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Agradecimiento y amor

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 09 de enero de 2009, 23:20h
Madrid, a 16 de abril de 1947


Querida Madrina:

Es inevitable que mi vida comience otro camino tras la crisis del periódico. Pero tanto tú como tú familia, queridísima madrina, ángel mío, iréis prendidos siempre en mi alma, en mucho mejor estado hoy que hace seis años gracias a tu inteligencia educadora y terapéutica sobre mí. De hecho, vuestros triunfos familiares – y también los sinsabores, claro – los tendré siempre como míos. Podré quizás formar otra familia. La mía. Pero jamás podré renunciar – porque sería un miserable – a ser parte de la vuestra y a venerarla siempre con devoción indesmayable. Me habéis salvado la vida en este triste y gris período de la Historia de España. Pues si tras la cárcel de los vencidos en la Guerra hubiese vuelto a mi pueblo, sin duda hubiera sido víctima de alguna grave purga de los falangistas, como les ocurrió a otros. Y sólo un deber moral, nada más, un deber de perfectos cristianos, os impelió a hacerlo. Espero que mi vida futura sea merecedora de vuestra atenciones.

Respecto a nuestro amor, Madrina, sólo podremos tomarlo como un exceso sentimental del corazón. Un exceso sentimental que no debe hacer ningún daño a ninguna persona de ese conjunto de humanidad que tú has sabido crear y que tanto venero, que son nuestras adoradas personitas. Eres formidable, Madrina. Un ser especialísimo. Una mujer maravillosa, abrumadoramente humana. Celestialmente hermosa. Sólo pidiendo a Dios por tu salud, por tu bienestar general, podré pagarte la felicidad inmerecida que me has regalado estos años a tu lado. Y tus hijos, tus maravillosos hijos e hijas, pertenecen a esa índole de aristocracia moral ( y cristiana ) de la que sus óptimos padres emergen. Benditos seáis los seis por los siglos de los siglos.

Como audaz espeleóloga supiste penetrar con tu amor en mi alma oscura, sucia, dominada por el odio, tras salir de las cárceles de los vencedores, dos años después de concluir la Guerra, y conseguiste acabar con mi rencor autodestructor y estéril, y volver a amar al mundo, desvaneciendo las sombras de mi odio con la luz suave y amorosa de tu linterna. Llegué a tu casa portador de una jaula de construcción casera, en la que bullía inquieto un pardillo saltarín. Jamás volvió a cantar como antes este nuevo remedo de pajarillo catuliano, por lo que, bastante tiempo después, fue liberado de su cautiverio con gran regocijo de tus adorables niños, auténticos ángeles de inocencia. Los pardillos cantan tan bien como los jilgueros si se tiene con ellos la precaución de ponerles cerca de la jaula a un canario flauta. El pardillo capta la música y la incorpora a su propio repertorio dando un nuevo estilo interpretativo. Aquel pardillo cantaba como un descosido y no echaba de menos la libertad, que nunca había conocido, pues pasó del huevo a la jaula como si ésta fuera su casa natural. Cuando por vez primera se le abrió la puerta de la prisión revoloteó por la estancia y así estuvo, posándose ora sobre la percha ora sobre el hombro de tus niños ( “circumsiliens modo huc modo illuc” ), hasta que sintiendo sed, hambre o miedo a la libertad, o, acaso las tres cosas a la vez, regresó a la jaula para eliminar esas tres desazones. Fue el pardillo más famoso de la Calle Goya. Creo ahora, Madrina, que tanto él como yo éramos prisioneros de nuestros propios afectos y ambos cantábamos a la suerte que tuvimos de coincidir en el tiempo con personas maravillosas que nos colmaron de atenciones y de entre las que nos enamoramos locamente de una, de ti.

Afirmo que he sido un joven mimado por la fortuna, al coincidir en el tiempo contigo, espejo de virtud y de belleza. ¡Bendita seas por toda la eternidad! Adoraré siempre tu sonrisa; suave, triste, sostenida y natural, como formada en el rictus doloroso de un pensamiento elevado. Cuando me miras yo me siento devuelto a los calabozos de los que salí, pues es tan expresiva tu mirada, tan poderosa, que se ve en ella la historia de los últimos años de mi vida como si la llevases impresa en tus ojos. Tu bondad y tu dulzura me han forzado siempre a destacar mi propio deformidad moral, como si la viera reflejada en la luna de un espejo convexo. Eres un alma exquisita, digna de figurar en la presidencia de los coros celestiales.

Mi amor hacia ti será eviterno y, por ello, incondicional, por seguir con la terminología de nuestra cara Summa Theologiae.

Beso tus bellas y generosas manos.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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