Teoría de las colas
jueves 15 de enero de 2009, 22:49h
Colas, ya saben, filas más o menos ordenadas de personas de todas las edades, con o sin niños, con o sin animales, con frío y con calor, que esperan algo. Las hay de muchos tipos: largas o cortas, gruesas o finas, estilizadas o serpenteantes, claras o confusas. Aunque casi nunca diligentes. Más bien, lentas, pesadas, tristes.
Es evidente que las colas surgieron con las grandes ciudades. Durante mucho tiempo han sido el símbolo de la escasez o, de esa otra cara de la necesidad que es lo nuevo, lo inesperado, lo que llega con un valor añadido. Las colas para comprar alimentos en tiempos de guerra son la imagen clásica del primer tipo. Las colas para ver la exposición que el Museo del Prado organizó sobre Velázquez -¿recuerdan aquel fenómeno asombroso de hace algunos años, que luego se ha repetido con cierta frecuencia?- o las colas del primer día que se puso a la venta el iPod de Apple son casos del segundo tipo.
Podemos seguir poniendo ejemplos de colas y siempre encontraremos un elemento de necesidad -objetiva o subjetiva- en ellas: las colas ante los mostradores de facturación -o de reclamación de una compañía aérea- en un gran aeropuerto del sur de Europa un día que ha nevado; o aquellas colas interminables que se armaban ante los cines de barrio, los domingos por la tarde en las pequeñas ciudades de provincia, colas tranquilas de parejas de novios y adolescentes en pandilla hablando demasiado alto, de grupos de señoras amigas, algunas enviudadas, colas amenizadas por vendedores de caramelos mentolados y “avellanas pa los nervios”. Y todos los sujetos de la cola compartiendo la misma esperanza: pasar unas horas lejos de feo mundo en el que había que hacer cola para todo.
El desarrollo económico y la abundancia deberían haber hecho que las colas desaparecieran o casi. Pero no ha sido así. Tengo la sospecha de que sigue habiendo demasiadas colas en nuestras ciudades por el sencillo motivo de que a la gente le gusta hacer cola. A primera vista, no suena razonable, pero, bien pensado, una cola puede ser de cierta ayuda para gastar el tiempo que nos sobra y con el que no sabemos qué hacer. Tener mucho tiempo libre puede convertirse en una pesadilla.
Una mañana sale uno a la calle y ve de pronto una señora cola ante el Museo del Traje Cósmico. ¿No es dulce caer en la tentación de adosarse a dicha cola y dar sentido por un momento a nuestra liviana existencia. Al incorporarnos a la cola comenzamos a formar parte de algo vivo y hasta dramático. Podemos hacer amigos y descubrir nuestra alma gemela. Y hay que mantenerse expectante por si alguien intenta colarse. Y luego, la recompensa de alcanzar la meta de penetrar en la exposición, que tiene que ser muy buena porque hay mucha gente delante...
Hace tiempo le conté a una amiga mi idea sobre las colas. Desde luego me la rebatió con algunos buenos argumentos, sobre todo con uno muy contundente. Me recordó mi pánico enfermizo a tener que hacer cola. Aún así, debió parecerle curiosa, pues decidió hacer una prueba. Una lluviosa mañana de domingo que había quedado con una amiga para ver la exposición temporal del Museo del Prado, y en vista de que no llegaba, decidió situarse ante la puerta de acceso, ya abierta, pero sin público, dado lo temprano de la hora. Parecía que esperaba para entrar. En pocos minutos fueron llegaron algunos visitantes que se colocaron disciplinadamente detrás de ella, formándose una cola de ocho o diez personas. Sorprendida y divertida por el resultado del experimento, le puso fin. Así que se volvió con su mejor sonrisa a la mujer que le seguía y le dijo: “Perdone, estoy esperando a una amiga. No hay nadie delante para entrar”.
Lo que no me contó es si en el rostro de la visitante apareció un esbozo de desilusión.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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