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TRIBUNA

Partitura del otoño

domingo 25 de octubre de 2026, 18:41h

Estaba tardando en hacer su aparición. Los primeros fríos y las primeras desestabilizaciones que se materializan en nuestra ropa, con no saber qué prenda ponerse, también con las primeras añoranzas serias del verano, aunque esta clase de quejas requerirían más silencio y resignación, sobre todo para que no tengan la necesidad de dar la murga de más en los próximos meses.

En algunos parques se ha ido notando. La partitura atonal de la charabasca entre quienes los cruzaban rápido y los que se regodeaban en que las hojas secas crujieran todo lo posible bajo las suelas. Respirar los primeros indicios de los constipados. Notar esa misma consternación en los atardeceres, como en estas líneas de uno de los Cuentos autobiográficos (Volumen II), de Álvaro Pombo: ‘La melancolía es dulce y furtiva y el ligero abatimiento de la conciencia no es desagradable’. No lo es, no cabe duda. Nunca he entendido a los detractores de esta estación, pues tiene la misma celebración que la que puede darse cuando se vira hacia lo primaveral. Es cierto que merman las horas del sol, pero el silencio con el que provee, nos dota de una inteligencia más afinada para saber en esos paseos, en esas citas o, simplemente, en la vuelta a casa del trabajo, cuáles pueden ser las palabras que van a saber definir el instante; palabras que en otro momento podrían sonar desesperanzadas, pero aquí brillan con sus verbos y atributos. En cada uno, brotan y se pierden, en absoluta mesura.

‘Si al menos un solitario pastor grabara cartas en una corteza./ El paisaje no necesitaba nada excepto glorificación./ Pero no existían mensajeros’, dice el poema El paisaje, de Czesław Miłosz. Y los hay que procuran grabar todo ese cambio, aunque lo que guarden esas grabaciones no sean más que un sucedáneo del espectáculo real, ya que debe conservar ese hito pasajero. No existían mensajeros, escribió Miłosz, pero, ¿deben existir? ¿Deben estar físicamente en el lugar donde se desarrollan estas conjugaciones privadas de la naturaleza? Daría lo mismo, pienso, porque van a ocurrir seamos testigos o no. Ese es el verdadero carácter a valorar del espectáculo, que es uno que realmente puede prescindir de su público. Como sigue en el poema, el otoño podría ser ‘un pájaro de largo gemido. ¿Y quién aquí podría iniciar una frase?’ Uno mismo, contraviniendo las reflexiones previas, es de los que cada año procura no perderse nada de ello y llena páginas con lo que ya conocemos. ¿Es por si padeciéramos un olvido súbito? ¿Por si esa música que se deshace entre los derrumbes de las hojas no nos hablase más de los caminos de los que ya sabemos todo?

El otoño es hacer convivencia con la fatiga hacia los desastres. Nos trae un equilibrio para mantenerse firmes entre el principio de realidad, el verdadero frío cuando venga el invierno, y el del placer, cuando aceptemos la nula importancia frente a la hojarasca golpeando los coches, cómo ruedan y ruedan y parecen sus movimientos que incitan a una furiosa admiración.

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