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DESDE ULTRAMAR

Entre la taquipsiquia, la pravedad y la posta

Marcos Marín Amezcua
jueves 08 de octubre de 2026, 19:55h
Actualizado el: 10/08/2026 21:22h

En la reboruja de temas y acontecimientos que, agolpándose incesantes, ameritan abordarse, me saltan 3 que merecen atenderse sin más dilación: uno, las páginas que nos visibilizan palabras que toda índole, mientras navegamos por las redes sociales y sirven para tenerlas presentes, aprendiéndolas o recordándolas e invitándonos a su apremiante utilización. Así, me entero de taquipsiquia. Eso de pensar más rápido que nuestra capacidad para plasmar tales ideas, las cuales siendo fugaces, veloces, retan nuestra pericia y destreza; y nos cuesta a veces la mar el atraparlas encerrándolas en grafías que conforman expresiones para, después, al leerlas, podamos enterarnos de lo que quisimos enunciar. La elocuencia queda pasmada ante la presteza.

Dos: y claro, ¿qué nos vamos a contar? recién me topé con los ¿preliminares? de un texto inquisitorial dieciochesco en que se acusa de entrada y con dedo flamígero la irredenta pravedad que, adelantaba el sentencioso opúsculo, imperaba en la Ciudad de México.
La pravedad, me dije no sin asombro, puesto que jamás había oído mentar semejante vocablo. ¡Vaya sorpresa con la que me encontré al consultar el DLE!

¡Uy! o sea, que se confirman mis sospechas acerca de que no hay nada nuevo bajo el sol y me acuerdo
ipso facto, de la monja lisboeta que ya en 1690 –5 años antes de fallecer su coeva Sor Juana Inés de la Cruz al otro lado del Atlántico, siempre presentada en ultramar tan hierática y adusta bajo un fondo de libros al canto perfectamente acomodados,
reflejo del orden íntegro e impoluto de su idealizado tiempo– y, sin embargo, apuntaba la colega de citramar advirtiendo la bajeza moral y la erosión espiritual de su época en Lisboa. Y del otro panegírico del siglo XVIII escrito en 1764 en la misma metrópoli
denunciada por el documento inquisitorio aludido ab initio del párrafo que antecede, denunciando que la gente de su época iba a lo suyo, individualista, desprendida de valores morales y del interés por la cultura. ¡Acabáramos! nada nuevo, pues. Conque...eso
de la pravedad parece estar tan en boga desde tiempo inmemorial, es tan imperecedero, tan lo de hoy, tan moderno que mata el regusto que pudiera despertarnos esa palabreja que solo simula ser añeja sin serlo, dada su palpitante y estridente actualidad, innegable
y manifiesta. Anótela. Ya tendrá ocasión de emplearla. A estas alturas ¿verdad que ya corrió al DLE a buscarla?

Y tres, lo de la posta...¡cómo me agrada ese término! Suena tan arcaico, igual que posee cierta solera, ya que lo de “correo” alude a algo más cotidiano, aunque no se crea; y como cada vez más el papel escasea y los medios de transmitir la información van más
digitalizados, lo que se dice modernos; y el uso más espaciado de cartas hace de la correspondencia tradicional un objeto en vía de extinción, tal y como la conocimos, en su versión decimonónica –cual era su conformación más acabada, de matasellos, alforjas
y carteros– adelanta ya ser una cosa de la que apenas si ha quedado una suerte de exigua miaja o es que a la Posta la dejaron hecha una miaja, exhausta, reducía, agotada y es una pena. Con lo bonito que era la espera de noticias y la llegada de las misivas,
conteniéndolas. No obstante, ¡aguarde! a veces venían acompañadas de sorpresas inusitadas. A mi casa una vez por Navidades llegó una carta del mismísimo presidente de la República. Felicitaciones y todo. Ya sabe, sin alusiones religiosas, que recordemos que
el Estado mexicano era de inexorable laicismo y más en tiempos del putrefacto PRI.

Y en otra ocasión, no recuerdo si por las mismas celebraciones, llegó a mi domicilio una entrega de Hacienda. Mis padres oscilaban entre el susto y la intriga. Abrió mi padre aquel siniestro envoltorio frunciendo el sobrecejo, mirando con resquemor el temido
membrete y ¡cáspita! consistía en una felicitación por el feliz cumplimiento en el pago de las contribuciones. ¡Anda! pues qué alivio. Satisfacciones que otorga la ciudadanía responsable, me imagino. Comprenderá que recibir un comunicado de Hacienda no concita
una sensación de positividad, per se. Ya quisiera uno tener el temple de una conocida mía que con desparpajo me dijo una vez muy displicente, desaprensiva, tan quitada de la pena toda ella: “yo no me hablo con Hacienda”. No cabe la menor duda que hay gente
privilegiada en este mundo y tan disociada de la realidad, al grado de la alienación, me hace suponer.

Sirva estas líneas en este Dia Mundial del Correo que nos mueve a preguntarnos ¿hace cuánto que no escribe de puño y letra, una misiva –ya no digamos una atildada epístola de caligrafía estilosa por sus gratificantes y elogiables trazos, plasmado en ella un
texto empingorotado – depositándola por la hendidura de un buzón como los de antaño, con escudo nacional resaltado en herrajes de órdago, cuando hogaño las telecomunicaciones parece que –y no es que desprecien viejas usanzas– han prescindido de esos modos,
de una manera casi imperceptible. Resulta irremisible, tanto como inevitable. Y no es cosa de tener o no los redaños para contravenir a la realidad ni mucho menos. ¿Y si fungiéramos de alfaqueque? Es mucho pedir, sin duda.

Pienso en esas redacciones por partes, guardadas celosamente en el portapliegos para no ser sorprendido, ya fuere en su esmerada escritura o en su ávida lectura, compuestas siguiendo a pie juntillas las normas, los cartabones impuestos por la decencia y la
buena quirografía no exenta de prosodia y de prosapia. Vea todo lo que, tal vez, se ha perdido o degradado en el azaroso camino hacia la modernidad que nos envuelve, en tanto ganábamos celeridad e inmediatez. Sírvase usted, de ser tan grato, en tomarlo en
cuenta.

Retomar a ese pasado que parece tan lejano, quizás no sea posible, no obstante que a veces me recuerdo la canción de la italiana Rita Pavone, que a la letra, dice: “¡Dame un martillo!” y respondía raudo un coro de zagales: “¿con tal qué cosa harías?” ...y quizá
yo la emprendería contra lo que destruye tan bonitos recuerdos. Y, claro, no poderlo hacer me conduce a decir como la afamada intérprete consagró: che rabbia mi fa! Y pienso en voz alta, desde luego....

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