El desastre de los servicios meteorológicos españoles
viernes 09 de enero de 2009, 23:36h
Hoy ha nevado en Madrid copiosamente. Es noticia porque se trata de un meteoro infrecuente en la capital de España, donde apenas se presenta una o dos veces al año y raramente con la intensidad que lo ha hecho en las últimas horas. Sin embargo, las predicciones meteorológicas ni siquiera anunciaban la nevada, no hablemos ya de la intensidad y con la persistencia en que se ha presentado. Ayer, la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) se limitaba a anunciar una bajada de la temperatura y la presencia de heladas moderadas en gran parte de la Península: en detalle por la capital se preveía un tiempo nuboso o muy nuboso en la primera mitad del día, con probabilidad de chubascos débiles de nieve, tendiendo a intervalos nubosos por la tarde. Temperaturas sin cambios.
Las consecuencias de tal imprevisión informativa han sido caóticas para el tráfico, sobre todo en los accesos a la capital. Y esta vez no se puede culpar sólo a la ministra de Fomento --cuya incompetencia, sólo superada por su soberbia y malos modos, la convierten, bien es verdad, en un blanco político demasiado fácil. Pero en esta ocasión –y, nunca mejor dicho, llueve sobre mojado- la responsabilidad hay que buscarla en unos servicios meteorológicos primitivos y tercermundistas, a juzgar por el listado de errores que acumulan desde hace demasiados años y muchas legislaturas –dicho sea para evitar aquella tentación del “piove, porco governo”.
La previsión meteorológica en los países de nuestro entorno y niveles económico, cultural y científico es, excelente y precisa. Y lo es desde hace muchas décadas: el desembarco de Normandía fue posible porque los meteorólogos de la RAF aseguraron al general Eisenhower unas horas de calma entre dos frentes de borrasca. Las suficientes para hacer posible la operación. Y acertaron. Cualquiera que haya vivido en Nueva York, Londres o París sabe que el cambiante clima de esas ciudades se predice por zonas y por horas. Y es muy raro que se equivoquen. Por eso vemos a los transeúntes de esas capitales armados de paraguas en mañanas soleadas, en previsión de tardes pasadas por agua. En todo caso –y sin salir de nuestras casas- es algo que podemos comprobar en nuestras televisiones en los torneos de Roland Garros y Wimbledon todos los veranos. Es hora que las autoridades españolas se ocupen de acabar con tanta incompetencia.