Es lo que tenemos que hacer en estos momentos tan complicados. Caminar juntos y al lado del Papa que ya ha iniciado su viaje de onces días a Uruguay, Argentina y Perú, en una peregrinación de once días y treinta mil kilómetros, de una persona que a pesar de haber sido operado de una complicada enfermedad no ha querido renunciar a esta visita.
Y lo hace precisamente cuando este domingo celebramos la Jornada de la Iglesia Diocesana que es una ocasión especial para recordar que todos formamos parte de una misma familia: la Iglesia. Una familia que nace de la Fe en Jesucristo, que comparte la esperanza y que está llamada a vivir el amor y la solidaridad con los demás.
Una celebración nos invita a mirar de cerca la realidad de nuestras diócesis y a reconocer el trabajo que, día a día, realizan tantas personas para mantener viva la misión de la Iglesia, es decir, sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas, voluntarios y fieles laicos que, desde sus distintas responsabilidades, contribuyen a anunciar el Evangelio.
Conviene recordar que la Iglesia diocesana no es solamente el obispo, las parroquias o los templos ,pues es, sobre todo, el conjunto de personas que caminan unidas en la Fe y que hacen presente a Cristo en medio de la sociedad. Cada comunidad, cada celebración, cada gesto de ayuda y cada actividad pastoral son una muestra de una Iglesia viva, cercana y comprometida.
Esta jornada también nos recuerda la importancia de colaborar y participar activamente en la vida de nuestra diócesis. Todos tenemos algo que aportar: nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestra oración y nuestra generosidad. La misión evangelizadora no es responsabilidad de unos pocos, sino una tarea compartida por todos los bautizados.
En un mundo marcado por las dificultades, la soledad y las desigualdades, la Iglesia está llamada a ser un lugar de acogida, escucha y esperanza. A través de Cáritas, la catequesis, la pastoral familiar, la atención a los enfermos y tantas otras iniciativas, la comunidad cristiana demuestra que la Fe también se expresa mediante obras concretas de amor.
El último ejemplo lo hemos tenido con la tragedia ferroviaria de Urda, donde los párrocos de la localidad y de pueblos cercanos, ayudaron y pudieron asistir con los sacramentos a heridos y personas que fallecieron poco después entre esos railes retorcidos y vagones destrozados.
La Jornada de la Iglesia Diocesana es, en definitiva, una invitación a sentirnos parte de esta gran familia, a valorar lo que hacemos juntos y a seguir construyendo una Iglesia abierta, misionera y al servicio de todos. Porque la Iglesia somos todos. Y juntos, unidos en Cristo, podemos seguir llevando esperanza, alegría y solidaridad a quienes más lo necesitan. Como en Adamuz o en Urda o la misión que iniciado este sábado el Papa. Caminemos juntos.