Javier, mi amigo del alma, lomincharejo de postín y hombre sensato, rara virtud hoy en día, como buen entendido en toros que es, me lo anunció: “Hasta el rabo, todo es toro” Y suele cumplirse con ciertos morlacos. Excelente trapío, de noble embestida, pero, a la hora de la verdad, no cumple con las expectativas. De manera que el maestro se limita a una faena de aliño y a otra cosa. No obstante, —y aquí viene lo más importante—, antes de caer rendido, el toro da un arreón y el torero sufre una grave cornada que le obliga a despedirse de los ruedos. En política suele suceder algo parecido cuando las expectativas reinantes hacen confiar al electorado sin tener en cuenta que, cuando la ferocidad es representada por el odio visceral, se está expuesto a una embestida de última hora. A esto hay quienes lo llaman “morir matando”.
Don Pedro ha salido de su rincón de pensar y ha soltado una pastoral sobre el bien y el mal. Una especie de tablas de la ley, quizás confeccionadas por su sastre, el mismo que le hace los pantalones pitillo. A diferencia de Moisés, el presidente ha tirado de recámara cuando advierte que la decisión del adelanto electoral lo es para “doblegar a las élites” porque “en el Parlamento se pisotean los intereses de la gente”. Verdades de manual, pero convertidas en soufflé cuando él acostumbra a decir una cosa y luego hacer lo contrario. Su máxima aplicable ha sido esa durante ocho años de mandato alrededor de promesas que nunca han llegado a término. Pero la realidad siempre es más sórdida, y en él se vislumbra soledad, y quizás, el desafecto por parte de quienes ven la oportunidad de la traición.
Lo que le queda es su imagen de ser alto y guapo, según afirman sus devotas admiradoras, quienes le dedican miradas cautivas. Él, con su caminar canyengue, se abre paso a golpe de estrategia. Él es más tango que chotis. Tiene poco de castizo y mucho de girar en torno a su propio ego. Capaz de crear una Ruta de la Seda para él solo. Lo demás se lo deja a un grupo de personas pagadas para aplaudirle y poco más. Y con estos mimbres nos ha convocado a urnas electorales.
De aquí hasta el día 29 de noviembre, por cierto, festividad de San Saturnino, nada menos que patrón de Pamplona, don Pedro invertirá su tiempo en declamar que la oposición no es otra que la ultraderecha. Que España se fundirá en negro y la oscuridad traerá el fin de los tiempos. La propuesta del presidente está clara: “Sánchez o barbarie”. Y claro, han estirado tanto el chicle del pánico a los del otro lado del muro que media España piensa que, si vota mal, al día siguiente viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco.
Lo cierto es que Sánchez ha utilizado el comodín de sus colectivos con el problema de la propiedad privada y endosar a la opinión pública el sentimiento de culpa. Ahora resulta que ser propietario es tan malo que le sirve para encubrir los desmanes de una legislatura abyecta y corrupta. El tema de la vivienda, tras ocho años olvidada por el gobierno sanchista, menos para defender a los okupas e inkiocupas ilegales, parece ahora el principal argumento para acusar a la oposición de ser el responsable en cuestión. Algo tan obsceno como convertir su absoluta inacción en una maniobra de camuflaje. De esta manera, las calles, como caladero de votos, han vuelto a utilizar esa vía muerta reservada para viajes de última hora.
En fin, lo deseable, puesto que el día 29 de noviembre se nos brinda la oportunidad de utilizar el sufragio universal, es que se produzca el cambio de tercio para acabar con ese mantra del “cuanto peor, mejor”.