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TRIBUNA

Estrecho de Ormuz: el “arma” fallida de Irán

martes 13 de octubre de 2026, 18:46h

El nombre del Estrecho Ormuz día tras día ocupa el primer lugar en las noticias de los medios informativos en el mundo entero, desde que había empezado la guerra de Estados Unidos, junto con Israel, contra Irán, cuya costa precisamente forma la gran parte de esa vía fluvial de 167 kilómetros de largo y de 39 kilómetros de ancho en su punto más angosto. 

Representa una salida principal desde el Gofo Pérsico – vía el Golfo de Omán hacía el mar abierto – de todo el petróleo y del gas natural licuado que se transporta en los barcos (más del 90%), que producen los países de la región: Irán, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Omán, Arabia Saudita, Catar, Kuwait e Irak. Más exactamente: el 20% del petróleo del mundo se canaliza a través de este corredor marítimo, convirtiéndolo en uno de los principales puntos estratégicos para el comercio internacional de los hidrocarburos. 

Esta particularidad geográfica ha permitido a Irán a convertirla en un “arma” geopolítica contra sus enemigos y contrincantes, empleándola no sólo cuando ha empezado la ya mencionada guerra “tripartita”, sino en numerosas ocasiones anteriores, desde que los Ayatolas llegaran al poder en el país persa. 

Cada vez que surgía crisis en el Oriente Medio a causa de la política agresiva del régimen teocrático iraní contra Israel y los países occidentales, éste se acababa con las sanciones económicas contra Irán por parte del Occidente, que consistían en paralizar la compra de la principal riqueza iraní que sostenía su economía – el petróleo. A lo que los Ayatolas contestaban con obstaculizar la salida del petróleo que producían los demás países del Golfo Pérsico, provocando unas fuertes tensiones en el equilibrio energético mundial.

Voy a recordar sólo algunos ejemplos más sonados de esa política chantajista de Teherán. 

En la década de los años ochenta (1980-1988), durante la guerra entre Irán e Irak, el ejército iraní  empezó a bombardear los buques petroleros no solo iraquíes sino también de los terceros países que transportaban el “oro negro” procedente de los pozos de Irak, para estrangular la economía del régimen de Sadam Husein. Irak contestó de la misma manera y con el mismo propósito de hundir la economía iraní. Aquella pugna petrolera entre los dos rivales se denominó “La Guerra de los Petroleros”. 

Estos ataques afectaban seriamente un tránsito “normal” a través del Estrecho de Ormuz obstaculizando la salida del crudo del Golfo Pérsico a los mercados internacionales. La razón, por la cual, en un momento de la máxima tensión, los Estados Unidos tuvieron que intervenir con su flota militar para escoltar los petroleros con bandera estadounidense y de esa manera mantener el flujo regular de crudo desde el Golfo Pérsico.

En los años 2000 y 2010, Teherán amenazó reiteradamente con cerrar el estrecho si se boicoteaban sus exportaciones de petróleo en concepto de sanciones occidentales por negarse Irán a parar su programa nuclear, destinado a la fabricación de la bomba atómica. 

Se llegó a unos enfrentamientos menores entre la Marina iraní y los destructores de la Armada estadounidense, pero la cosa no se ha ido a más porque EE.UU no querían escalar el conflicto para no perjudicar seriamente la salida del crudo a través del estrecho. 

Además, las sanciones económicas contra Irán, puestas por parte de los países europeos y los Estados Unidos, no se aplicaban con todo el rigor, para no “enfadar” demasiado a los Ayatolas, que podrían perjudicar el tráfico del crudo a través del Ormuz. Así que, el chantaje iraní tuvo su efecto.

En 2019, surgió otra “Crisis de los Petroleros” en el Golfo, provocada por el aumento de la tensión entre los países occidentales e Irán, tras la retirada de Washington, por la orden del presidente Trump, del “Pacto Nuclear” firmado con Irán, debido a que las autoridades persas no cumplían los determinados puntos del mismo, como los de la vigilancia y el control de un posible uso del programa nuclear iraní para los fines militares. 

Hubo varias provocaciones por parte de Irán, como la captura de barcos de bandera británica, que causaron como respuesta el despliegue de las fuerzas navales internacionales para la protección del tráfico del crudo a través de Estrecho de Ormuz. 

