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TRIBUNA

El liberalismo de Vicente Aleixandre (I)

José Luis Roldán
viernes 23 de octubre de 2026, 18:33h

El canal Res Hispánica y la Asociación Estudios de Axiología celebraron su cuarto encuentro los días 16 y 17 de octubre en el Teatro Calderón de Valladolid. La cita fue posible gracias a la colaboración de la Fundación Jorge Guillén y de la Concejalía de Educación y Cultura de la ciudad. Allí se reunieron poetas –Antonio Piedra, Miguel Galanes de la Flor, Miguel Florián–, filósofos –Gabriel Albiac, Ignacio Gómez de Liaño, Agapito Maestre, José Sánchez Tortosa, Fernando Muñoz–, escritores –Iñaki Ezkerra, Alfredo Arias, José Manuel Cruz, Irene Gálvez, Inés Montano– y demás amigos de la cultura hispánica. Esta cuarta edición estuvo dedicada a la generación del 27, debido a la proximidad del centenario del grupo poético –como gustaba decir a Gerardo Diego–. Todos los vídeos ya están disponibles en el canal Res Hispánica.

El encuentro llevó por título Liberalismo y generación del 27. Este enunciado puede resultar desconcertante, ya que los dos términos no parecen guardar ningún tipo de relación. Como sabemos, el origen del núcleo de la generación poética del 27 se encuentra en las veladas literarias organizadas por el Ateneo de Sevilla y celebradas los días 16 y 17 de diciembre de 1927 en el salón de actos de la Real Sociedad Económica Sevillana de Amigos del País para reivindicar la figura de Luis de Góngora. El liberalismo, en cambio, es una doctrina política, social y económica que propugna, en los respectivos ámbitos, la limitación del poder estatal, la libertad individual y el libre comercio. Grata fue mi sorpresa cuando, desesperanzado de hallar vínculos entre dicha doctrina y los poetas del 27, descubrí que la vida y la obra de uno de ellos son la encarnación de los principios del liberalismo.

Antes de explicar ese vínculo, es preciso concretar qué entiendo por liberalismo. En esta doctrina hallamos diversas corrientes a las que pertenecen filósofos, historiadores, juristas, economistas y hasta escritores. Por esto me atengo a la definición que da de esta doctrina uno de sus referentes: José Ortega y Gasset. En La rebelión de las masas (1930) dice: «La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la “acción indirecta”. El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo –conviene hoy recordar esto– es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo, más aún, con el enemigo débil». Como leemos en la cita, «convivencia», «contar con el prójimo» y «generosidad» son algunos de los rasgos que caracterizan al liberalismo y que, a mi juicio, definen la vida y la obra de uno de los poetas de la generación del 27: Vicente Aleixandre y Merlo.

Nació en 1898 en Sevilla, aunque su infancia transcurrió en Málaga, ciudad que evocará en Sombra del paraíso (1944). En Madrid, estudió Comercio y Derecho. En uno de sus veranos de universitario, en Las Navas del Marqués (Ávila), conoció a Dámaso Alonso, quien le introduciría en la poesía y sería su amigo hasta el final. En 1922 conoció a Rafael Alberti en el Ateneo de Madrid. Ese mismo año, comenzaron sus problemas de salud con una artritis infecciosa en la rodilla. En 1925, una nefritis tuberculosa le incapacitó para trabajar, por lo que desde entonces se dedicó plenamente a la poesía. En mayo de 1927, se mudó con sus padres y su hermana Conchita al chalet de la calle Velintonia, 3, el cual se convertiría en su hogar de por vida. En octubre de ese mismo año, acompañado por Alberti, asistió al estreno de Mariana Pineda en el Teatro Fontalba (Madrid) y conoció a su autor, Federico García Lorca. Sin embargo, no pudo acudir a la reunión fundacional del grupo poético en Sevilla en diciembre por sus dolencias. De hecho, su enfermedad se complicó hasta el extremo de que en 1932 tuvieron que extirparle el riñón derecho. La mala salud que postraba su cuerpo no impidió que su alma cantara el amor en verso. En 1933 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por La destrucción o el amor, que acabaría siendo uno de sus poemarios más conocidos.

Muchos liberales, como Aleixandre u Ortega, recibieron con alegría la Segunda República, en la cual vieron la oportunidad de una España más libre y próspera. Así, José Luis Cano, amigo y confidente de Aleixandre, sostuvo que «En la plaza», uno de los poemas más célebres de Historia del corazón (1954) –sobre el que me detendré más adelante–, está inspirado en la manifestación del 14 de abril de 1931.

