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Praga, capital de Europa

viernes 02 de enero de 2009, 23:10h
La presidencia de la Unión Europea, rotatoria, corre turno cada seis meses, y así, el inicio del nuevo año ha visto el final del mandato francés, cediendo el turno a la República Checa. De este modo, los checos llevarán la voz cantante del Viejo Continente durante la primera mitad de 2009. Y se estrenan con una crisis internacional de primer orden, como es la situación en la franja de Gaza. De un tiempo a esta parte, el papel europeo en Oriente Medio ha ido ganando enteros; será ahora a Vclav Klaus a quien corresponda lidiar con una situación sumamente compleja. No sólo por toda la problemática de Oriente Medio en sí misma, sino por lo complejo que supone aunar la voluntad de 27 estados diferentes.

El término “Unión Europea” es hoy más una aspiración que una realidad factible. Quizá en el concierto internacional se note menos la disparidad de criterios, y resulte algo más sencillo proceder con una serie de “mínimos comunes”. Pero dentro del entorno estrictamente europeo, armonizar intereses contrapuestos es poco menos que imposible. De la primigenia “Europa de los 12” se ha pasado en 2009 a la “Europa de los 27”, con todo lo que ello supone. Si costaba que una docena de países se pusieran de acuerdo, la dificultad aumenta considerablemente cuando a esos doce se les añaden quince más. Cada uno con sus particularidades, filias y fobias, y sobre todo, recursos económicos. Porque hay más países que contribuyen a la caja común europea, si, pero exactamente en la misma proporción que estados a percibir fondos de cohesión. Y conviene recordar que las últimas incorporaciones no son de naciones económicamente boyantes (Bulgaria y Rumanía). Tan es así que hay voces dentro de la Unión que consideran que tenía que haberse crecido con menos prisa: “profundización con preferencia a extensión”, que decían los franceses con ocasión de la integración española, un país que hace veinte años estaba mucho más preparado e integrado en el mercado europeo que los países del Este ahora. Con todo, lo que hay es lo que hay, y a ello hay que atenerse.

Por otro lado, el hecho de que la República Checa provenga del antiguo Telón de Acero puede darle nuevos aires al modo tradicional de concebir la política europea. Sobre todo en la actual coyuntura económica. Ellos han vivido en carne propia las “bondades” del modelo socialista y, quizá por ello, no sean especialmente partidarios de aventuras intervencionistas. Cada uno tiene su historia y sus experiencias. Y a todos los europeos no conviene recordar que, en 1938, Checoslovaquia tenía una renta per capita superior a la de Francia. Hoy día no debe pasar de la tercera parte de Italia o España. Con eso, está dicho todo. Por eso no es sorprendente que el titular checo de Exteriores, Alexander Vondra, sentara unas bases claras de lo que pretende que sean las líneas maestras de actuación durante la presidencia checa: “evitar nacionalizaciones, regulación excesiva y dejar al mercado lo que le pertenece”. Y si la receta resulta interesante, lo es aún mas viniendo de quien viene: un joven país que protagonizó la llamada “revolución de terciopelo” por la que la antigua Checoslovaquia pasaba a escindirse pacíficamente en dos, Eslovaquia y la República Checa. Así, checos y eslovacos demostraban al mundo que era posible dirimir sus diferencias sin recurrir a la violencia. Ojalá este semestre la presidencia checa deje esa impronta, en la que más de uno debería reparar.
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