Pero, tampoco las presiones a Teherán fueron excesivamente duros, lo que permitía al régimen de Ayatolas a seguir exportando su crudo y obtener miles de millones de dólares para seguir con su programa nuclear y la militarización del país, cara a un enfrentamiento “definitivo” con el Gran Satanás (EE.UU) y su hermano menor, Israel. 

Trump, en su primera legislatura como presidente de los Estados Unidos, intentó endurecer las sanciones contra Irán, pero no se le dio tiempo de llevarlas a cabo, dado que él perdió las elecciones en 2020, y el nuevo  presidente, Joe Biden, aflojó las sanciones y entró de nuevo en el “Pacto Nuclear” con Irán. 

Y sólo la reelección de Donald Trump, en 2024, puso fin a esta política de tolerancia ante el chantaje del régimen iraní con el bloqueo del Estrecho de Ormuz, que seguían anteriores presidentes estadounidenses, desde Ronald Reagan hasta Joe  Biden, ante el temor de que el descalabro de los precios mundiales del crudo, en caso de un “verdadero” cierre del Estrecho de Ormuz por parte del teocrático régimen iraní, provocaría una crisis energética mundial. 

“¡Basta ya!” – dijo Donald Trump y empezó su segunda  presidencia, saliendo (por segunda vez) del ya citado “Pacto Nuclear” con Irán – lo consideraba “una tomadura de pelo de parte de los Ayatolas” – y ofreciendo a Teherán negociar un acuerdo (un “trato”, en el lenguaje empresarial de Trump), que comprometería a Irán a renunciar definitivamente a su objetivo de conseguir su propia arma nuclear.

Pero Teherán se negaba rotundamente a concluir cualquier acuerdo de este tipo y seguía con su programa nuclear (los técnicos iraníes estaban a punto de producir una suficiente cantidad del uranio enriquecido para fabricar una docena de bombas atómicas), cuyo propósito principal – los Ayatolas no lo ocultaban y lo declaraban abiertamente – era chantajear y amenazar, tanto a los Estados Unidos, como a Israel, a los vecinos del Golfo Pérsico y al resto de los países que no simpatizaba con el régimen teocrático persa. 

Ante esta postura tan intransigente de las autoridades iraníes, Trump no tuvo otro remedio que empelar la fuerza para impedir que Irán llegara a fabricar la bomba atómica. Los bombarderos norteamericanos lanzaron bombas de máxima precisión y  capacidad destructiva, arrasando las instalaciones nucleares iraníes, tanto en superficie como bajo tierra. La aviación de Israel también participó en los bombardeos, destruyendo los objetivos de la defensa antiaérea de Irán, facilitando la labor a la aviación norteamericana. 

Irán respondió, lanzando misiles contra Israel y las bases norteamericanas en los países del Golfo Pérsico. Los Estados Unidos e Israel contestaron con unos bombardeos a gran escala de toda la infraestructura militar y la maquinaria de guerra iraníes, en tierra, mar y aire.  Fueron aniquilados la aviación, la flota militar, la mayoría de las lanzaderas de los misiles y los depósitos donde éstos se almacenaban. 

A pesar de esta aplastante derrota militar, Teherán rechazó la propuesta de Washington de volver a negociar un acuerdo de paz a cambio de la renuncia iraní a reiniciar en un futuro un nuevo programa nuclear con fines militares. Y decidió emplear su arma favorita que tantas veces le había servido para conseguir sus propósitos: el Estrecho de Ormuz. Pero esta vez no en forma de amenazas del bloqueo, sino pasando a un cierre total del tráfico de petroleros que transportaban el crudo desde el Golfo Pérsico.

Los estrategas iraníes calculaban que el bloqueo de la salida de la quinta parte de todo el consumo mundial de los hidrocarburos, causaría un brutal crecimiento de sus precios y provocaría una grave crisis energética internacional, lo que obligaría a Washington a recular y empezar a negociar con los mandatarios iraníes un acuerdo de paz en condiciones mucho más favorables para Teherán. 

