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TRIBUNA

El circo y el soberano

viernes 16 de octubre de 2026, 20:35h

Roma entendió pronto que un pueblo distraído no protesta. Bastaba con pan y circo: llenar el anfiteatro, soltar a las fieras y dejar que el rugido de la arena tapase el rumor de las calles. Dos mil años después, solo ha cambiado el reparto: hoy las fieras son los propios candidatos, y lo que devoran no son gladiadores, sino las necesidades del público que paga la entrada.

Quedan siete semanas para el 29 de noviembre. Ni unos son tan virtuosos ni otros tan perversos, y en todas las siglas hay personas honradas que llegaron a la política para mejorar la vida ajena. Pero el espectáculo que se nos ofrece merece una crítica sin anestesia.

La función de siempre

Los primeros días de precampaña confirmaron el libreto. Pedro Sánchez acusó a PP y Vox de propagar bulos sobre el voto por correo. Alberto Núñez Feijóo atribuyó el adelanto electoral al «miedo» del presidente a lo que pueda saberse. Santiago Abascal habló del «Gobierno más sucio de la historia de España». Hubo propuestas, pero sepultadas bajo el estruendo de la acusación.

Ni siquiera el voto por correo, que debería ser terreno sagrado, se ha librado de la refriega. Es el viejo «y tú más» elevado a liturgia: no importa vencer en buena lid, sino ver al rival morder el polvo.

Las fieras se detestan más que el público

Un dato debería sonrojar a toda la clase política. En marzo de 2026, el equipo Elitpolar presentó una encuesta a 518 parlamentarios españoles. Su conclusión: el rechazo emocional al adversario es mayor entre los representantes que entre los representados. En una escala de simpatía del uno al diez, los diputados del PP conceden al PSOE un 1,9; los socialistas devuelven al PP un 1,8.

El veneno no se queda en la arena: desciende a las gradas. Según More in Common, el 14% de los adultos, unos cinco millones de personas, rompió el último año con un amigo o un familiar por motivos políticos. Ellos combaten por el poder; nosotros perdemos las comidas de domingo.

La mujer que no cabía en ningún discurso

Lejos de los focos, sucedía la vida real. El 23 de septiembre, María del Carmen, de 87 años, fue sacada en camilla del piso de Retiro donde había vivido 71. Ingresó ese mismo día en el Gregorio Marañón. Cinco días después, un acuerdo le permitía volver a casa. Nunca llegó a cruzar la puerta: murió en el hospital el 7 de octubre.

No es una anécdota, sino un síntoma. Según el CIS de septiembre, la vivienda es el primer problema del país para el 37,5% de los españoles. Y, sin embargo, acaba de dinamitar una legislatura sin que los grandes partidos se sentaran juntos a buscar una salida. Ningún alquiler se paga con un insulto.

La ventanilla cerrada

El público del anfiteatro tiene rostro. Es la mujer que madruga para fichar a las seis, el autónomo que abona su cuota aunque el mes haya sido magro, el jubilado que cotizó cuarenta años. Cumplen, tributan y no fallan. Y el día que necesitan algo, chocan contra una muralla de frases conocidas: «No tiene usted derecho». «No hay presupuesto». «El plazo no está abierto».

La segunda no es una metáfora. Esta es la primera legislatura de la democracia que concluye sin aprobar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado: España funciona todavía con las cuentas de 2023, prorrogadas por tercera vez. Para el reproche y la polémica del día, en cambio, jamás faltó tiempo.

He aquí la gran asimetría de nuestra vida pública. Al ciudadano se le exige puntualidad absoluta: la renta, la multa, la cuota, el recibo. Si se demora un día, paga recargo. Al político que deja pasar años sin pactar la vivienda, las pensiones o un presupuesto, nadie le cobra intereses.

Cuando la arena fue ágora

España sabe pactar. Lo hizo en 1977 con los Pactos de la Moncloa, cuando la inflación amenazaba con devorar la Transición. Lo hizo en 1995 con el Pacto de Toledo, que puso las pensiones a salvo de la refriega electoral. Lo hizo en 2017 contra la violencia machista, y lo renovó en 2025. En esos momentos, el anfiteatro se convirtió en ágora: el lugar donde los adversarios discuten para construir, no para derribar.

La vivienda merece hoy ese mismo gesto. Un pacto de Estado a diez años, que sobreviva a tres Gobiernos. No da votos mañana. Da país pasado mañana.

El soberano

Criticar la corrupción o la mala gestión es tarea legítima de la oposición; defender lo hecho, la del Gobierno. El problema surge cuando eso es todo lo que se ofrece y el debate público queda reducido a un combate de fieras.

Conviene recordar una frase que nadie cita en campaña. Artículo 1.2 de la Constitución: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado». No reside en los partidos, ni en los platós, ni en las redes. Reside en la grada.

Juvenal, el poeta que acuñó lo de «pan y circo», no lo escribió como un elogio, sino como un reproche: el pueblo que antes otorgaba mandos y legiones se conformaba ya con esas dos cosas. El 29 de noviembre podemos elegir otro papel. Porque el día que el público deje de aplaudir a las fieras y recuerde que es el soberano, se acabará el circo.

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