Dionisio Ridruejo, aunque fue más bien un poeta que un pensador, fue una personalidad significativa por su evolución personal, su figura poliédrica y haber vivido su juventud y madurez durante los años de la República, la Guerra Civil y el régimen de Franco, muriendo poco antes de su fin en 1975. Su verdadera pasión fue más bien literaria. Por su pensamiento político, que sufrió una notable evolución, merece la pena ser considerado.
En 1975, muy poco antes de morir, Dionisio Ridruejodeclaraba en una entrevista: «yo creo que los elementos de reconciliación son muy numerosos y potentes (…) los que trabajamos en política con ánimo reconciliador, porque ya estamos reconciliados, lo hacemos sobre todo para ayudar a que se evite el trauma o la tragedia.No en vano, el arquitecto Chueca Goitia, que finalizó la catedral de la Almudena en Madrid, afirmó de él: «político más limpio no he visto en mi vida».Así, escribe en las póstumas «Casi unas memorias» (1976): «venía a decir que yo no creía ni aceptaba el reparto de España entre buenos y malos, porque, en aquella hora, nacía una posibilidad nueva para todos que cancelaba el pasado. Me resulta evidente que yo quería que eso fuera verdad». Al hilo de su semblanza de un muy importante personaje de la época deja caer esta reflexión: «su imagen de los dos bandos de la guerra era la del bien y el mal. No podía admitir equiparaciones de comportamiento, cosa que era para mí ineludible».
¿No son estas palabras muy actuales, muy necesarias? Hoy en día es necesario, más que nunca, mirar a aquellas figuras que se tomaron muy en serio el drama del desgarro y la imperiosa reconciliación nacional. «Yo creo que esta reconciliación entre los españoles está más avanzada de lo que generalmente se piensa, y solo la niegan y la perturban los que no la desean»; terribles palabras que aún hoy mantienen su validez. «Ha sonado la hora de la conciencia colectiva. Creo que todos los que están aquí comulgan con el convencimiento de que los españoles podemos convivir y competir en libertad sin matarnos unos a otros», recordaba en su homenaje (en ese mismo año 1975).
«El reparto del drama español entre buenos y malos me parece una injusticia o una hipocresía, porque creo que sólo cuando los españoles hagamos historia más bien que leyenda y empleemos el humilde ‘nosotros’ a la hora de recontar las culpas, este país tendrá ante sí algo que se parezca a un porvenir» (1961). Más de sesenta años de distancia no restan un ápice de sensatez a estas palabras para nuestra situación actual: «en un país tan aficionado a la violencia, a la demagogia, al mesianismo (…) tratar de poner en el alma e imponer como hábitos de la juventud una afición al intercambio civilizado de opiniones, al coloquio razonador del que salen los acuerdos fecundos, es una necesidad absoluta» (1956).
He aquí toda una filosofía política paradigmática: «he procurado superar en mi espíritu y heredar en él cosas muy diversas como el cristianismo fundamentador, el liberalismo, la democracia, el sindicalismo y el socialismo; elementos del diálogo de nuestro tiempo que un día quisimos sintetizar y acaso sea indispensable hacer dialogar de nuevo». Decir esto a mediados de los año cincuenta del siglo pasado era, sin duda, anticiparse décadas a lo que ocurriría después en la elaboración de la Constitución de 1978 y el conjunto de la Transición.
Para acabar, recojo unas últimas citas muy expresivas y pedagógicas del escritor soriano: «intentar que los españoles encuentren, por encima de sus diferencias y sin necesidad específica de apisonar esas diferencias, oportunidad y razones para aceptar la empresa, tantos años pendiente, de hacer su Patria, como empresa de todos, capaz de juntarlos a todos en una convivencia justa e inteligente (…) se trataría de que hiciéramos los españoles la Patria de todos y que la hiciéramos para todos entre todos, sin excluir a nadie» (1956). Todo un programa, quizá aún pendiente en su acabada perfección, dicho en frases de un pensador del pasado reciente pero del que sus palabras todavía resuenan vibrantes por su permanente actualidad.
«A ver de verdad sabéis respirar en libertad, a ver si de verdad sabéis avanzar en la justicia, a ver si de verdad sois capaces de salvar al náufrago con amor -incluso al náufrago enemigo- en vez de darle en la cabeza para que se hunda, que es lo que aquí se estila». Ambiciosa provocación, inmenso legado de una personalidad que supo vivir dentro de sí las tensiones y contradicciones de ambas Españas, las que felizmente creíamos superadas.