Pero se equivocaron. Los Estados Unidos no sólo no aflojaron sus presiones, sino hicieron una jugada maestra, que entrará en los anales de la Historia: bloquearon por su parte la salida del estrecho de Ormuz de todo el petróleo procedente de los pozos iraníes, dejando sólo el paso a los petroleros que transportaban los hidrocarburos de otros países del Golfo Pérsico. Al mismo tiempo estaban neutralizando todos los esfuerzos iraníes para impedir el tráfico por el Estrecho. 

Los precios del petróleo y gas subieron, pero no suficientemente para provocar una grave crisis económica mundial, ya que las medidas que han tomado los Estados Unidos, utilizando su Armada que está rodeando la zona, han permitido que una gran parte del petróleo y gas licuado que producen los países del Golfo sigue pasando por el Estrecho. Menos la producción petrolífera iraní. Según los datos más recientes, a través del estrecho está saliendo casi 70% del volumen del “oro negro” que fluía antes de la guerra y el cierre por parte de Irán del “grifo” de Ormuz. 

Por primera vez, el arma del Estrecho de Ormuz ha fallado a Irán y el régimen se ha quedado, a consecuencia de la guerra con los Estados Unidos e Israel, desarmado por completo: sin la bomba atómica, sin el potencial militar y sin la capacidad de exportar su propio petróleo, el principal sostén de la economía persa. 

El estrangulamiento económico de Irán está dando tan buen resultado que la planificada por Pentágono una supuesta intervención militar terrestre de las tropas estadounidenses, para acabar con el régimen teocrático-terrorista iraní, ha sido aplazada.  El presidente Trump no tiene prisa para iniciar esa operación, que a producirse traería algunas bajas en las tropas estadounidenses, y la aparición en los medios de los ataúdes envueltos en la bandera estadounidense no sería la mejor publicidad para el Partido Republicano en vísperas de las próximas elecciones parciales en los Estados Unidos. 

El régimen iraní, o lo que se ha quedado de él, en su agonía, intentará, con sus esporádicos ataques a los petroleros en el Estrecho de Ormuz o a las instalaciones petrolíferas de sus vecinos, influir en la subida de los precios de los hidrocarburos en el mercado internacional y consecuentemente en los propios Estados Unidos, para perjudicar al Partido Republicano en las ya mencionadas elecciones parciales norteamericanas, el 3 de noviembre. 

Pero, derrotado militarmente y debilitado al máximo económicamente, Teherán ya no tiene capacidad para, como ya he comentado, interrumpir la salida del petróleo por el Estrecho de Ormuz.  La Armada norteamericana contestará a esas provocaciones  con todo su poderío que ha acumulado en la zona, y el estrecho seguirá funcionando. 

No está descartado, aunque es poco probable, que incluso antes de la fecha de las mencionadas elecciones estadounidenses, el régimen iraní pudiera caer por su propio peso: el colapso económico total y el levantamiento del pueblo contra las autoridades que habían llevado el país persa a un desastre más terrible en toda su historia.  

Y si este derrumbe del régimen no se produzca antes de las elecciones norteamericanas, estoy seguro de que sucederá después. No sé de qué manera definitiva, pero probablemente  por medio de una intervención militar directa estadounidense contra el núcleo del poder en Teherán, en coordinación con un levantamiento popular. 

O, alguna fracción más pragmática y menos  fanatizada dentro del régimen actual decida colaborar con las autoridades estadounidenses y facilite un golpe palaciego (tipo producido en Venezuela), aceptando las condiciones norteamericanas, basadas en cuatro puntos cardenales: renuncia “sine día” al programa nuclear militar; reducción del número de misiles de corto alcance y prohibición de la producción de los de medio y largo alcance;  la prohibición de la persecución de las protestas y manifestaciones populares; y el fin de la financiación y el apoyo por parte de Irán de sus proxis terroristas en el Oriente Medio.  

Creo que ya no queda mucho tiempo para que esto se suceda y que el régimen más peligroso en el Oriente Medio desaparezca por completo, y en la región se establezca una nueva correlación de fuerzas y alianzas más amistosas y pacíficas entre los países árabes e Israel, después de más de 70 años de guerras y conflictos entre ellos, ampliándose “Los Acuerdos de Abraham”, promovidos por el presidente Trump durante su primera presidencia y firmados (en 2020) entre Israel y varios países árabes en la zona: Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos.

Será un nuevo éxito de la política de Trump “de pacificación a través de la fuerza”, cuando otras alternativas no funcionan. 

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