El comienzo de la guerra civil encontró a Aleixandre y a su familia veraneando en Miraflores de la Sierra. La sierra de Guadarrama pronto se convirtió en una zona de conflicto, por lo que tuvieron que regresar a Velintonia. Pero tampoco el chalet resultó un lugar seguro al estar en el Parque Metropolitano, junto al frente de la Ciudad Universitaria, lo que los obligó a trasladarse, hasta el final de la guerra, a la casa de su tío paterno, en la calle del Españoleto, 16. En aquellos años, Aleixandre manifestó de múltiples maneras su compromiso con el bando republicano. En otoño de 1936 el bando nacional bombardeó Madrid y causó la muerte de numerosos civiles. Este hecho llevó a Aleixandre a componer la «Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla», aparecida en Ahora, diario de la juventud, el periódico de las Juventudes Socialistas Unificadas. Esta composición provocó que el poeta fuera fichado por el bando nacional y se le considerara «autor de una poesía de exaltación roja», tal y como consta en el Archivo General de la Guerra Civil, en Salamanca. Su adhesión al bando republicano no sólo se reflejó en su poesía. En 1936 también participó en una reunión obrera con Alberti, contribuyó económicamente a la Columna Torres-Benedito, de la CNT de Valencia, y firmó la carta de la Alianza de Intelectuales Antifascistas.

Sin embargo, todos esos compromisos con la causa republicana no impidieron que el poeta fuera sospechoso de ser un emboscado. Aleixandre acompañaba a misa a su padre Cirilo, ingeniero militar retirado en 1919 con el grado de coronel y agregado a la Dirección de los Ferrocarriles Andaluces hasta que fue suspendido de empleo y sueldo por el Ministerio de Obras Públicas en agosto de 1936. A finales de ese mismo año, Velintonia fue asaltada y registrada. Hallaron un uniforme militar que pertenecía a su padre, pero que atribuyeron al supuesto emboscado Aleixandre. Ante estas sospechas, el teniente Cantabrana ordenó la detención del poeta a comienzos de 1937. Afortunadamente, no estuvo preso más de dos días gracias a la intercesión de Pablo Neruda, desde Francia, a través de la Embajada de Chile, y a la de Manuel Altolaguirre, que servía como impresor y difusor de propaganda en el ejército de tierra republicano.

Sospecho que fue esta experiencia la que llevó a Aleixandre a no volver a significarse a favor de ningún bando hasta el final de sus días; prueba de ello es que en abril de 1937 rechazó participar en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura alegando problemas de salud. Sus conflictos con el bando republicano no cesaron. En otoño de 1937, solicitó a las autoridades de la República salir de España con su padre y su hermana –su madre había fallecido en 1934– para ingresar en un sanatorio de Pau, en el sur de Francia, donde reponerse de un agravamiento de su enfermedad. A pesar de que la solicitud fue acompañada de un informe médico y de cartas de apoyo presentadas desde la Casa del Pueblo de Valencia firmadas por Dámaso Alonso, Luis Cernuda y María Zambrano, la petición fue denegada en abril de 1938, ya que Aleixandre aún estaba en edad militar y el salvoconducto debía ser autorizado con un informe emitido exclusivamente por un médico castrense. Ante la negativa de la República, Aleixandre se vio forzado a un exilio interior.

Vuelto a Velintonia en 1940, residió allí hasta su muerte en diciembre de 1984. Aquel chalet fue testigo de su talante liberal: por él pasaron tanto republicanos y antifranquistas (Rafael Alberti, Max Aub, Gabriel Celaya, Blas de Otero, José Hierro y Jaime Gil de Biedma) como autores procedentes del bando vencedor (Luis Rosales, Leopoldo Panero, Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo y José Antonio Muñoz Rojas). Con todo, el retraimiento político que mantuvo desde 1937 no debe entenderse como un cambio de bando o una actitud complaciente con el franquismo, ya que, cuando en 1973 fue propuesto por compañeros suyos de la Real Academia Española, a la que pertenecía desde 1950, para el Premio Nobel de Literatura –el cual le sería concedido en 1977–, le dijo a José Luis Cano: «Espero mantener mi independencia en este asunto, y no tener que deber nada al Régimen, y me negaré a homenajes oficiales».

Esta semblanza de Aleixandre nos ha mostrado a un hombre que deseaba una España liberal y apoyó a la Segunda República como cauce para lograrla hasta que en 1937, desgastado por su enfermedad y por las vicisitudes que padeció por parte del bando republicano, decidió no volver a significarse a favor de ningún bando. Desde entonces, se consagró a la poesía y a hacer de su Velintonia un lugar para la reconciliación entre los españoles.

Si bien este perfil biográfico es suficiente para dar cuenta del carácter liberal de nuestro poeta, quede para las siguientes entregas mostrar cómo esa personalidad generosa y abierta a todos también se aprecia en su obra en prosa y en verso.

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