. La semblanza de esta última ha sido rescatada gracias a la edición de sus Memorias de una mujer de la generación del 98, una obra que Echenique calificaba de enorme fuerza y gran valor. Decía Teresa: «También había mujeres escritoras en esa generación, junto a gigantes como Unamuno, Maeztu, Zuloaga o el propio Pío».

De la lectura de este libro, yo también recuerdo la anécdota que recupera Maite Echenique. Precisamente el 17 de julio de 1936, Carmen Baroja acompañó a su hijo «Julito» (Julio Caro Baroja) desde Vera hasta San Sebastián para que dictara una conferencia en el Museo de San Telmo «ante una colección de curas, maestros de escuela nacionalistas y algún que otro erudito, como Barandiarán. Don Julio Urquijo y Barandiarán me felicitaron por tener un hijo de tanto valor», escribió con orgullo su madre.

Es precisamente esta reflexión de Teresa Echenique sobre los intelectuales vascos lo que yo quisiera recordar en el triste momento de su fallecimiento, aun a riesgo de no hacer total justicia a sus méritos como insigne filóloga y dignísima continuadora de sus maestros Rafael Lapesa y Koldo Mitxelena. Nadie como Teresa Echenique ha ofrecido un friso tan exacto y brillante sobre la generación vasquista de los cincuenta: hombres cabales que trataron de poner al día —en las difíciles circunstancias del franquismo y el aislamiento respecto al exilio— el encuadre del particularismo vasco en la circunstancia intelectual española. Se trata de un pensamiento de notable refinamiento espiritual que cultivó un amplio espectro temático que hoy es necesario rescatar y actualizar.

José de Arteche fue un gran escritor. Julio Caro Baroja, un antropólogo de destreza y conocimientos extraordinarios y de relieve internacional. José Miguel de Azaola, un funcionario que en época muy temprana reflexionó sobre Europa, con un conocimiento acabado de las experiencias de descentralización de otros países y un dominio exhaustivo de las condiciones de la regionalización española y vasca en particular. Fausto Arocena fue un fino historiador, pulcro y exacto, que resistió el sociologismo de moda y respetó el valor de la historia política, cuyas tesis resultan hoy extraordinariamente atractivas. Luis Michelena, por su parte, fue el lingüista sobre cuyas bases se ha levantado todo el edificio de la filología y los estudios de la literatura vasca de nuestros días, en perfecto parangón con los estándares internacionales más exigentes. A ellos se añaden nombres como Carlos Santamaría, José Ignacio Tellechea, Antonio Beristain o Paulino Garagorri, entre otros. Fue gente que no disfrutó del apoyo institucional que habría representado una universidad vasca —entonces inexistente— y que operó en condiciones profesionales insatisfactorias, cuando no precarias. Sin embargo, y como ya he señalado más de una vez, sobre las bases del mejor fuerismo asociado a empresas como la revista Euskalerria o la Sociedad de Estudios Vascos, y a nombres como los hermanos Echegaray y Urquijo, representaron un hilo de pensamiento y cultura que, complementado con los aportes del nacionalismo y el tradicionalismo, resulta del mayor interés a la hora de formular una cobertura espiritual para el pluralismo vasco.

II-El intelectual, pensaba Teresa Echenique, da cuenta orteguianamente de su circunstancia, y eso fue lo que intentaron las personalidades mencionadas. Con su legado, quizás sea posible imaginar una andadura integradora del universo vasco y del castellano-español, tal como ocurrió a finales del siglo XIX.

Echenique subrayó siempre que pudo su donostiarrismo. Me comentaba con buen humor en un correo electrónico no hace tanto tiempo: «Pero yo nací en San Sebastián, en la plaza de la Constitución, a las 12 del mediodía [...] en el momento en que Ansorena empezaba a tocar el txistu en la plaza (koxkera, porque me bautizaron en San Vicente)». Además señalaba el relevo cultural de San Sebastián sobre Bilbao, quizás en función del eco que los veranos donostiarras tenían en el panorama intelectual español, con la presencia de Ortega, Marañón y tutti quanti.

Para Echenique, lo vasco —muy ligado a la reflexión sobre el euskera y su estatus como lengua— se reflejaba en primer lugar en el pensamiento de Caro Baroja, quien reducía la extrañeza o singularidad del idioma: «El vasco no es una especie de ornitorrinco o de ser aislado en el concierto de los pueblos. Dejemos el cliché del perpetuo aislamiento que explica fácil, pero engañosamente, la conservación de una lengua. Si dura lo más peculiar del vasco, no es por aislamiento, porque en Europa occidental el aislamiento es y ha sido físicamente imposible, y el País Vasco está en una de las más complicadas encrucijadas del continente».

Don Luis Michelena, por su parte, insistía en la idea de la igualdad de las lenguas, dotadas todas de suficiente entidad sistémica para permitir un equivalente tratamiento científico: «Como principio básico, yo sentaría una afirmación tajante: todas las lenguas, en principio, son equivalentes: no las hay por naturaleza ni mejores ni peores, ni más altas ni más bajas. La razón de esta radical igualdad [...] está en que cualquiera de ellas es un sistema que, siendo en cierto modo cerrado, puede apropiarse y asimilar, de una u otra manera, si sus hablantes lo desean o lo necesitan, cuanto se ha dicho o se puede decir en otra lengua».

Pero este significado de la lengua no puede ignorar el peso de la tradición en el habla. Esto es lo que corresponde a Arteche: testimoniar la existencia de un pasado territorial y concreto que no puede desaparecer. Guipúzcoa ocupa un lugar preeminente en su obra artesana. Muchas de sus páginas describen de manera emotiva a las gentes sencillas del solar guipuzcoano, tan queridas para él y tan representativas de su producción. José Arteche se convirtió en testigo fidedigno de una Guipúzcoa que ya no existe. Por otra parte, la recuperación de su labor como dietarista y su obra El abrazo de los muertos lo convierten, según Echenique, en el máximo exponente de su condición de hombre de concordia; una figura, por tanto, de gran actualidad por su firme defensa del diálogo frente a cualquier recurso al enfrentamiento.

La conclusión que Echenique saca de su retrato de esta generación —dibujado inicialmente para Cuadernos de Alzate y resumido en su contribución al curso sobre el pensamiento vasco de posguerra convocado por Joseba Arregi y por mí mismo en un verano donostiarra— es, como señalábamos anteriormente, la esperanza de que, a la vista de este legado, podamos imaginar en el futuro una disposición del universo vasco y el castellano-español que sea, al menos, mutuamente respetuosa; «mejor si, además, fuera integradora de ambos mundos».

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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