En Cuento de Navidad, Charles Dickens presenta a un hombre que ha acumulado una fortuna y apenas sabe disfrutar de ella. Ebenezer Scrooge vive encerrado en una soledad que él mismo alimenta. A su alrededor, los Cratchit conservan el afecto familiar mientras padecen una pobreza que amenaza la salud de su hijo. La riqueza no ha hecho feliz al primero y el cariño no basta para proteger a los segundos. Dickens reúne así dos necesidades que conviene considerar juntas cuando hablamos de progreso: disponer de medios para vivir y tener una vida que merezca ser vivida.
El progreso material ha permitido combatir enfermedades, mejorar la alimentación y liberar a muchas personas de trabajos agotadores. El agua potable, la electricidad o una vivienda salubre representan conquistas cuyo valor comprenden muy bien quienes han carecido de ellas. Sería una frivolidad despreciarlas desde la comodidad que proporcionan. Para una familia que apenas llega a fin de mes, un aumento de ingresos puede significar comer mejor, encender la calefacción sin miedo a la factura o afrontar un gasto imprevisto. Esa mejora constituye bienestar en su sentido más inmediato. Ahora bien, la relación se vuelve más compleja cuando tratamos de valorar cómo vive una sociedad. El aumento de la producción amplía los recursos disponibles, pero dice poco, por sí solo, sobre su distribución o sobre las condiciones en que se obtienen. Una economía puede crecer mientras una parte de sus ciudadanos encuentra mayores dificultades para pagar el alquiler o teme perder su empleo. Para comprender esa experiencia hay que mirar también lo que sucede fuera de las cifras agregadas.
Amartya Sen planteó en Desarrollo y libertad (1999) que el desarrollo debía ampliar las posibilidades reales de las personas para elegir su vida. Desde esa perspectiva, el valor de los recursos depende también de lo que permiten hacer. Dos personas con ingresos semejantes pueden disfrutar de una autonomía muy diferente si una cuenta con atención para un familiar dependiente y la otra debe asumir sola todos sus cuidados. La cantidad que reciben importa, pero también las obligaciones a las que deben hacer frente y la ayuda de la que disponen.
La vivienda ofrece otro ejemplo. Quien consigue un empleo y sigue sin poder abandonar la casa de sus padres difícilmente considerará resuelto su futuro. Puede consumir más que generaciones anteriores y, al mismo tiempo, encontrar mayores obstáculos para formar un hogar. Por eso, valorar su situación contando los bienes que posee resulta insuficiente. Importa también si puede emanciparse, asumir compromisos y pensar en los próximos años con cierta confianza.
Algo semejante ocurre con el tiempo. Una mejora salarial puede perder parte de su atractivo si exige jornadas interminables o desplazamientos que ocupan buena parte del día. Trabajar permite obtener ingresos, desarrollar capacidades y contribuir a la sociedad. Pero también necesitamos descansar, cultivar amistades o atender a quienes queremos. Cuando los horarios laborales hacen muy difícil cuidar de los demás, las familias deben resolver como pueden esa incompatibilidad. Lo hacen a costa de cansancio, renuncias profesionales y conflictos que rara vez aparecen en los balances de las empresas.
La seguridad tiene igualmente importancia. Saber que una enfermedad no destruirá la economía familiar o que perder el empleo no dejará el hogar sin ingresos proporciona margen para decidir. Una persona puede atreverse a cambiar de trabajo, completar sus estudios o emprender un proyecto cuando dispone de algún respaldo. Los servicios públicos y la protección social deben contribuir a esa autonomía. Su calidad exige financiación suficiente, pero también buena gestión y evaluación de resultados. Una prestación que llega tarde o una plaza de atención que nunca está disponible sirven de poco a quien necesita ayuda.
El bienestar tiene, además, una dimensión compartida. Vivir en un barrio seguro, mantener relaciones de confianza y saber que hay alguien a quien acudir forman parte de una vida satisfactoria. La comunidad permite afrontar dificultades que, en soledad, pueden resultar abrumadoras. Ahora bien, esa pertenencia debe respetar la libertad de cada persona para elegir sus vínculos y apartarse de ellos. El apoyo mutuo pierde buena parte de su valor cuando se condiciona a aceptar unas costumbres o unas decisiones que otros imponen.
Todo ello plantea responsabilidades públicas, aunque ninguna administración pueda garantizar la felicidad. Las personas tienen aspiraciones distintas y deben conservar el derecho a decidir qué consideran una buena vida. A los poderes públicos les corresponde contribuir a que esas decisiones sean posibles: proteger los derechos, ofrecer servicios que funcionen y reducir los obstáculos que convierten el origen familiar en una condena. La innovación, la iniciativa empresarial y el trabajo sostienen los recursos con los que se financian esas mejoras sociales. Prometer bienestar sin atender a su base material conduce a expectativas que después no pueden cumplirse.
Por esa razón, debemos exigir que el crecimiento se traduzca en mejoras reconocibles. Junto a la producción y el empleo, importa examinar los salarios reales, el acceso a la vivienda, la salud o la calidad de la educación. También conviene escuchar a quienes afirman que viven peor. Su malestar no anula los avances conseguidos, pero una estadística favorable tampoco basta para desmentirlo. Los datos deben ayudarnos a comprender por qué la prosperidad alcanza a unos y apenas modifica las condiciones en las que viven otros.
Al final del relato de Dickens, Scrooge empieza a dar a su fortuna una utilidad que antes no tenía. Ayuda a los Cratchit y recupera el trato con los demás. El dinero le permite aliviar las dificultades de una familia, mientras él descubre la satisfacción de compartir lo que posee. También una sociedad debe preguntarse si sus ciudadanos pueden vivir con dignidad, cuidar de los suyos y elegir su futuro. Antes de celebrar cuánto hemos prosperado, convendría comprobar qué podemos hacer con esa prosperidad y quiénes siguen sin poder disfrutarla.