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Cifras no son pruebas

miércoles 14 de enero de 2009, 00:26h
Desde el año 2000, muchos venezolanos hemos intentado conseguir las pruebas del cerco totalitario que se estrecha a nuestro alrededor. Nadie nos creía y pocos nos escuchaban. Nos recordaban la corrupción de gobiernos anteriores y las cifras de pobreza y desigualdad. Es el gobierno de los pobres, nos decían razonablemente, como si la pobreza o la riqueza de las naciones justificase cualquier tipo de gobierno.

Cuando los judíos fuera de Alemania intentaban convencer sobre la existencia de campos de concentración y de exterminio les pedían: “Tráigannos pruebas”. ¿Cómo podían obtener pruebas si quien entraba a esos campos no salía de allí?

Ahora el mundo ha obtenido pruebas de lo que sucede en Venezuela por las acciones gubernamentales que tienen repercusión internacional. La represión de periodistas y medios de comunicación que atenta contra la comunicación universal. Las alianzas con árabes y asiáticos y el financiamiento de la subversión y el terrorismo en múltiples países. La polarización hostil hacia el mundo occidental, el capitalismo y el pensamiento liberal. O la culpa infinitesimal que Venezuela pueda tener en la actual crisis económica mundial.

Sin embargo, todavía el mundo y muchos venezolanos tienen dudas sobre la legitimidad del gobierno de Hugo Chávez: “Es gobierno de los pobres, es gobierno de la mayoría.”

Las cifras son inciertas. En las últimas elecciones regionales, la oposición al gobierno, repartida en múltiples partidos, obtuvo un 49,42% de los votos, versus 50,58% de los candidatos del partido único presidencial. La obtención de un porcentaje minoritario es proclamada como un triunfo por la oposición, efectivo por haber reconquistado espacios y ser una mayoría relativa en los estados más significativos del país, en población, producto territorial y centralidad gubernamental. Explicar esa distribución con las clásicas categorías de “país urbano y moderno VS país rural o arcaico” no sólo es un oximorón (explica las cifras por la distribución de las mismas) sino que nos deja preguntando por qué esa población rural, e incluso gran parte de la urbana, prefiere un régimen autoritario. Sobre esa mínima ventaja, y confiado en la fuerza de la propaganda oficial, el presidente pretende realizar un referendo a principios del 2009 para aprobar una enmienda constitucional sobre asunto rechazado por la mayoría en anterior referendo constitucional (2007): La reelección indefinida. En aquella oportunidad, la mayoría dijo No.

¿Cuál es la verdadera mayoría?

Las cifras electorales publicadas son incompletas; los resultados declarados no son los obtenidos de la aritmética electoral. Lo que debería ser prueba suficiente de que los números no están claros. Son márgenes de ventaja que el gobierno está dispuesto a aceptar para reconocer sus derrotas; valores minimax logrados por negociación de la oposición.

¿Qué es una mayoría con derecho a decidir sobre el resto del país? ¿Cuentan como mayoría los sobornados y los amenazados? ¿Los alienados por la propaganda? ¿Es voluntad mayoritaria válida la determinada por votantes fantasmas y cedulados “flash” que engrosan el Registro Electoral? Son más de tres millones de nacionalizados en operativos de cedulación inmediata, sin las condiciones legales pertinentes, que incluye automática inscripción en el registro electoral, sin manifestación de voluntad del nuevo venezolano. Esas cédulas van a votar con o sin sus portadores originales. Tampoco es posible determinar con exactitud el fraude electoral a través del sistema automatizado, denunciado por varios estudios estadísticos. Son sólo indicios, no son pruebas.

Las elecciones constituyen un fenómeno político no reducible a la aritmética simple de votos y electores. Frente a poderes arbitrarios, son una pantomima de legitimación para el gobierno autoritario y apenas una palanca de negociación para la oposición, en desesperado intento de limitar la arbitrariedad. La base de las negociaciones no son los votos, sino los sondeos de opinión, números también inconfiables, sin rigor ni propiedad estadística y aunque pasan como única medición de la voluntad general, tampoco dicen ni predicen.

Son necesarias otras aproximaciones al fenómeno:

1. Para sentirlo hay que vivir en un país cuya población es sometida a elecciones generales todos los años, incluso dos veces por año, para relegitimar al mismo gobernante con números que en realidad no suman. Ver cómo en cada votación se nos va un poco de vida democrática. Sentir la amenaza diaria, el discurso presidencial en cadena nacional; horas interminables de improperios y amenazas. No hay día sin que el gobierno tome una medida que quite algo al ciudadano, al productor, al emprendedor, al creador; sin que alguna institución sea destruida. Hay que sentir el miedo ante la anomia del odio, la expectativa catastrófica de inevitable regresión a la barbarie; la desintegración de la moral colectiva; el efecto corrosivo de una abundancia inmerecida.
Pero eso no es suficiente. Venezuela tiene ciertamente sus idiosincrasias, pero es un pequeño y pobre país rico en el concierto de naciones; y éstas también tienen responsabilidad.

2. Para entender nuestra desdicha hay que estimar los intereses petroleros, la guerra contra Irak, las conveniencias de gobiernos, de mercaderes de armamento y otros grupos de interés europeos y norteamericanos; la situación en el Medio Oriente; la dependencia energética del mundo industrializado; la desigualdad en los términos de intercambio entre países industrializados y países productores de materias primas; los resabios del colonialismo y los ventajismos de los países dominantes. Hitler fue tanto responsabilidad de los alemanes como de los representantes de los países triunfantes en Versalles. Carter tiene tanta responsabilidad en la continuación del mandato de Chávez como la tienen los venezolanos que no salieron a la calle, dispuestos a morir, para reclamar la victoria del referendo revocatorio en 2004.

3. Para comprender lo que aquí sucede, sólo hay que volver a los pensadores que nos han descrito procesos similares; releer a Hannah Arendt para comprender este totalitarismo en curso; y a Lasswell y Jacques Ellul para comprender los efectos de la propaganda en la formación de matrices de opinión ideológica y control de mayorías. Y que se vea cada quien en los espejos que nos puso V.S. Naipaul. Entonces quizá comprendamos los conquistados la imagen de nuestro resentimiento y los conquistadores la imagen de sus abusos.
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