Nueva York, 1951. Un señor mayor comparece ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Se trata de un hombre de casi 70 años y muy delicado de salud. Su debilidad física resulta evidente. Necesita apoyarse en un bastón y aparece arropado por una manta porque sufre escalofríos. Se dispone a tomar la palabra.
Este 15 de octubre de 1951 Mohammad Mossadegh, primer ministro de Irán, va a hacer historia. En mayo de ese año el Shah Mohammad Reza Pahlaví ha firmado la ley de nacionalización de la industria petrolera, que hasta entonces controlaba el Reino Unido a través de la Anglo-Iranian Oil Company. El impulsor de la norma -aprobada por unanimidad en el Majlis, el Parlamento iraní- ha sido este hombre que se ha atrevido a desafiar al Imperio Británico. De un plumazo ha quedado disuelta la compañía, cuyo mayor accionista era el gobierno británico, y Londres ha perdido el control de la refinería de Abadán, que en ese momento es la mayor del mundo y el motor económico del imperio en el Oriente Próximo.
Después de perder la India, los británicos no están para tolerar más desafíos. Dos gobiernos sucesivos -el del laborista Clement Attlee y el del conservador Churchill- se han opuesto a la nacionalización. Denuncian que se trata de un robo. Le niegan toda legalidad. Los Estados Unidos les impiden una acción militar, que podría soliviantar a los soviéticos, de modo que Londres declara a los iraníes una guerra económica total. Impone un bloqueo marítimo en el Golfo Pérsico. La Royal Navy intercepta los petroleros internacionales que intentan cargar crudo iraní. Se trata, dicen, de propiedad robada.
No basta con asfixiar la exportación de crudo. Es necesario impedir que sigan refinando. Sabiendo que a Irán le faltan técnicos, los ingenieros y directivos británicos abandonan la refinería de Abadán. El gobierno de Mossadegh carece de personal competente que pueda mantener en funcionamiento la mayor refinería del planeta.
Aún hay más: es preciso arruinar la economía iraní. El gobierno británico decreta el secuestro de todos los fondos y activos bancarios en el Reino Unido y prohíbe la exportación de bienes esenciales hacia el país cuyo Parlamento ha nacionalizado su principal recurso natural. Las exportaciones de petróleo se hunden y a Irán le falta liquidez. La inflación se dispara.
Sin embargo, Irán resiste. Mossadegh cuenta con un enorme respaldo popular. El pueblo iraní, que lleva mucho tiempo en el camino de la modernidad, ha comprendido que el modelo colonial de explotación del petróleo sólo ha dejado miseria para el pueblo y riqueza para un imperio que se está desmoronando. Hace cuatro años arriaron la bandera británica en la India y hace solo tres se han retirado de Palestina. Irán, pues, resiste la guerra económica.
Londres redobla los esfuerzos. En septiembre de 1951 lleva el caso de la nacionalización de la industria petrolera ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Los británicos sostienen que Irán ha incurrido en una flagrante violación del derecho internacional. Dicen que la ruptura del contrato de concesión vigente con la Anglo-Iranian Oil Company genera una situación de inestabilidad que pone en peligro la paz y la seguridad internacionales. Quieren que el Consejo de Seguridad apruebe una condena a Irán que lo obligue a aceptar un arbitraje internacional o a restituir las propiedades de la Anglo-Iranian Oil Company. Mientras tanto, el Reino Unido ha demandado a Irán entre el Tribunal Internacional de Justicia, la guerra económica sigue y este hombre de aspecto frágil se presenta ante los vencedores de la II Guerra Mundial para defender la causa de su pueblo.
Su cuerpo parece romperse, pero la voz no le flaquea. En realidad, Mossadegh se está creciendo. Habla con firmeza. Vibra su discurso y asombra su vehemencia. Alterna el persa y el francés para exponer los argumentos jurídicos del pueblo de Irán frente a una potencia colonial que se está viniendo abajo. La nacionalización del petróleo, sostiene, es un acto de soberanía nacional. Las Naciones Unidas no tienen, pues, jurisdicción para intervenir entre un Estado soberano y una empresa privada extranjera ni tiene derecho a forzar un arbitraje. Mossadegh en doctor en Derecho y está impartiendo una clase.
El argumento jurídico es sólido, pero sólo es el primero. Hay cuestiones políticas y morales que, en esta sesión del Consejo, van a tener que escuchar los poderes del mundo. Mossadegh describe con cifras detalladas el balance de “décadas de saqueo sistemático” de la riqueza de Irán. Mientras el pueblo iraní vive en la miseria, el Estado británico obtiene ganancias fabulosas. “Mientras los accionistas extranjeros se enriquecían de forma desmedida, nuestros trabajadores petroleros en Abadán vivían en chozas deplorables, sin agua corriente, sin hospitales y sin educación para sus hijos. La riqueza de nuestro propio país se utilizaba para financiar el tesoro británico, mientras que a nosotros se nos negaba el derecho básico a una vida digna”. Mossadegh afirma que Irán preferiría “morir de hambre antes que seguir viviendo en la esclavitud económica”.
Todos los pueblos colonizados saben que este hombre mayor, al que podría matar una mala caída o una neumonía fuerte, está diciendo la verdad. Es la verdad que han defendido los nacionalistas indios, los líderes africanos y los movimientos de liberación en tres continentes.
Pero Mossadegh no se calla. Acusa formalmente al Reino Unido de un acto de agresión consistente en imponer un bloqueo marítimo ilegal y de asfixiar financieramente al país cuya riqueza pretende seguir explotando. La verdadera amenaza para la paz es la guerra económica que el Reino Unido ha iniciado y no la recuperación de sus recursos por parte de Irán.
Cuando termina de hablar, Mossadegh ha vencido. No sirven de nada los intentos de la delegación británica, liderada por el peligroso y sofisticado Sir Gladwyn Jebb, que pretende caricaturizar a Mossadegh como fanático intransigente e irracional. Dan igual las trampas dialécticas y los argumentos jurídicos que apelan a un orden que todos saben injusto. La mayoría de los miembros del Consejo de Seguridad -entre los cuales hay países iberoamericanos y asiáticos- simpatizan con Irán y saben que esta disputa comercial no supone una amenaza de guerra. Al final, el Consejo resuelve esperar a que decida el Tribunal Internacional de Justicia, que en julio de 1952 validará la postura iraní y se declarará incompetente para enjuiciar el caso.
Mossadegh ha ganado, en este día de 1951, en el Consejo de Seguridad la primera batalla de un conflicto que culminará con una victoria judicial resonante. Se convierte en un icono de la lucha anticolonial en tres continentes. La revista Time lo nombra Hombre del Año. Su rostro es el rostro de los americanos, africanos y asiáticos que luchan contra el imperialismo y el colonialismo.
Pero también, en este día, los británicos concluyen que hay que acabar con Mossadegh como sea. Es el camino a la Operación Ajax: el golpe de Estado que derrocó al primer ministro iraní en 1953 y que ejecutaron, de forma conjunta, los servicios británicos y los estadounidenses. Entre el MI6 y la CIA, acabaron con el hombre que ese día de octubre, en el Consejo de Seguridad, había derrotado al Imperio Británico. Ese golpe de Estado fue un error colosal cuyas consecuencias se siguen sintiendo hoy en toda la región y, en cierto modo, en todo el mundo. Ya habrá tiempo de contar esa historia.
Ese día de 1951 en que un hombre mayor, débil y enfermo venció con la palabra al que todavía era el mayor imperio del mundo ha caído en el olvido. Razón de más para que, 75 años después, esta columna hoy lo recuerde.