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¿Adiós a la ciencia política?

Enrique Aguilar
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miércoles 14 de enero de 2009, 22:44h
Acabo de terminar la lectura del libro La muerte de la ciencia política, que obtuvo recientemente el Premio La Nación-Sudamericana. Su autor, César Cansino, es un reconocido politólogo de México, formado inicialmente en la UNAM y doctorado en las universidades de Florencia y la Complutense.

La tesis que recorre el libro es que la ciencia política, en su versión empírica y cuantitativa, “le ha dado la espalda a la vida, es decir, a la experiencia política”. En efecto, pese a su actual autonomía y al grado de institucionalización que alcanzara en el medio académico, la ciencia política, víctima de sus propios excesos positivistas, ya no estaría en condiciones de explicar los problemas globales (mayormente inéditos) que nos afectan.

El diagnóstico de Cansino, tributario de algunas afirmaciones de Sartori, se apoya en una detallada presentación de la “historia interna” de la disciplina y de las diversas escuelas que obstinadamente se sientan, para valernos de la célebre metáfora de Gabriel Almond, en “mesas separadas”, sin diálogo constructivo y acaso sin mutua aceptación entre ellas.

En 1835, Alexis de Tocqueville escribió: “Hace falta una ciencia política nueva para un mundo enteramente nuevo”. Hoy en día, esta categórica sentencia podría interpretarse, siguiendo a Cansino, como una apuesta por la “transdisciplinariedad”, por la apertura de la ciencia política a otras ramas del saber, no necesariamente científicas, a los fines de no perderse en el limbo de la hiperespecialización, escapar del encierro autoimpuesto y liberarse además de otros tres males que la aquejan: su obsesión metodológica, su supuesta neutralidad valorativa y su débil sensibilidad por la historia.

Para Cansino, el resurgimiento de la sociedad civil como objeto de conocimiento constituye una inmejorable oportunidad para encarar aquel desafío. La ciencia política, sostiene, debe “desbordarse para avanzar”. ¿Cómo? Volviendo a los clásicos, defendiendo el pluralismo teórico y, sobre todo, incorporando el legado de la filosofía política.

En mi opinión (que es la de muchos por cierto), este “desbordamiento” implicaría un retorno a las fuentes, al surgimiento mismo de la ciencia política y a su padre fundador, Aristóteles, en cuya obra se dan cita precisamente esas dos “ciencias” de la política, la filosófica y la empírica, que Cansino, en su excelente libro, quiere ver reconciliadas.

Enrique Aguilar

Politólogo

ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina

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