En Jovellanos. Ilustración para españoles, el profesor Benigno Pendás nos ofrece una obra sobresaliente desde el punto de vista del rigor científico, cuyo objeto de estudio lo constituye una de las personalidades más influyentes de la España que transitaba del Antiguo Régimen hacia un modelo de estado basado en presupuestos liberales. La estructura sigue un criterio cronológico, lo que le permite al autor ordenar el contenido y explicar en detalle aquellos acontecimientos históricos (Revolución Francesa, invasión napoleónica…) que el protagonista vivió en primera persona.
Pendás reivindica a Jovellanos no sólo por su aportación al mundo de las ideas y de la construcción de la Nación, sino por constituir un perfil de político moderado, difícil de hallar tanto en su época como en la actual, preocupado por el desarrollo de la libertad y del progreso en España. En íntima relación con este argumento, subraya que en nuestro país sí hubo Ilustración, rechazando el mantra que sostiene que se produjo una resistencia constante a la modernidad.
A lo largo de su trayectoria como servidor público, Jovellanos mostró simpatía por una serie de principios económicos (mercantilismo) y jurídicos (defensa de las tesis del derecho penal propuestas por Cesare Beccaria), todo ello envuelto en un reformismo que se aceleró a partir de su llegada a Madrid, previa estancia en Sevilla, en pleno auge de las reales academias y de las sociedades de amigos del país. En estas instituciones se integró el protagonista de la obra, si bien en esta etapa tuvo lugar un acontecimiento que le afectó directamente: el desarrollo de la Revolución Francesa, cuya radicalidad rechazó en todo momento.
Como respuesta, el gobierno encabezado por Floridablanca puso en marcha un “cordón sanitario” para evitar la llegada de las tesis defendidas por los revolucionarios franceses: “el primer ministro dio instrucciones a las aduanas para impedir la entrada de estampas o de papeles impresos, e incluso excitó el celo de la dormida Inquisición, ahora deseosa de colaborar en una causa tan acorde con sus propósitos fundacionales” (p. 240). Sin embargo, esto no fue suficiente ya que “desde Francia, partidos, clubes y libreros lanzaron una campaña de propaganda por toda Europa, con especial incidencia en el vecino del sur a través de Bayona y -en menor medida- de Perpignan” (p. 253).
Lo fundamental, como sustenta Benigno Pendás, es que los ilustrados españoles no simpatizaron con la Revolución Francesa, con las excepciones de José Marchena, León de Arroyal y Manuel de Aguirre. Como hemos indicado, Jovellanos se opuso a ella, apostando por el modelo británico de reformas graduales: “el ejemplo de Francia depravará a la especie humana”, afirmó en uno de sus escritos. En consecuencia, estamos ante un reformador que defiende férreamente la monarquía como forma de gobierno, combatiendo la tiranía y el populismo. Sin embargo, fue objeto de las maquinaciones de palacio, instigadas esencialmente por Godoy y la reina, lo que generó su destierro en Mallorca (1801-1808) bajo falsas acusaciones de janseanismo y regalismo. En la mencionada ciudad, llevó a cabo una producción intelectual mayúscula e incrementó un conservadurismo siempre alejado de parámetros reaccionarios.
Esta defensa del binomio formado por reforma y gradualismo se percibió también cuando tuvo lugar la invasión napoleónica de nuestro país. En efecto, Jovellanos descartó colaborar con José I, lo que provocó la ruptura con su histórico amigo Francisco Cabarrús: “Jovellanos dijo NO, rotundamente. Si hubiera dicho SÍ a los cantos de sirena bonapartistas, esta biografía nunca se hubiera escrito: en vez de un español eminente sería uno de tantos individuos valiosos, frustrados en el exilio y despreciados en su patria” (p. 398).
Este posicionamiento, no obstante, en ningún caso implicó que aceptara un liberalismo esencialista ya que “nuestro genuino moderantista estaba situado entre facciones opuestas. Lo resume bien Moreno Alonso: «Si los absolutistas vieron en Jovellanos la sombra de un jacobino, los liberales más radicales lo consideraron como un trasnochado»” (p. 408).
En definitiva, una obra fundamental para entender el complejo recorrido de las ideas políticas en los siglos XVIII y XIX, un trayecto en el cual España efectuó aportaciones sustanciales como las brindadas por Jovellanos. Recuperar el pensamiento de esta figura resulta conveniente en los tiempos actuales, en los que prima un populismo impulsado desde las propias instituciones de gobierno de la Nación.