Hay una suma potencia en el acto de mirar. En la intensidad que sigue a quedarse prendado de un objeto, de una escena o de cualquier nimiedad que se nos ponga delante y necesite de nuestro ensimismamiento completo, viene la lluvia de matices que tendrán que recibir un nombre, una consideración, pero también el objetivo de recordarnos que su aquel lírico puede desarrollarse gracias a que estamos evadiéndonos con ellos, en ellos, tratando el tiempo empleado, no en una pérdida, como dirían muchos, sino en conseguir la sencillez de su instante, en aumentar la neblina que procure que sigan siendo inexpugnables. Hay otra suma potencia en el acto de escribir, pero esta tiene que desarrollarse con más ahínco, con una voluntad de oficio, de artesanía. Uno debe alejarse de aquello que ha constituido un centro para volver a dibujarlo a ciegas, en el blanco de la página, reclamando otro poder de evasión.
Hay, también, una continuidad entre el nuevo libro de poemas de Jordi Doce, Dime el regreso, con sus trabajos más recientes. A su última publicación, el cuaderno de notas La insistencia, le han seguido un par de traducciones de obras y autores ingleses más que notables: a finales del año pasado, el ciclo completo de Cuervo, de Ted Hughes, y este mes de septiembre, Un poema no escrito. Dichtung und Wahrheit, de W.H. Auden. No por similitudes temáticas, aunque puede haberlas, ya que se trata de autores que Doce lleva traduciendo y analizando desde hace años, pero sí que la continuidad, para uno, está en la trama de calidad que el poeta y traductor asturiano se empeña en inocular en cada una de sus propuestas. Toda frase, todo verso, están pensados, además de sentidos, pues tanto su prosa como su lírica saben el porqué de la corriente imperiosa por la que han tenido que ser escritas. No teme adentrarse en lo abstracto, pues sabe sacar de ello lo tangible y lo presente.
En Dime el regreso, el poeta toma del brazo al lector en cada poema y lo invita a seguir las emociones por las que, quien escribe, ese otro jalonado de diferencias y similitudes, retorna a los escenarios comunes que parecían dormidos y reaviva esos vislumbres, esas impresiones que despiertan una memoria que parecía haberse quedado holgada para las vivencias, incapaz de sobreponerse. ‘La conciencia es ahora un mediodía/ que extenúa su sangre y la somete’. Frente a ese vacío, los poemas de Doce van despojándose y muestran una sabiduría sin maquinaria pesada, sin rotundidad. Los materiales de su inspiración están en la sugestión de lo que se extiende y se activa en el paseo, y muy destacables son los autores —Tomlinson, Blandiana, Blake, Stafford—, los pintores —Giacometti, Pagola—, que se suman a completar lo que hacen caer dentro de nosotros, una viveza mayor en las réplicas, aunque sólo sean ecos, por el momento sin respuestas.
A medida que terminamos cada parte, el libro nos va llenando de esos ruidos zumbones, de esas huellas que han sabido escuchar el agua, y la partitura de elementos naturales se funde con la inteligencia que sabe conmover, que no aplasta ni está al acecho de los puntos flacos.
Estos poemas confirman la intuición de Doce para saber aunar raciocinio y pincelada sensitiva. Sus versos respiran con sus formas particulares de vida. La coherencia surge por saberse imposibilitados para cambiar el mundo, pero sí tienen lugar en esa pequeñez, que después deviene enorme, que dan los gestos artísticos, especialmente en la creación de atmósferas, una de sus señas de identidad, ahora más sureñas, sin renunciar a las góticas habituales.
La perplejidad de sus incertezas hace crecer la niebla y por ella viaja el conocimiento. Doce sigue describiéndola ‘para que digas: aire/ transcurso/ o la belleza de los todavías’.